lunes. 15.07.2024


Si Argentina no estuviese atravesando este desconcertarte momento histórico, lo que sucedió el pasado viernes debería ser material de análisis de cualquier medio de comunicación. Pero los medios de comunicación, o mejor dicho, los miserables que acondicionan la realidad a su antojo, son casi tan alérgicos a la verdad como sus propios lectores. Estos medios, llamados “de información” -fieles al compromiso asumido con el subalterno que han logrado colocar en la Casa de Gobierno- han trastocado tanto la realidad del acontecer nacional que en sus páginas de papel y en sus cadenas de televisión pueden leerse y verse auténticas maravillas de la literatura o el cine de ficción. Los motivos del abnegado esfuerzo del Grupo Clarín, en pos de represion-la-plata-3mantener esta suerte de comedia que cada día reescribe para el deleite de sus lectores, es absolutamente comprensible. Responde, claro, al convenio -conocido de sobra por el 49 por ciento de los electores del país- con su pelele de turno que, esta vez de manera “legítima” (es decir a través de elecciones “limpias” y “transparentes”), fue electo presidente con el 51 por ciento de los votos. De manera que desde la asunción del ingeniero Macri como presidente de todos los argentinos, el Grupo Clarín ha estado adornando a la “nueva Argentina”, utilizando todos los recursos del periodismo más barato, más sucio, menos periodismo.

Por todos es conocida la guerra que los medios del Grupo Clarín y sus colaboradores más efectivos han mantenido con la administración de la ex presidenta Cristina Fernández de Kirchner. Guerra que en su inicio, allá por 2008, se caracterizó por una sutileza poco probable que se intensificó sobre el segundo mandato de Cristina. Bajo su falaz autodenominación de medio “independiente”, el “Gran Diario Argentino” cruzó todas las fronteras de la ética, sin que sus lectores advirtieran este detalle, tal vez porque la mayoría de ellos considere que un titular vale más que mil palabras, o que “criterio propio” es una afamada marca de lencería.         

El hecho es que no hubo foto del baile del presidente Mauricio Macri mientras su gendarmería reprimía a balazos de goma y gases lacrimógenos una protesta provocada por los despidos masivos que el mismísimo Mauri (“El Bailarín”) ha dispuesto en tan solo un mes de mandato.

Sobran momentos antológicos de la historia política argentina. Y este debería formar parte de esta digna  colección, ya que no cualquier país puede jactarse de tener un presidente procesado, alegre y bailarín, que mientras le da rienda a sus capacidades danzarinas para el deleite de unos alegres productores de leche, mantiene a sus uniformados repartiendo palazos a troche y moche.  Claro que - según como se mire- el baile y la represión del día viernes represion-la-plata-1representan apenas una muestra más de este extraño presente en el que está inmerso el país. Para quienes votaron el “cambio” promovido en campaña por el ingeniero procesado Mauricio Macri, esta nueva etapa de Argentina es la confirmación de esa “normalidad” que no lograban advertir en el gobierno anterior. Según sostenían, siempre reproduciendo los titulares del diario Clarín, Argentina no era un país “normal”. Ahora -más por lo que el 51 por ciento quiere ver que por lo que realmente se ve- ya no hay anomalías, hemos vuelto a ser normales. La devaluación se ha llevado el 40 por ciento de los salarios, los impuestos a los ricos han descendido notoriamente, los impuestos a los pobres se han incrementado notoriamente, el número de despidos masivos se ha incrementado notoriamente, el número de  decretos anticonstitucionales ha marcado un hito en la historia de la democracia, la caza de brujas se ha legalizado, las razias policiales han regresado, la protesta social se ha ilegalizado, la ley de medios se ha anulado, la censura se ha naturalizado,  la luz y el gas se han incrementado notoriamente, los impuestos a los coches de alta gama han descendido notoriamente, ya se pueden comprar hasta 2 millones de dólares por día y una tal Mirtha Legrand ha vuelto a ser felíz. Y Macri, ese alegre bailarín, lo ha hecho posible. 

Macri, ese alegre bailarín