lunes 10/8/20
50 AñOS DE CONFLICTO CON PAUSAS INTERMITENTES

Colombia ante el reto de la reconciliación: el caso de la primera Escuela de Paz  

Las preguntas del juez Baltasar Garzón resuenan en el auditorio con un hondo sentido filosófico y testimonial.

Baltasar Garzón en el escenario de la Escuela Vallenata de Paz | Fotos: Johari Gautier
Baltasar Garzón en el escenario de la Escuela Vallenata de Paz | Fotos: Johari Gautier

“¿Qué entendemos por justicia? ¿Justicia es sólo la justicia penal? ¿O también es la justicia social, la justicia civil, la recuperación de las tierras usurpadas, o la recuperación del trabajo que se tuvo que abandonar?”

@JohariGautier | Las preguntas del juez Baltasar Garzón resuenan en el auditorio con un hondo sentido filosófico y testimonial. Su experiencia y su necesaria reflexión sobre la eficacia de la justicia abren un ciclo de conferencias dedicado a la Impunidad, tema clave en el proceso de paz que adelanta el gobierno colombiano con el grupo insurgente de las FARC. 

“El concepto de Justicia, en mi caso, ha ido evolucionando ––admite el conferencista––.  Y de un planteamiento en el que sólo veía como única respuesta la cárcel y, además en el máximo de los máximos, me he ido dando cuenta que ésta no es una realidad”.

Frente al ponente, se calcula que más de mil personas asisten al debate abierto en Valledupar, una ciudad-capital de la costa Caribe especialmente afectada por la violencia que enfrentó el Estado y diferentes grupos ilegales. Todos los estamentos sociales están representados ––desde estudiantes hasta profesionales, intelectuales, líderes comunitarios y víctimas del conflicto–– acuden con el fin de entender lo que se está discutiendo en las mesas de diálogo con las FARC en la Habana pero también lo que implica una reconciliación nacional de mayores proporciones. Muchos apuntan juiciosamente las citas más relevantes en sus libretas, graban con sus teléfonos móviles las ideas pronunciadas por los expertos, y a menudo lo relacionan con su experiencia personal. La conciencia de que un conflicto aterrador puede estar acabando renace paulatinamente entre los asistentes.   

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Hablar de paz y pensar en el postconflicto es algo novedoso en esta zona del país en donde el silencio y la intimidación han sido los grandes protagonistas de las últimas décadas. En realidad, más allá de la capital y los grandes polos económicos, son pocas las regiones que han abordado en profundidad el asunto de la paz debido a la todavía notable influencia de grupos ilegales. 

La iniciativa de la Primera Escuela de Paz nació sobre la base de que era necesario preparar la población para temas tan sensibles como la reconciliación, el perdón, la búsqueda de la verdad, o la reparación a las víctimas, y desde el principio se abrieron las puertas de la Escuela a todos los que desearan intervenir voluntariamente en este proceso de formación de “gestores de paz”, así es como se llama a los voluntarios que saldrán de esta institución para desempeñar diferentes actividades de índole cívica y cultural.      

El alcalde de la ciudad, Fredys Socarrás, pese a las grandes dificultades económicas que atraviesa su municipio, sustenta su decisión de invertir en esta Escuela en el extremo dolor acumulado por los habitantes. “147.000 personas de Valledupar han sido víctimas directas del conflicto. Esto significa que el 33% de la población total es víctima directa”, explica el funcionario. Una cifra que el mismo juez Garzón calificó de abrumadora.  

Cada semana durante dos meses, las conferencias se suceden con una dinámica participativa que invita a que los ciudadanos expresen sus dudas y sentimientos. Tras memorables conferencias de ponentes prestigiosos como la abogada estadounidense Naomi Roth, quien exploró los casos de Justicia Transicional en países como Sudáfrica o Guatemala, el Fiscal de la Nación Eduardo Montealegre, quien respaldó abiertamente la iniciativa local y la presentó como un modelo a seguir en las demás regiones del país, el pacifista israelí Yariv Oppenheimer y el doctor palestino Izzeldin Abuelaish, quienes demostraron que la apuesta por la paz era una cuestión de voluntad ––incluso en los escenarios más aterradores––, el público interviene con sus reflexiones y testimonios. En ese preciso momento, el ejercicio toma toda su dimensión y brota ese sufrimiento reprimido durante tanto tiempo. 

Unos recuerdan a los seres perdidos, preguntan si el Estado podrá algún día reconocer sus errores, se indignan sobre la poca atención que se le da al ser humano y a sus necesidades. Otros reclaman verdad y justicia. Los aplausos premian la sinceridad de cada interlocutor y consolidan también esos espacios vulnerados por el miedo. Se establece, de repente, una naciente solidaridad frente a esa desconfianza ligada a lustros de abusos e indiferencia. 

Entre las intervenciones de víctimas, cabe destacar el testimonio de la actual candidata a la gobernación del departamento del Cesar y militante de la Unión Patriótica en los años 80, Imelda Daza, quien tuvo que abandonar el país más de 25 años atrás y refugiarse en Suecia para escapar a una masacre perpetrada desde las instancias del poder. Su reciente regreso a la costa Caribe de Colombia y su renovado protagonismo en la política regional ilustran el enorme reto que supone para Colombia el proceso de paz, pero también la esperanza que albergan los sectores más populares. 

“Los horrores del genocidio contra la Unión Patriótica se padecieron aquí con rigor en medio de la indiferencia de unos y de la complicidad de otros […] ––expresó Imelda Daza––. La eliminación del contrario ha sido una constante en la historia política de Colombia y la violencia posterior. Por despiadada que nos parezca, no era de entonces, era consustancial a nuestras costumbres políticas. Sin embargo, cada vez que nos convocan a buscar la paz y la reconciliación, respondemos entusiastas.”

La organizadora y moderadora del evento, la analista política Natalia Springer, se muestra muy satisfecha con el desarrollo del ciclo de conferencias y la respuesta del gran público. Sin embargo, reconoce que no es una empresa fácil y alude a las intimidaciones, los saboteos, críticas y calumnias de parte de opositores que ven con suspicacia toda iniciativa que tenga que ver con la paz. Ante esas dificultades, Springer se muestra determinada a seguir adelante y hacer de esta Escuela un modelo para todo el país. 

“Esta fue la cuna de los paramilitares, la cuna de uno de los mayores jefes guerrilleros, y aquí no hay una sola familia que no tenga una herida ––sostiene la organizadora––. Entonces, es aquí donde interesa hacerlo. Es aquí donde hay que hablar sobre estos temas. Bogotá es otra manera de ver, con una distancia académica, pero aquí esto despierta iras, rabias, encono, de todo, porque la gente está herida”. 

Su sueño es que Colombia, y en especial esta zona del país, conozca una drástica transformación en su manera de resolver los conflictos. Ella se ilusiona con el hecho de que ya se esté formando a gestores de paz en los colegios, y de que su proyecto de Escuela de Paz haya tenido repercusión en otras ciudades del país como Medellín, interesadas en replicar el modelo. Sin embargo, el realismo y la cautela son la constante. “Es un proceso lento” explica Natalia Springer antes de recordarnos que el pueblo colombiano lleva más de 50 años en un conflicto con pausas intermitentes y más de 12 procesos de paz frustrados. 

Colombia ante el reto de la reconciliación: el caso de la primera Escuela de Paz  
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