lunes. 24.06.2024

Antonio Muñoz Molina cree que el español no parece un idioma propicio a la confesión en voz baja, a los matices de lo íntimo en primera persona. O nos ponemos solemnes, o nos ponemos hipócritas, por miedo al ridículo o al viejo tópico provinciano de “el qué dirán”, por pánico a parecer sentimentales o por una falta congénita de naturalidad.

Hoy día abunda la altisonancia discursiva a medio camino entre la altanería y la falacia, con el correspondiente acento de rebozado enfático que opera como si fuera un halo de luz divina que va a encandilar a la feligresía. Apenas existe dirigido al gran público el discurso de decir y pensar quedo, de tono susurrante, donde tengan cabida el matiz, el misterio y la sombra.

El discurso poético es el discurso final, el discurso último que queda después de que se hayan olvidado o difuminado todos los demás discursos

Vivimos rodeados de discursos. Los que van de la obesidad retórica a la gramática cadavérica; a punto de estallar, muertos desde el primer vocablo. Tenemos discursos muy mediocres, otros muy chabacanos. Los tenemos muy bien elaborados, pero sin chispa ni verdad. Los que menos se prodigan son los originales y arrojados, esos, en los que las palabras se ponen de pie y adquieren vida propia. Y todos esos discursos que se nos presentan y digerimos son clasificables: que si el discurso político, que si el discurso mediático, que si el discurso económico, que si el discurso teológico y religioso. Y todos, absolutamente todos, están plagados de objetivos o intereses, por tanto, de entrada (y de salida) son conservadores y endogámicos. El discurso político persigue mantener un electorado fiel o bien desacreditar al adversario. El discurso mediático se empeña en conservar los índices de audiencia y el económico en conservar los índices de riqueza (para los mismos). Con respecto al discurso religioso -ese cometido tragicómico de solidificar lo etéreo-, ningún texto teológico ha conseguido demostrar o verificar la existencia concreta de Dios, sin embargo, cuando leemos o recitamos los versos del Cántico espiritual de san Juan de la Cruz, Dios se puede oler, sentir, tocar. El discurso poético es el discurso final, el discurso último que queda después de que se hayan olvidado o difuminado todos los demás discursos; porque todos los discursos tiene fecha de caducidad cuando cumplen o satisfacen sus intereses, pero la poesía no se fragua en torno a los intereses. Acoge a palabras sin ambición que una vez pronunciadas quieren habitar en el aire (la mayor ambición de todas). En el discurso poético intervienen el desprendimiento y la sinceridad de conciencia, cuando ésta se percata de que está y de que es, se queda a solas y se palpa a ella misma, abandona la abstracción, reconoce su horma y se vuelve corpórea y habla.

La poesía está hecha también de léxico -eso es irremediable-, pero de léxico con espíritu, de palabras que escapan de los diccionarios y de los discursos partidarios y se humanizan contra viento y marea

Conforme han ido pasando los años, cada vez soy más consciente de que la poesía más que portar un significado o un sentido, es un sonido, una voz, una fonética. Incluso me atrevería a decir que más que un mensaje verbal estético, es un silencio, un silencio prolongado que tiene de fondo muchos sonidos con su propio ritmo y su propio tiempo interno, y ahí radica su vigor. Un sonido y un ritmo interior, como un tictac biológico, como un compás cardiaco que, por supuesto, nada tienen que ver con el ritmo frenético del mundo exterior.

Cuando uno escucha poesía, uno se da cuenta de que su voz es mínima, insignificante, vergonzante, que es fruto de muchas voces superpuestas. Los que amamos la poesía tenemos un claro y serio problema de identidad, y no es por culpa del idioma, de la política o de la sociedad, tenemos un problema muy gordo de identidad, asumido por otra parte, porque al escuchar o decir un poema, da igual que sea genial o no, nuestra voz suspensa se ahonda hasta las raíces embarradas de lo orígenes y comprueba que esa voz se pierde y se confunde con otras voces que ya estaban allí entrelazadas y confundidas a la vez entre ellas y confundidas a su vez, como una matemática inobjetable, en el enigma en que estamos encarnados. Somos hijos de los sonidos, hijos de las voces. Me veo más como descendiente al calor de las raíces que como ascendiente de las copas de los árboles genealógicos. Me siento más eslabón recién llegado que tronco pretérito. Por genética poética somos hijos mestizos y fronterizos, la pureza es inmaculada, y la vida mancha, siempre nos mancha. Y la vida mezcla, siempre mezcla, incluso nos diluye. Y estamos fundados más en el venir que en el ir. Todos venimos aunque pretendamos ir. Escucho ese sonajero romano, andalusí, mozárabe, sefardí y castellano que somos a la espera de niños poéticos. Y pienso en palabras que contienen en su vientre lingüístico las células de la poeticidad, palabras hermosas y sugerentes como, por ejemplo, aceite, y enseguida me viene a la cabeza su sonido madre árabe, más poderoso, sabio y hermoso aún, azzáyt. O nuestro conocido ojalá que suena materno como wa-sa allah (Dios lo quiera así). Y pienso en nuestros nombres hebreos, sobrios pero hondos pese a su brevedad: Jesús, José, Miguel, Rafael. Pienso todo esto y mi convencimiento es pleno: todos venimos de alguna certeza aunque no sepamos adónde vamos.

En definitiva, la poesía está hecha también de léxico -eso es irremediable-, pero de léxico con espíritu, de palabras que escapan de los diccionarios y de los discursos partidarios y se humanizan contra viento y marea.

Ramón Gómez de la Serna decía que la poesía es fe, lanzamiento, valentía y generosidad; todavía es tiempo de fe y de ser valientes y generosos, aunque sea con el pretexto bendito de la poesía.

Poesía e identidad