viernes. 23.02.2024
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Togados, portavoces empresariales, una densa lluvia mediática, gobiernos autonómicos y municipales de perfil muy retrógrado, tractoristas sembrando el caos, transportistas al acecho, derechas desbocadas, trumpistas al asalto, y euroescépticos con cargo en Europa, parecen advertirnos de que, más allá del mandato de la democracia, debemos abrir paso a conservadores y reaccionarios. Y para esta refriega les vale todo.

Son menos, pero poderosos. Y no, no van a conseguirlo. Es verdad que la tarea del gobierno progresista está llena de obstáculos, muchos de ellos alentados por los grupos mencionados, sin que falten, por razones bien distintas, opiniones progresistas muy críticas con la acción de gobierno. Pero tenía razón Nelson Mandela cuando recordaba que “Siempre parece imposible hasta que se hace”. Y hay que hacerlo.

Tras las elecciones del 23 de julio, fueran las que fuesen las conjeturas, solo había dos escenarios posibles: o gobierno de las fuerzas progresistas, a partir de una mayoría parlamentaria no exenta de debilidades, o gobierno de las derechas extremas, unas más extremas que otras. Y no solo estaba en juego quién gobernaba el país, sino y quizás más importante, las políticas que podrían ponerse en marcha y a qué sectores beneficiarían. Están quienes tímida o explícitamente, sugieren la gran coalición. Una sugerencia que se me antoja tan irreal como inconveniente. Recuperar el diálogo en democracia es imprescindible; hacerlo posible con estas derechas, parece una alucinación.

La amnistía

El PP y Vox se empeñaron en convertir la amnistía en el centro de su oposición al Gobierno. Una estrategia que se presta a la demagogia fácil y a la parodia (sin gracia) del adversario. España se rompe, la igualdad se resiente, la Constitución es papel mojado, el Congreso no sirve y la democracia se tambalea. Una secuencia de desatinos y barrabasadas que con la necesaria complicidad de jueces y medios de comunicación logran ensanchar el territorio de la desestabilización, mientras se ignoran o no pasan de mera rutina los avances del gobierno en políticas públicas, alivios fiscales para la gente que más lo necesita, pensiones, salario mínimo, prestaciones sociales, derechos laborales, derechos civiles y democráticos, y la buena marcha de la economía -por supuesto, con muchas cosas por hacer- liderando el crecimiento y la creación de empleo en Europa. Hay que reconocer también que en esta guerra de propaganda, los representantes del Gobierno y de los partidos que lo integran se pierden con frecuencia en asuntos menores y no enfrentan el debate público con el coraje, el tono y los argumentos que la situación exige.

Pero el descaro y la desvergüenza siempre acaban en el pilón. Cuando escribo este artículo salen a la luz las conversaciones del PP con Junts y, sobre todo, la amenaza de lo que podría contarse y aún no se ha contado. Ha bastado este simple amago para que los dirigentes del PP confirmen que “estarían dispuestos a estudiar un indulto para Puigdemont”. El golpista, el terrorista, el agente de Putin, el que impone a Sánchez la agenda política, fue objeto de deseo para que Feijóo llegara a Moncloa. Y lo sigue siendo. El dirigente gallego, que utiliza las palabras más gruesas para descalificar a Sánchez por negociar la amnistía -“vende España por un puñado de votos”-, no anda muy lejos de aquella contra la que se manifestaron en plazas y pueblos de España. Al final todo se sabe. O casi todo. Vamos a ver por dónde nos sale ahora Feijóo. Lo cierto es que, dada su singular habilidad, acabará confesando que todo lo hizo “por el bien de España”.

Apuntaba antes que la mayoría parlamentaria que votó la investidura de Sánchez, ofrece un perfil de mayor fragilidad que la de la legislatura anterior. Primero porque las derechas han aumentado su representación; y segundo, porque una parte del independentismo catalán (Junts) vive a medio camino entre la política y las actividades diversas, y embarullan con frecuencia exilio intelectual, neoliberalismo e independentismo. Pero suman siete diputados -a los que el PP trató de convencer para que votasen a Feijóo- y el PSOE y Sumar pusieron toda la carne en el asador para que la amnistía que reclamaron Esquerra y Junts, saliese adelante, conscientes de que ello permitiría profundizar desde el Gobierno en una agenda social y económica de marcado signo progresista. Creo, además, que la amnistía puede ser una oportunidad inmejorable para que la política se imponga a la charlatanería yerma y a jueces atentos y codiciosos.

Así las cosas, la inversión desproporcionada e interesada que las derechas han realizado contra la amnistía, y que ahora se desmorona tras una primera intimidación de Junts al PP, no puede verse recompensada con la derrota de la ley en el Congreso, y es a Junts a quien le corresponde decidir el sentido de su voto.

La opinión de los elegidos

A esta refriega de ideas y opiniones, acudieron raudos jueces de la palabra y profetas del apocalipsis, que arremeten contra Sánchez desde supuesto “territorio amigo”. Viejos militantes socialistas, mensajeros de la verdad, guardianes de la ley y la Constitución y periodistas que acusan a Sánchez de ceder en exceso ante el independentismo, se rebelan contra “los capataces de la Moncloa”, exhibiendo integridad, autonomía y arrojo. “Para el entorno del presidente del Gobierno, todo lo que no sea adulación es fachosfera”, denuncian.

Es llamativa esta reflexión. El presidente del Gobierno más atacado, insultado, descalificado y denostado de la historia de la democracia -excepción hecha de Suárez, al que amenazaron con un golpe y lo dieron, aunque sin éxito-, desde las más insospechadas tribunas y altavoces, en un contexto en el que asomar la cabeza para intervenir en el debate público desde un medio o una opinión progresista resulta casi una heroicidad, es acusado de caza de brujas. Una industria de la comunicación muy mayoritariamente dominada por las ideas conservadoras es complementada por distintas voces progresistas que refuerzan aquella, para denunciar con saña “el golpismo de Sánchez y Puigdemont”. Un intelectual de izquierdas llegó a llamar a la rebelión. Bueno pues resulta que el que se defiende es culpable.

Se puede y se debe criticar la acción de gobierno. Y también se puede y se debe discrepar de la hipérbole y la calumnia, procedan estas de un portavoz conservador o de un columnista de izquierdas. La pregunta es: ¿lo que hay al otro lado de la trinchera, en buena medida, resumido en el primer párrafo de este artículo, es una anécdota para el columnista progresista?

Ríndanse, es el turno de las derechas