'Aída y vuelta': regreso consciente a Esperanza Sur
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Aleix Sales | @Aleix_Sales
En el revival de los productos populares de los 2.000 en el que nos encontramos hoy en día a escala global, el cine español ha sabido encontrar sus referentes, tanto en la gran como en la pequeña pantalla, a los que regresar con el fin de resucitar tiempos nostálgicos idealizados en los que todos éramos más jóvenes, pero también para releerlos desde la óptica del presente. Hace 3 años, Camera Café, la película (Ernesto Sevilla, 2022), se reencontró con sus carismáticos personajes utilizando el mecanismo de mirar cómo se encuentran ahora mismo, casi 15 años después, dando una cierta continuidad al punto donde se había terminado una serie que, ya de por sí, no desarrollaba tramas de largo término, fundamentándose en el sketch y la anécdota. El turno le llega ahora a Aída, otra serie de la factoría Mediaset cuyo impacto cultural ha tenido más calado que la mencionada sitcom protagonizada por Arturo Valls, pero dando un paso más allá en su aproximación al material original.
Paco León, cineasta dado al juego de géneros y formatos desde que debutara en 2012 con el falso documental Carmina o revienta (2012), comprende que los tiempos de ahora no son los de hace más de 10 años, cuando estaba en antena, y realiza un inteligente ejercicio metacinematográfico con el que reunir al elenco y el universo particular de Esperanza Sur posibilitándole, además, hacer una lectura crítica de los mensajes que vehiculó la serie y filmar una película de actores con todas sus diatribas. Fabulando que Aída no terminó en 2014, León y los guionistas Fer Pérez y Henar Álvarez, sitúan la película en 2018, momento de eclosión del #MeToo y la conciencia woke, que han repercutido en la concepción de distintas obras culturales. Cabe señalar, no obstante, la existencia de varios anacronismos detectables, desde la ubicación en el mes de junio (final de temporada) pero con unos actores vistiendo de invierno, hasta ciertos vaivenes de fechas en el estreno de la película Petra (que fue en otoño) así como cierta revelación de Pablo Alborán que ocurrió en 2020. Desde aquí, Aída y vuelta despliega un conjunto de subtramas, no todas al mismo nivel, con las cuales mirar a la serie original con respeto, pero también abordar las cuestiones polémicas, normalizadas en su tiempo, que destilaban sus episodios, tales como el racismo (el tratamiento que siempre tuvo el personaje de Machu Pichu), el machismo o la homofobia (con Fidel o Toni como objeto de burla), saldando así una deuda con los sectores y colectivos escépticos, así como poner en perspectiva sus discursos, por pequeños que fueran, más cuestionables y repudiables.
Esto se integra fluidamente en una película donde Carmen Machi y compañía oscilan entre sus personajes de ficción en Aída y una versión reimaginada de ellos mismos, con las que poner sobre la mesa, también, las vicisitudes del mundo del intérprete en la cultura de masas. En este sentido, Aída y vuelta también reflexiona sobre las ataduras de los actores a los roles que les ha dado la fama, preguntándose hasta qué punto hay que deberse al público o seguir sus instintos y aspiraciones al margen de ellos, orbitando en la trama de Carmen Machi, que constituye el eje vertebrador de la película. Conectando con otros temas de actualidad como la inteligencia artificial, los abusos sexuales (Miren Ibarguren se lleva la mejor subtrama) o la compartición en público de la esfera privada por la que pasa Eduardo Casanova (una línea dramática menos orgánica, pero que da un divertido momento a Marisol Ayuso), no obstante, queda un tanto descompensada hacia otros intérpretes que no tienen un desarrollo interesante. Es una lástima el desperdicio de Melani Olivares, Pepe Viyuela o Secun de la Rosa, que ejercen de apoyo a otros personajes, pero carecen de una buena escena para lucirse.
Por contra, Aída y vuelta sale muy airosa en la mezcla de fanservice y la capacidad de constituirse como una pieza autónoma perfectamente disfrutable para todo aquel ajeno a la serie original –como servidor, que solamente conocía los rasgos de los personajes que han trascendido en la cultura popular-, siendo esta una de sus mayores bazas. Todo ello gracias a la estructura dual y distanciada que establece Paco León, en la que da lugar a una obra dinámica, fresca y divertida, reforzada por un reparto en estado de gracia en el que Carmen Machi, a la cabeza, vuelve a demostrar su carácter de superdotada tanto para el tempo cómico como para los pasajes más emocionales. Con ello, la actriz reafirmará a muchos espectadores como “machistas” en el buen sentido de la palabra, es decir, como fans de la Machi. Un chiste extendido en los últimos años que, por cierto, aquí desgraciadamente no hace acto de presencia.