jueves 27/1/22
casado congreso
 

“La Ley lo puede todo, salvo convertir al hombre en mujer y la mujer en hombre”. Con este lema los revolucionarios liberales franceses pretendían significar la primacía de la Asamblea Nacional (el Parlamento) sobre los demás poderes y de la Ley como manifestación de la voluntad popular. Bien es cierto que no entendían por voluntad popular lo mismo que nosotros. No se preveía el sufragio universal al excluirse a mujeres y a pobres. Cuando menos a los que no contribuían al Estado con una determinada cantidad (sufragio censitario). Más o menos eran electores el veinte por ciento de la población.

Con tal eslogan lo que se pretendía reseñar era la omnipotencia de la Ley que tenía como único límite las leyes de la naturaleza.

Dos siglos y medio después la frasecita resulta sólo parcialmente sostenible. En primer lugar porque no todas las leyes de la naturaleza son límite al poder legislativo y ni siquiera no todas las leyes de la naturaleza son siquiera leyes naturales, sino muchas veces ideología encubierta. Buena prueba es que hoy más allá de los caracteres sexuales primarios de las personas se ha superado el binarismo admitiéndose terceras entidades e incluso el cambio de identidad de género. Se ha desenmascarado una falsa Ley natural.

Pero también, porque, especialmente desde la postguerra de la II Mundial, en sentido contrario se ha recortado la potencia del legislador y de la Ley. Se trata de que junto a los límites físicos o naturales (“lo que no puede ser, no puede ser y además es imposible”) la Ley está sujeta a un ordenamiento superior integrado por los principios generales del Derecho establecidos en las Declaraciones de Derechos civiles y Tratados internacionales con eficacia superior al ordenamiento nacional y de aplicación inmediata y no subsidiaria. La Ley lo puede todo o casi todo pero siempre que no vulnere esos principios de Derecho positivo, en cuyo caso su aplicación decae. Con ello se supera el iusnaturalismo, corriente doctrinal que pretendió hacer valer la religión como Ley natural superior a la Ley de los hombres. “La Ley natural es la ley divina grabada por Dios en el corazón del hombre”. E interpretada por la/s Iglesia/s, añado. De este modo el iusnaturalismo ocultaba la superioridad del poder eclesial sobre el poder “temporal”, la ausencia de separación y la superioridad del primero. Y se desvinculaba la Ley de la voluntad popular. Pero esos principios no sólo operan negativamente, ya que, por decirlo en pocas palabras, constituyen un programa legislativo universal a desarrollar y ejecutar.

Curioso que los autoproclamados liberales de hoy se pongan al servicio de fuerzas, principios y filosofías del “ancien Régime”

Curioso que los autoproclamados liberales de hoy se pongan al servicio de fuerzas, principios y filosofías del “ancien Régime” y subordinen su acción política, en muchos casos, a intereses y convicciones no solo ajenas sino contradictorias de su supuesto ideario. Si Voltaire levantara la cabeza los echaría del Templo del liberalismo. Si lo hiciera Robespierre directamente les separaría las suyas de sus cuerpos.

Curioso ver a estos neoliberales, en realidad oportunistas sin ideología, defender privilegios medievales como la monarquía, la nobleza, el poder eclesial, la enseñanza confesional, la confusión Iglesia-Estado, etc., todo aquello contra lo que se alzó el movimiento liberal. Convertidos en valedores del antiliberalismo.

Pero no menos curioso es ver a la izquierda, que ha asumido los valores políticos del liberalismo político, emperrada en no legislar de acuerdo con la voluntad popular, pese a disponer de mayorías habilitadoras, y que ignora la clave del liberalismo expresada en el lema “igualdad, legalidad, fraternidad”. Empeñada en excusarse en “no poder” cuando quiere decir “no quiero”. (La reforma laboral, el recibo de la luz, el desempleo para los/as empleados/as del hogar, la Cañada Real, el mantenimiento del poder adquisitivo… ¿no se puede o no se quiere?). Una izquierda que ha reducido la democracia a lo electoral desdeñando lo participativo y los valores éticos. Que se ha otorgado en su favor un “poder de ruina” que le permite hacer lo que quiere, sin rendición de cuentas efectiva.

Contaba Don Eduardo de Jauralde cómo el demócrata que recurría, como justificación de la tortura, al supuesto de la bomba en la estación ferroviaria que va a causar cientos de muertos, había iniciado a desandar su camino como tal. Del mismo modo, la izquierda, vieja o nueva, que asume términos como equilibrio, balance, compensación, consenso, tranversalidad, viraje al centro… ya sabemos que ha comenzado a dejar de serlo. Muy probablemente así iniciaran su andadura Sánchez Dragó o Federico Losantos. Lo primero fue la palabra. El Verbo, dice la Biblia. Y con el verbo llegó la mistificación. Tras la mistificación, el abandono y la traición. La política debe ser algo más que el juego de ganar o mantenerse en el Gobierno, que no deja de ser un espejismo del poder. Alcanzado el Gobierno se descubre ineludiblemente que allí no está el poder, que allí hay arena y poco más. Esa ética, más bien no-ética solo vale para las fuerzas políticas de la derecha que buscan completar el poder, que no les abandona, con el Gobierno. La izquierda no puede buscar dejarse querer por el poder porque ese es un amor imposible. Pretenderlo es una perversión. Los socialismos basados en una visión marxiana en su ánimo de construir un socialismo científico compraron la amoralidad de la política que ya predicara Maquiavelo. Por el contrario la ética antiautoritaria es el fundamento del hiper apoliticismo del socialismo libertario y su rechazo extremo de la política así entendida. En definitiva ha de establecerse un diálogo entre ambas corrientes de pensamiento que permita reintroducir la ética socialista entre los valores alternativos, de que andamos tan escasos. Y la relativización del uso de la política electoral. La historia del socialismo no puede circunscribirse al círculo vicioso de la sucesión de plataformas electorales de todo tipo, más o menos exitosas, hasta su naufragio o integración en el sistema.   

El futuro de progreso no puede cimentarse en Maquiavelo sino en la creación de una cultura basada en derechos innegociables y valores solidarios. Ese es el contrapoder de la izquierda de verdad. La movilización social por un nuevo orden social. Sentarse a la mesa de la Patronal, mediar en los intereses de clase sólo le servirá si deja de ser izquierda y en la medida en que deje de serlo.

Ser o no ser