sábado 16/10/21
TRIBUNA DE OPINIÓN

Cantomanía

canto

Leo con satisfacción que el Festival de la Hispanidad va camino de convertirse en el acontecimiento del año. En Madrid y más allá. Diría que plus ultra pero, tratándose de defender el español, ni el latín, antaño signo de elegancia lingüística, debe ensombrecer la brillantez de nuestra lengua. Así que, repito, en Madrid y más allá, el mundo está esperando la celebración de ese acto, epítome de la defensa del español.

Se trata de un conjunto de actividades culturales con el español como denominador común que ha organizado para este otoño la Oficina del Español, cuyo director, subdirector, secretario, conserje y hasta conductor de su coche oficial es el propio Toni Cantó, único recurso laboral de esa institución, según él mismo dijo en su momento.

El programa de actividades de este primer Festival de la Hispanidad ya está cerrado y comprende conciertos, conferencias y diversos otros actos, en número superior a 80, con más de 250 artistas de música, cine, arte, circo, danza, teatro o espectáculos de calle. Y, todo ello, por la módica cifra de 850.000 € y fruto de la actividad incansable de Toni Cantó, único trabajador, hay que repetirlo de esa Oficina.

Pues bien, el español no se si lo defenderá pero lo que es la gestión, la borda. Con ese dinero y él solito no se puede hacer más que lo que va a hacer. Porque, además de todo eso ya se está ocupando del festival del año siguiente para el que “todos quieren negociar con Toni Cantó”, por lo que “la agenda del exactor se llena de citas con promotores, asociaciones y compositores que quieren entrar en la próxima edición”, según leo en el diario El País. Una agenda en la que debe haber más horas por día de las que corresponden a la división que hizo, hace ya mucho tiempo, Hiparco de Nicea.

Pero, si eso es así, y no tengo porqué dudarlo, si él solo ha organizado todo eso y si, además, está organizando, simultáneamente, el festival de 2022, este hombre no solo es un fenómeno, si no la prueba evidente de las tesis liberales de su jefa Isabel Diaz Ayuso. Porque, si una sola persona es capaz de hacer todo eso, no cabe ninguna duda del sobredimensionamiento del estado. Búsquense más tonis cantós y podrán bajarse los impuestos de, por lo menos, los madrileños.

Y, eso, sin contar con los efectos sobre el español que está empezando a tener esa oficina. El otro día pude escuchar a un entrenador de baloncesto de la liga española que daba instrucciones a sus jugadores ¡en castellano! en lugar de hacerlo en el tradicional inglés con el que se desenvuelven normalmente. Y, no solo eso. Debo acusar recibo de un WhatsApp (quiero decir, un guasap) en el que las palabras venían enteras con vocales y todo.

Hay que reconocer, pues, que ya han empezado a cambiar cosas en esta cuestión del español. Lo que antes era conocido como la lengua de Cervantes, ya se empieza a denominar la lengua de Cantó. Y no porque sea larga, que también, sino porque en la nueva normalidad también se aprecia una renovación del lenguaje producida por el solo efecto del nombramiento de don Toni para ese puesto. Y esto no es más que el principio de una era de prosperidad para nuestro idioma.

De ahí mi admiración, y mi fijación, por Cantó.

Cantomanía