El fiscal general del Estado debe ser ajusticiado
Necesitamos tu ayuda para seguir informando
Colabora con Nuevatribuna
Hace 35.000 años, más o menos, el sapiens inventó el mito. Con él, según Noah Harari, la humanidad empezó a prosperar gracias a que los sapiens comenzaron a colaborar unos con otros en la ejecución de tareas, al principio muy sencillas y que, poco a poco, nos han conducido a la situación actual de la humanidad que, francamente, resulta difícil de comprender.
Pero el mito consiste en algo abstracto, distinto de lo que, por aquel entonces, conocía el sapiens, es decir, los animales, el rio, el árbol, etc., aunque todavía no supieran que se llamaban así, pero eran capaces de ver cualquiera de esos elementos. También podían sufrir hambre o dolor, pero tampoco sabían lo que era. Hasta aquí, el preámbulo prehistórico.
Mas adelante, el sapiens, después el hombre, y mucho más tarde la mujer cuando tuvo protagonismo oficial, utilizaron mitos fundamentales como la religión, la moral, el dinero y cosas así. Como la justicia. Sin esos mitos, hoy no sería reconocible la humanidad, o sea nosotros, por lo que preservarlos, se hace imprescindible. Pero, no lo olvidemos, esos mitos, aunque sustanciales para nuestra convivencia, son meras convenciones humanas, generalmente resultado de la opinión de élites intelectuales, profesionales u oligárquicas que, posteriormente han sido aceptadas, y adoptadas, por todos. En definitiva, podrían ser distintos todos y cada uno de esos mitos, pero son así, como diría alguien, como dios manda.
Mantener el prestigio del Tribunal Supremo es sustancial con objeto de que, siempre que el número de escépticos se mantenga dentro de unos márgenes razonables, la cosa funcione
La justicia, a la que hemos aludido, es una palabra polisémica cuyos significados van desde la abstracción de un principio moral, un conjunto de virtudes o de normas hasta la concreción del poder que controla esas normas, es decir el poder judicial. En España, son los tribunales de justicia, un entramado de instituciones en cuya cúspide está el Tribunal Supremo. Este altísimo tribunal tiene jurisdicción en cualquier asunto y, de sus decisiones, emanan criterios jurídicos de obligado cumplimiento que constituyen el armazón de la vida social del país. Por tanto, mantener el prestigio del Tribunal Supremo es sustancial con objeto de que, siempre que el número de escépticos se mantenga dentro de unos márgenes razonables, la cosa funcione.
El Tribunal Supremo, a través de dos órganos distintos, un Instructor de la Sala Penal y la Sala de Apelaciones, ha determinado que el fiscal general del Estado ha podido delinquir. A través de los medios de comunicación, única forma en que los mortales podemos enterarnos de lo que pasa en el mundo más allá de nuestras narices, hemos conocido los hechos juzgados. Al parecer, han consistido en desmentir una falsedad que perjudicaba a la Agencia Tributaria y a la propia Fiscalía. Algo que, yo mismo, si fuera fiscal general del Estado, habría hecho, porque me considero un hombre de bien. Y, sin embargo, otros hombres de bien, y además con un conocimiento de leyes que yo no tengo, y, por si fuera poco, pertenecientes a ese Tribunal Supremo, han decidido que, si, que es un delito. Es cierto que hay un voto particular, pero, eso, no demuestra más que lo que yo decía más arriba y es que, las convenciones, no solo pueden ser distintas, sino que son interpretables. Pero, las normas son las normas y si dos jueces dicen una cosa y solo uno dice otra, la verdad jurídica es la que es.
Al parecer, los hechos juzgados han consistido en desmentir una falsedad que perjudicaba a la Agencia Tributaria y a la propia Fiscalía
Y ahora, ¿qué pasa? Parece ser que el fiscal general del Estado acabará en la Sala Penal del Tribunal Supremo para que sentencien si, efectivamente, ha delinquido. Pues bien, sin ánimo de presionar al TS, creo que deben condenarle. No porque yo crea que haya delinquido, si no por preservar el prestigio de tan alto Tribunal y, por tanto, del mismo concepto de la justicia, por él representada.
Supongamos que la Sala lo absuelve. No parece muy probable, a la vista de que la mayoría de los magistrados del TS que, hasta ahora, han pasado por el sumario, lo encuentran culpable, pero podría ser. ¿Cómo se explicaría el camino que ha seguido el sumario hasta hoy? La justicia podría caer en un mar de dudas sobre, valga la redundancia, “la justicia de la justicia” y, eso, sería peor que sacrificar un fiscal general del Estado. Hasta él mismo, en lo más hondo de su ser, debería estar de acuerdo con sacrificarse por tan alto objetivo.
Porque, además, esta sentencia tendría precedentes bíblicos. El Sanedrín y la multitud, alentada por los líderes religiosos, eligió liberar a Barrabás y condenar a Jesús. Es decir, encontró, con razón, más peligroso a un líder social que a un ladrón, sobre todo, si ese líder social no era de la cuerda.
Sin ánimo de presionar al TS, creo que deben condenarle. No porque yo crea que haya delinquido, si no por preservar el prestigio de tan alto Tribunal y, por tanto, del mismo concepto de la justicia, por él representada
Si eso sucediera, lo que debe hacer el Gobierno es, exactamente, lo mismo que el Tribunal Supremo, es decir preservar las instituciones, o sea el mito. El gobierno de una nación es tan importante como su Tribunal Supremo y, además, independiente de él. Debería nombrar otro fiscal general, si es que encuentra a alguien que tenga el valor de aceptar el puesto, y seguir adelante.
La oposición no solo debería seguir haciendo lo único que sabe hacer, es decir, pedir la dimisión de Pedro Sánchez, la derogación del sanchismo y la desaparición de cualquier referencia a esta etapa de la historia española en los libros de historia. No, debería emplear palabras más gruesas, incluso contratando lingüistas especializados.
Y, nosotros, lo que deberíamos hacer es rezar lo que sepamos para que la oposición no vaya a más, como han hecho en otros momentos de la historia. Y desear que, el año próximo por estas fechas, el presidente del Gobierno pueda volver a dar datos no desmentidos sobre la situación económica y social de España. Aunque a Feijóo le suene a mitin.
(Un apunte para el pesimismo: supongamos que esa sentencia acaba en el Tribunal Constitucional quien la declara contraria a la Constitución. Pues peor todavía, ya que la diferencia de opiniones entre dos tribunales tan altísimos, aunque, ambos, igual de “colonizados”, dejaría a la justicia con el fango al cuello. Casi sería mejor que el TC siguiera los pasos del TS)