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jueves. 30.06.2022

“Un discurso previsible: repetir lo obvio”

Con el mensaje real navideño la impresión que a muchos ha dejado es que no se llega a saber si lo importante del discurso era lo que decía o simplemente quién lo decía
mensaje navidad rey

 “Obviedad
Afirmación completamente evidente
o que no añade información adicional alguna”.

“Previsible:
Relato que entra dentro de lo que se espera”.


Sin entrar en la zoología ni en la biología, “Las metamorfosis” es una obra maestra de la literatura latina del poeta romano Ovidio, situada entre la épica y la didáctica. Fue una de las obras clásicas más leídas durante la Edad Media y el Renacimiento; el poema, contenido en quince libros, narra la historia del mundo desde su creación hasta “el endiosamiento” de Julio César; combina libremente en ella la mitología y la historia. Finalizado en el año 8 d.C., ha inspirado a múltiples artistas y continúa ejerciendo una profunda influencia en la cultura occidental. “La Metamorfosis” es también un libro del bohemio escritor checo Franz Kafka, que describe la transformación del personaje Gregor Samsa en un gigantesco insecto. Siglos antes ya había escrito Apuleyo, importante escritor romano del siglo II d.C., con el mismo título, un libro en el que narra las desventuras de un joven transformado mágicamente en asno. Acudiendo a la RAE, pues no es necesario ahondar en la literatura, y menos en la zoología, encontramos al menos dos significados de “metamorfosis”: transformación de algo en otra cosa y mudanza que hace alguien o algo de un estado a otro. No es infrecuente, inmersos en la fantasía, poder soñar que somos personas distintas de la real o desear haber tenido otra vida diferente a la vivida. Es natural soñar sobre lo que deseamos, aunque soñar con un futuro mejor no lo hace más probable. La psicología y la sensata realidad nos enseñan que debemos emprender proyectos posibles y viables para alcanzar objetivos en lugar de intentar soñar despiertos.

El estilo es, en general, lo que diferencia un escritor de otro, lo que individualiza en tiempo y espacio un discurso o una creación literaria, es decir, una voluntad de forma y circunstancia; aunque se suele definir que el estilo es el hombre, sólo es cierto en parte, pues se olvida que el hombre es, según la certera frase de Ortega, “él y sus circunstancias”. Por otra parte, todos tenemos experiencia de que se habla y se escribe de modo diferente dependiendo del estado de ánimo, según las ideas que se tengan de la realidad, de lo que convenga decir y, para ciertos personajes, qué lugar ocupan en las escalas del poder. En la creación de un estilo personal intervienen factores muy diversos, desde la creatividad del escritor, su formación, sus lecturas y la lectura de la realidad sobre la que escribe, hasta las ideas que otros le han podido proporcionar. De ahí que considere procedente preguntar, en el caso del discurso real, cuánto de lo que aporta su mensaje es original, cuánto le ha sido aportado por otros, cuánto de lo dicho por el Monarca realmente lo siente o es impostado y, sobre todo, cuánto de lo pronunciado era obvio y previsible.

No hacía falta ni ser determinista ni futurólogo para tener certeza de lo que el Monarca iba a decir

Por mor de ser sincero, me siento en la obligación de justificar esta introducción y explicar el “por qué” de traer a reflexión lo de la metamorfosis. Como diría Wittgenstein en “los juegos del lenguaje”, antes del discurso navideño de Felipe VI, conociendo al personaje y a la Institución que representa, aposté con un buen amigo cuáles serían las líneas e ideas del discurso -hasta casi las frases-, y, como otro Gregor Samsa, podría transformarme en “monarca por un día” capaz de escribir, en el marco de la ficción, lo que en tal situación yo diría. No hacía falta ni ser determinista ni futurólogo para tener certeza de lo que el Monarca iba a decir. Pulsando los rumores que siempre aparecen en semejantes circunstancias, son con este ocho los discursos navideños del rey Felipe VI, al igual que escribí el pasado año, los mensajes reales parece que van a ser más trascendentes que nunca; los políticos, las instituciones y los medios de comunicación alimentan la expectación a conveniencia; hacen quinielas por descubrir, mejor, adivinar, qué va a decir en este endiablado segundo año de “pandemias y escapadas y retornos del Emérito”. Había, no obstante, este año una circunstancia importante que podía mover el péndulo de sus palabras. Con el cierre de las diligencias y el archivo de la investigación por el fiscal suizo Yves Bertossa acerca del presunto cobro de comisiones en las obras del AVE a La Meca y el presunto blanqueo de capitales que pesaba sobre la examante de Juan Carlos I, Corinna Larsen, en Casa Real despejaron ya las dudas de que el ex Monarca no iba a venir por ahora, y en el discurso, más tranquilo, se le podía ignorar, como así ha sido. Aunque es cierto que la Fiscalía General del Estado ha ampliado otros seis meses las diligencias de investigación, existe la seguridad de que al final serán archivadas pues, en el permanente circo de su nada ejemplar vida, son demasiadas “las redes” que, para evitar la caída del “Emérito”, le ponen ciertas agradecidas y serviles instituciones. A pesar de estas providenciales circunstancias, como el año pasado, era “vox populi” que en la Casa del Rey existía gran preocupación acerca de si regresaría y en dónde residiría; de volver, él exigía la Zarzuela y la “correspondiente paga”. Por fortuna para la Zarzuela, el positivo por “Covid” del tenista balear Rafa Nadal, reaparecido en un torneo de exhibición en Abu Dabi, tras haber sido contagiado y haber compartido mesa con el rey Emérito (oficialmente dicen que él ha dado negativo, pero que debe guardar cuarentena), ha liberado a Felipe VI de tener que compartir el tradicional mensaje navideño con la incómoda presencia de su padre en España.

¿Cuál fue el texto de la apuesta que hice con mi amigo? La lista de ideas y reflexiones sobre lo que diría Felipe VI en el mensaje navideño fue la siguiente:

- La Catástrofe del volcán de La Palma y la solidaridad ciudadana con los isleños. - Referencia a la pandemia “Covid-19”, importancia de la vacunación para evitar que el virus continúe y satisfacción por todo lo conseguido gracias a ella. - Responsabilidad en la protección de todos en especial, de los más débiles, ancianos y niños. - Responsabilidad colectiva para atender a las indicaciones sanitarias y agradecimiento al personal sanitario que tanto ha hecho en estos tiempos. - Papel de las diferentes instituciones ante un incierto escenario mundial. - Retos de futuro, cómo afrontarlos, teniendo claros objetivos y prioridades en lo económico y lo social, por un cambio climático sostenible y una igualdad colaborativa entre hombres y mujeres. - Ejemplaridad de los que representan las instituciones. - Diálogo y colaboración frente a las diferencias y respeto en el cumplimiento de la Constitución.

Finalizado el discurso, emitido en casi todas las cadenas de radio y televisión, el día 24, a las 21.00 horas y 13 minutos (se puede leer y escuchar en muchos medios), ¡bingo!, el grado de coincidencia con mi apuesta casi alcanza el 90%. Quienes así apostamos en esa posible y previsible quiniela podíamos estar contentos: ganamos. No así quienes pensaban, ignoro si habían sido muchos, que Felipe VI abordaría el espinoso asunto de la regularización fiscal de su padre y las razones de su huida o ausencia en Abu Dabi, dando una clara y explícita mención a la permanente falta de ejemplaridad ética del “emérito”; el medido, previsible y obvio discurso frustró tales expectativas. Tratándose de la Monarquía, cuyo objetivo primero y fundamental es garantizarse la estabilidad en el “trono” para él y su heredera, es poco realista crearse altas expectativas al creer que iba a actuar como se podía esperar desde la transparencia que predica. Es evidente -la historia así lo atestigua- que las circunstancias y la voluntad de los reyes no las controlan sus súbditos. Escuchado el discurso, es manifiesto que el lenguaje obvio y previsible ha presidido el mensaje. Ha habido analistas que lo han calificado de viejo, rancio, conservador, plano y reiterativo: es la plantilla básica de los 8 años de Felipe VI.

Como escribí anteriormente, si quien ha redactado el texto del mensaje hubiese insertado frases como “lo más importante es la paz entre nosotros, o la pobreza y la desigualdad hace al hombre desgraciado, o el dinero no es lo más necesario en tiempos de pandemia”, los abundantes aduladores que cortejan la Zarzuela hubieran aplaudido, sin duda, tales obviedades; considerarían acertadas las reflexiones de un joven monarca “muy preparado”, porque lo fundamental y lo que exige el protocolo real es que, en estas fechas, el rey llene “el silencio institucional”, aunque diga lo que ya todos sabemos. De ahí que me remita a las definiciones del encabezamiento de este artículo: “Obviedad: Afirmación completamente evidente o que no añade información adicional alguna”. “Previsible: Relato que entra dentro de lo que se espera”. Considerar importante lo que, aunque correcto, es obvio y previsible no es un signo excesivo de inteligencia lógica y política.

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Entre los que han elogiado el discurso real, no me resisto a nombrar las alabanzas dedicadas en la cadena SER por un periodista al que considero documentado y sensato, José Antonio Zarzalejos. Valorar su opinión me parece respetable, pero la ponderación que hace del texto me parece un exceso cortesano. Son sus palabras: “Me ha parecido el mejor de los ocho discursos pronunciados hasta ahora. Ha sido completo y prospectivo. Un monarca parlamentario transita en sus mensajes por una senda estrecha que le exige el equilibrio permanente propio de un funambulista. Como establece la mejor teorética sobre la Corona en los sistemas constitucionales, a su titular le corresponde la exhortación que es la advertencia o aviso con que se intenta persuadir. De ahí que haya tratado de llamar la atención sobre cinco actitudes que deben prevalecer en la vida política y social de España: a) sentido de la historia, b) grandes acuerdos, c) generosidad, d) responsabilidad y e) visión de futuro”. Y ciertamente, nadie puede negar que estas cinco actitudes son básicas, no sólo en estas fiestas, sino siempre; no son ninguna novedad sino una obviedad, y más en una Institución que es lo mínimo que se le puede pedir teniendo en cuanta lo mucho que recibe, sin transparencia y sin dar cuentas de ello ante la ciudadanía. Dice Zarzalejos, en su laudatoria síntesis, que deben prevalecer en la Monarquía el sentido de la historia, la generosidad, la responsabilidad y la visión de futuro. Los que sí tenemos sentido de la historia somos los ciudadanos de lo que ha sido la historia de los Borbones, en especial la nada ejemplar de Juan Carlos I, y la gran generosidad y excesivo silencio de la ciudadanía con sus devaneos, cuentas opacas y paraísos fiscales; sí tenemos los españoles (no todos) visión de futuro sobre cómo debía tratarle la justicia, si realmente Felipe VI y las serviles Instituciones que le apoyan y defienden, valoraran y respetaran la Constitución, “viga maestra que ha favorecido nuestro progreso, la que ha sostenido nuestra convivencia democrática frente a las crisis, serias y graves de distinta naturaleza, que hemos vivido y merece por ello respeto, reconocimiento y lealtad” (estas han sido sus palabras), pues el respeto, el reconocimiento y la lealtad deben ser con todos sus artículos y no sólo con aquellos que les conviene, de que “todos somos iguales ante ley”.

Decir obviedades no es arriesgado porque la obviedad jamás te evalúa

Si para algunos periodistas, tertulianos y políticos ha sido un magnífico discurso, adecuado a la situación de incertidumbre colectiva que padecemos, para otros, ha sido un discurso plano, insuficiente y miedoso: es decir, previsible y obvio. No basta con un genérico y críptico deseo de que: “Debemos estar en el lugar que constitucionalmente nos corresponde; asumir, cada uno, las obligaciones que tenemos encomendadas; respetar y cumplir las leyes y ser ejemplo de integridad pública y moral”, ha afirmado. Si alguien esperaba una denuncia explícita del comportamiento nada ejemplar de su padre, el Rey emérito, tampoco ha sido ejemplar pedir ejemplaridad con un genérico silencio. Los que sí nos han dado estos años ejemplaridad, no con sus discursos sino con su trabajo, ha sido el conjunto de todos los profesionales de la sanidad española. Con el mensaje real navideño la impresión que a muchos ha dejado es que no se llega a saber si lo importante del discurso era lo que decía o simplemente quién lo decía. Decir obviedades no es arriesgado porque la obviedad jamás te evalúa. Resulta más cómodo hablar y defender lo que la gente cree, aquello de lo que no duda, lo que considera social y políticamente correcto, que cuestionar sus ideas y creencias. En eso ha consistido, a mi juicio, el mensaje navideño del Monarca: mantenerse, parapetarse en lo previsible, en lo obvio.

Es verificable que, aunque mucho se había hablado sobre qué diría nuestro “preparado Monarca”, se ha cansado más en ensayarlo que en pronunciarlo. Puede descansar ya hasta el año que viene, guardar copia y, con ligeras variaciones circunstanciales, repetir el mismo. Sí es cierto, en cambio, que los discursos reales salen caros a los españoles.

“Un discurso previsible: repetir lo obvio”