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martes. 28.06.2022

América Latina y el Magreb

Por Dina Bousselham | No son pocos los paralelismos históricos que caracterizan las relaciones entre América Latina y el Magreb. Hoy en día, ambas regiones están condenadas a llevar un futuro basado en puntos de encuentro y desafíos paralelos en un mundo cada vez más interconectado.

Fidel en la Primera Conferencia de Solidaridad de los Pueblos de Asia, Africa y América Latina (TRICONTINENTAL)
17 de enero de 1966.

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Fidel Castro en la Primera Conferencia de Solidaridad de los Pueblos de Asia, Africa y América Latina (TRICONTINENTAL). 17 de enero de 1966. (Foto: Blog de Dina)

Si partimos de la premisa de que la cultura y tradición árabe-islámica tuvieron una influencia de extraordinaria riqueza en la cultura europea y muy especialmente en España (su presencia duró 8 siglos) nos resulta casi imposible negar la herencia de esa cultura traída tras la conquista española en la historia reciente de América Latina. La creación y dominación de los virreinatos españoles se extendió hasta comienzos del siglo XIX. Durante esos 300 años, confluyeron y se entremezclaron diferentes culturas (entre colonos, nativos, inmigrantes, esclavos, mestizos, mulatos...).

Desde la perspectiva árabe, la influencia española está ligada al patrimonio cultural andalusí así como a la transfusión de tradiciones moras (y judeoarabes) a través de la ya citada colonización ibérica. Sin embargo, tal y como el orientalismo[1] lo es a Occidente, la mirada magrebí sobre el espacio latinoamericano no está exenta de estereotipos y prejuicios.

Me atrevo a decir que la imagen inversa, la que el Islam tiene de América Latina, es más dependiente todavía de los estereotipos europeos. Los manuales de historia para uso de los escolares hace ingresar a América desde el momento que ésta es “descubierta” por los europeos, y si bien denuncian los excesos de la conquista lo hacen con un propósito apologético: contrastarla con las acciones de los muslimes (Hernán G.H Taboada[2], 2003).

Tal y como señala el escritor, esto se puede trasladar a diferentes esferas, tanto en lo cultural, político como en lo ideológico. La lucha por la independencia en América Latina fue percibida por los líderes árabes como modelo a seguir. De hecho, la figura de Simón Bolívar será retomada en varias ocasiones por escritos y políticos árabes. Desde Abdelkrim El Khattabi, el famoso líder rifeño que luchó contra la colonización española (participó asimismo en diferentes publicaciones latinoamericanas de la época) hasta Mehdi Ben Barka (líder socialista marroquí, impulsor de la Conferencia Tricontinental que pretendía unir América Latina y el Caribe con Asia y África y cuyo lema era “África es la América Latina de Europa” pasando por Franz Fanon entre muchos otros.

La popular teoría de la dependencia[3], a su vez, encontró diversos paralelismos entre la experiencia árabe y latinoamericana de subordinación a los centros imperialistas. Los fracasos de las experiencias industrializadoras en ambos terrenos, siendo los casos paradigmáticos el Egipto de Mohamed Alí y el Paraguay de Solano López entre principios y mediados del siglo XIX, también avivó estas lecturas coincidentes. Más tarde, los proyectos populistas como los de Perón en Argentina y de Nasser en Egipto reafirmaron esta visión confluyente de destinos paralelos. Asimismo, el mito del Che Guevara se expandió también por estos lugares como símbolo de liberación.

La literatura árabe tampoco estuvo ajena de las influencias latinoamericanas. El impacto del realismo mágico ha sido notable en muchos escritores de la región. Las huellas de Borges en Tahar Ben Jelloun, el escritor marroquí más famoso, es evidente. Un ejemplo de este acercamiento marroquí-latinoamericano es la edición del libro: Encuentros literarios: Marruecos-España-Iberoamérica, de Mohammad Chakor donde se expresa: “Tan honda y auténtica es la relación cultural, humana e histórica que liga en la actualidad a Marruecos y España, y al amplio mundo de Iberoamérica, como en buena parte desconocida para el gran público”.

Pero a pesar de estos evidentes lazos históricos entre ambas regiones, la institucionalización de las relaciones entre América Latina y el Magreb no se dio hasta la proclamación de independencia de estos últimos. Uno de los países que dio más importancia a estas relaciones aún embrionarias fue Argelia –el principal opositor del vecino Marruecos por el conflicto del Sahara; ambos compiten por el dominio sub-regional- que desde los inicios de los años 50 comenzó a ser un referente para los países del Tercer Mundo por su larga lucha de liberación contra la ocupación colonial francesa. A partir de su independencia en 1962, su experiencia al forjar un estado socialista árabe fue también motivo de admiración para las naciones jóvenes de Asia, África y América. Para la izquierda latinoamericana era un modelo a seguir y un mito que alimentaba los sueños y las ansias de liberación nacional. Basta recordar el famoso discurso del Che Guevara en la Conferencia Afroasiática en Argelia, del 24 de febrero de 1965:

Una aspiración común, la derrota del imperialismo, nos une en nuestra marcha hacia el futuro; un pasado común de lucha contra el mismo enemigo nos ha unido a lo largo del camino (…) ¡No!, al enemigo imperialista. Y hay pocos escenarios para afirmarlo tan simbólicos como Argel, una de las más heroicas capitales de la libertad. Que el magnífico pueblo argelino, entrenado como pocos en los sufrimientos de la independencia, bajo la decidida dirección de su partido, con nuestro querido compañero Ahmed Ben Bella a la cabeza, nos sirva de inspiración en esta lucha sin cuartel contra el imperialismo mundial (Che Guevara – Conferencia Afroasiática en Argel del 25 Febrero 1965).

Tal y como queda reflejado en el discurso, las experiencias de liberación por parte de ambas regiones se retroalimentaban mutuamente, sirviendo de ejemplo y de motivación para las futuras luchas.

En los años siguientes a su independencia, Argelia afianzó su imagen internacional como un ejemplo de estado en vías de industrialización y dotado de un recurso estratégico como el petróleo. No obstante, las relaciones con América Latina eran tan limitadas como circunstanciales. Fue a partir de los años 80, cuando se produjeron importantes cambios geoestratégicos que impulsaron al mundo árabe su apertura al continente americano. La “causa saharaui” comienza a jugar un papel determinante en el caso de Marruecos y Argelia. No pecaría de ingenua si afirmara que la agenda diplomática de ambos países era/es monotemática desde entonces: la búsqueda de apoyos por la “causa saharaui” sigue estando a la orden del día. Cabe señalar que los propios saharauis comprendieron mucho antes que Marruecos y Argelia la importancia estratégica de América Latina para su causa. Los primeros contactos se iniciaron en setiembre de 1975 y tras la proclamación de la RASD en febrero de 1976 se creó un Departamento Especial para América Latina, abriendo su primera embajada en Panamá en 1980, seguida de Venezuela y Cuba y México. La participación del entonces candidato a la presidencia del gobierno español, Felipe González, haciendo campaña a favor del reconocimiento de la RASD entre dichos países, habría sido también un factor contribuyente para este cambio.

Fue en ese marco cuando se establecieron también gran parte de las representaciones diplomáticas de Marruecos y de Argelia en el espacio latinoamericano seguidas por el resto de países árabes que buscaban su sitio en la esfera internacional.

En definitiva, no son pocos los paralelismos históricos que caracterizan las relaciones entre América Latina y el Magreb. Hoy en día, debido a la creciente interdependencia entre centro-periferia[4], el auge de las relaciones sur-sur o la globalización en todas sus vertientes, ambas regiones están condenadas a llevar un futuro basado en puntos de encuentro y desafíos paralelos en un mundo cada vez más interconectado. Tal vez algún día veamos nuevas alianzas entre países del norte de África con países como Ecuador o Bolivia basadas no sólo en meras relaciones bilaterales comerciales, sino en alianzas más ideológicas, fundamentadas en elementos como la solidaridad y la justicia. Pues en definitiva ambas regiones son las más desiguales del mundo. ¿Acaso no podría ser este un buen punto de partida?

Por Dina Bousselham, politóloga especialista en América Latina.


[1]Obra publicada por Edward Said que alude a la noción creada de forma consciente como un espacio que en la actualidad cubre todas las esferas existentes, basado en una ignorancia construida y sostenida por Occidente. Esta construcción se refiere a Oriente como “lo otro”, “lo desconocido”, “lo exótico”.

[2]Investigador del Centro de Investigaciones sobre América Latina y el Caribe. En 2004 publicó el libro “La sombra del Islam en la conquista de América”.

[3]La Teoría de la Dependencia surgió en América Latina en los años sesenta y setenta. Sostiene los siguientes postulados: el subdesarrollo está directamente ligado a la expansión de los países industrializados; desarrollo y subdesarrollo son dos aspectos diferentes del mismo proceso; el subdesarrollo no es ni una etapa en un proceso gradual hacia el desarrollo ni una precondición, sino una condición en sí misma.

[4]Término muy difundido entre los economistas de la CEPAL (Comisión Económica para América Latina y el Caribe) para describir un orden económico mundial integrado por un centro industrial y hegemónico que establece transacciones económicas desiguales con una periferia agrícola y subordinada. El concepto fue también establecido en gran detalle a escala planetaria en el modelo de sistema-mundo de Immanuel Wallerstein y utilizado en la teoría critica de los ciclos económicos de Giovanni Arrighi entre otros.

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