¿Tiempos nuevos? tiempos salvajes
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Nos dijeron que una mentira, por mucho que se repita, no acaba siendo verdad. Quizás sea verdad, pero hoy esa sentencia se muestra perfectamente inútil. Basta pasar diez minutos en cualquier red social, intentar escuchar una tertulia política o vagabundear por cualquier estercolero digital para comprobar que la mentira no necesita “convertirse” en verdad para ganar la partida. Le basta con repetirse, con circular, con pegarse a la piel e inocularse en el sistema nervioso de la época como esos estribillos de las malas canciones. La mentira ya no pide creencia y fe, pide velocidad, tráfico, dedos nerviosos y cerebros exhaustos. No necesita convencer, le basta con ocuparlo todo.
Así funciona la máquina: Los bulos ponen la niebla, la geopolítica el temor y temblor, el universo INCEL fabrica sujetos rabiosos
Basura, claro está, hubo siempre. El problema de los actuales bulos no es que existan, sino su insistencia, su reproducción a escala mundial, su capacidad para volver cada día con otra cara y la misma bilis. El bulo no explica la realidad; la infecta y la re-crea.Y justo ahí, en la función homeostática y de descarga que cumplen, reside su éxito. El bulo es la pastilla de rabia que nos proporciona salvoconducto para odiar. La gente no comparte estas cosas porque haya descubierto las verdades que encubren el mundo. Lo hacen porque así organizan sus propios miedos,afinan el resentimiento y encuentran un culpable portátil, de usar y tirar, para justificar susfrustraciones.
Y de bulo en bulo, el mundo tiembla como un amplificador roto. La geopolítica actual ya no representa la vieja y solemne escena de tratados, equilibrios y cancilleres con cara de póker y “culo di ferro”. Se parece bastante más a una de esas peleas de aparcamiento de polígono que alguien graba con el móvil. El nuevo cine de acción de la política trae a la cartelera guerras que nunca se declararon, amenazas nucleares convertidas en atrezzo televisivo, bloques comerciales que actúan como cárteles de narcos, plataformas funcionando como armas de propaganda, gobiernos débiles, mercados histéricos y una sensación permanente de que todo puede empeorar, aún un poco más. Tal inestabilidad y ruido no es un fallo del sistema; es el sistema mismo en modo supervivencia.
La falta evidente de respuestas políticas ha sido capitalizada por la ultraderecha tocando las teclas del miedo, el agravio y la humillación. Su método es tan poco elegante como el puñetazo de un borracho: si estás mal, alguien debe tener la culpa; si no entiendes nada, alguien te ha robado tu sitio; si te sientes pequeño, tienen que pagarlo. Tampoco ofrece soluciones, pero ofrece enemigos, alguien a quien odiar y pequeñas venganzas para con tu vecino, tu compañero de trabajo o tu “jefa”.
El machismo INCEL es otra pieza perfectamente adaptable en este bizarro puzle. El fenómeno no debe tomarse como una simple rareza de internet o como un chiste pesado de tipos resentidos desfogándose delante de una pantalla. Es una forma política de tramitar la impotencia que recoge la soledad, la frustración, la precariedad afectiva, el derrumbe de la masculinidad tradicional, la imposibilidad de sentirse necesario, y lo convierte todo en acusación contra las mujeres. El INCEL no dice que el mundo es inhabitable, sino que le han robado lo que merecía por nacimiento. Su aspiración no es la igualdad, sino la devolución de un mundo fantaseado en el que ser hombre (macho) trajera premio automático: atención, obediencia, centralidad.
Así funciona la máquina: Los bulos ponen la niebla, la geopolítica el temor y temblor, el universo INCEL fabrica sujetos rabiosos. La guinda del coctel es la testosterona de gimnasio o de sobre de parafarmacia. En cualquier caso, más que fenómenos aislados se trata de los distintos canales de la mesa de mezclas de la nueva ultraderecha. Un cóctel antipolítico travestido en proyecto político que educa en el rencor y que va armando una creciente tropa de asalto digital con chavales criados entre la ansiedad, las pantallas y las ruinas afectivas. Jóvenes que aprenden a odiar antes que a vivir. Si fingimos sorpresa es solo por eso, por fingir. A estas alturas la sorpresa solo puede ser una coartada.
No podemos consolarnos con el mantra de que la democracia sigue ahí, funcionando, respirando, incluso fuerte. También sigue en pie un edificio, aunque su interior esté lleno de grietas, goteras y cables pelados. Claro que hay elecciones, parlamentos, campañas, debates, escándalos y teatro. La escena continúa. Pero la democracia no es solo votar y tragarse el espectáculo. La política democrática es aquella que entiende que la vida no puede ser una caída libre con publicidad alrededor; que trabajar debe permitir vivir dignamente; que alquilar una casa no se convierta en una humillación; que los derechos no se negocian cada vez que un canalla necesita un titular. Es, en definitiva,la determinación práctica de que el miedo no gobierne más que las instituciones.
Jose García Molina | Profesor de la UCLM y exVicepresidente de la Junta de Comunidades de Castilla-La Mancha