TRIBUNA

El razonamiento mercantil vacía la vida pública de argumentos morales

Imagen Internet.
La mercantilización juega a favor de las desigualdades, de su incremento y de su expansión.

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Acabo de leer todo seguido el libro Igualdad. Qué es y por qué importa, fruto de dos pensadores influyentes de nuestro tiempo: Thomas Piketty, economista francés conocido por su trabajo sobre la desigualdad económica, y con publicaciones de reconocido prestigio como, El capital en el siglo XXI (2013) y Una breve historia de la igualdad (2021) y Michael J. Sandel, filósofo político estadounidense, con una obra singular y que ha servido para un profundo debate político, La tiranía del mérito (2020). 

El libro es la versión editada de una conversación que mantuvieron en la Escuela de Economía de París el 20 de mayo de 2024. No es un tratado académico al uso, sino un diálogo perfectamente comprensible, lo que es de agradecer, entrambos que profundiza el concepto de igualdad desde diferentes perspectivas, A través de un intercambio de ideas que abarca diversos campos científicos pertenecientes a la economía, la filosofía, la historia y la política, analizan los avances hacia una mayor igualdad, las divisiones persistentes y los desafíos del mundo contemporáneo para construir sociedades más justas. Los autores, Piketty desde el ámbito económico y Sandel desde la filosofía, no esconden que les mueve la justicia social, la igualdad y la política progresista.

Piketty y Sandel comparten acuerdos como la necesidad de establecer tributos progresivos y una mayor inversión en educación y sanidad públicas

El texto se organiza en torno a preguntas clave: ¿Cómo ha avanzado la lucha por la igualdad? ¿Cuáles son las causas de las desigualdades persistentes? ¿Qué pueden hacer los ciudadanos y los gobiernos para reducir las brechas de riqueza, poder y estatus? A lo largo del diálogo, Piketty y Sandel comparten acuerdos como la necesidad de establecer tributos progresivos y una mayor inversión en educación y sanidad públicas. Se muestran acérrimos defensores de lo público.

Uno de los grandes aspectos tratados es la evolución histórica de la igualdad. Piketty aporta una perspectiva histórica optimista, argumentando que, desde finales del siglo XVIII, ha habido una tendencia hacia una mayor igualdad social, económica y política. Este progreso, sin embargo, no ha sido lineal ni automático. En las últimas décadas se ha producido un incremento de la desigualdad. Como señala, logros como el sufragio universal, la educación gratuita y obligatoria, y el Estado de bienestar son el resultado de luchas sociales, revoluciones y rebeliones contra la injusticia. Todas estas conquistas no son regalos caídos del cielo. Sin embargo, advierte que este proceso está amenazado por la «amnesia histórica» y el nacionalismo, que dificultan la consolidación de instituciones equitativas. Sandel, por su parte, complementa esta visión con un enfoque filosófico, cuestionando si el progreso material ha ido acompañado de una verdadera igualdad en términos de reconocimiento y dignidad. Sus reflexiones sobre la «tiranía del mérito» resuenan en el diálogo, especialmente cuando discute cómo el deseo de estatus y las jerarquías sociales perpetúan divisiones incluso en sociedades con mayor igualdad económica. La meritocracia es un engaño del neoliberalismo. El argumento de que todos pueden alcanzar el máximo si se esfuerzan es falso por diferentes razones. Las oportunidades no son verdaderamente iguales en nuestras sociedades: los ganadores en su gran mayoría parten con ventajas tremendas. Por ende, la meritocracia produce arrogancia en los ganadores -la llama “arrogancia meritocrática”- y humillación en los que quedan atrás.

La situación actual con esta auténtica sima profunda de desigualdad puede deberse como dice Piketty a la “amnesia histórica”

La situación actual con esta auténtica sima profunda de desigualdad puede deberse como dice Piketty a la “amnesia histórica”. Y acierta de pleno. Conviene mirar por el retrovisor de la historia y quizá allí encontremos provechosas lecciones. Por ello, se fija en la socialdemocracia sueca e inglesa. Ellas pudieron poner la capacidad estatal al servicio de un proyecto radical para aquel entonces, los años 30 y 40, un Estado de bienestar, construido sobre una fiscalidad progresiva. Estas prestaciones públicas, en sanidad, educación, pensiones, entre otras, financiadas desde el Estado estaban fuera de la lógica monetaria y del lucro, fuera de la lógica del mercado. Esta es la esencia de la desmercantilización. Se trataba de abstraer, de apartar sectores económicos enteros, por ejemplo, sanidad y educación, del afán de lucro. Y lo positivo es que funcionó, no solo eso, sino que hoy los sectores económicos abstraídos del mercado son todavía muy grandes en los Estados donde se implantó un Estado de bienestar. La educación y la sanidad constituyen casi el 25% de su economía. Así pues, esa desmercantilización ha funcionado en la historia reciente. Se desplegó guardando una relación muy estrecha con la redistribución y con la reducción de la escala de rentas y salarios, y lo hizo gracias a la movilización socialdemócrata y sindical.

Fijémonos en el caso inglés tal como describe Margarita León en su libro El arte de pactar. Estado de bienestar, desigualdad y acuerdo social. En 1945, Winston Churchill, apenas dos meses antes de la victoria aliada en la Segunda Guerra Mundial, convocó elecciones generales con la expectativa de revalidar la coalición de guerra. Pedía algo más de tiempo para alcanzar la rendición de Japón, mas, contra todo pronóstico, las perdió. En el centro de la campaña electoral estuvo el Informe Beveridge, hecho público en 1942 y redactado por el economista liberal Willian Beveridge, dirigido a impulsar el Estado de bienestar con un ambicioso programa de reformas “de la cuna a la sepultura”. El significado del informe lo expresó Janet, su esposa: Tanto si les gusta como si no, tanto si se sienten contentos como apenados, significó la inauguración de una nueva relación entre los hombres en el seno del Estado, y del hombre con el Estado, no sólo en este país, sino en todo el mundo. La ética de la hermandad universal de los hombres fue entronizada aquí en un plan a llevar a cabo por cada individuo de la comunidad al servicio de si mismo y de sus compañeros. Mientras el todavía primer ministro británico, Churchill, pedía paciencia a la ciudadanía, su ministro de Economía consideraba que el plan Beveridge suponía un gasto financiero inasumible al necesitar un gran esfuerzo económico en sanidad, educación, pensiones y servicios sociales. La gente se hartó de esperar. Con más del 47% de los votos, los laboristas obtuvieron una amplia mayoría parlamentaria. Los más destacados del Gobierno de Clement Attlee fueron Ernest Bevin, ministro de Exteriores; Nye Bevan, fundador de la Seguridad Social; y Herbert Morrison, el número dos de Attle. Todos eran de origen obrero, y en sus inicios fueron peón agrícola, minero y dependiente en una tienda, respectivamente. Y sin formación académica fueron capaces de llevar a cabo políticas para el progreso de la gran mayoría de la sociedad. Viene bien recordar esta circunstancia en estos momentos de esa obsesión por la titulitis en nuestra clase política. Un buen político fundamentalmente es aquel impregnado de valores como la justicia, la solidaridad hacia la ciudadanía, especialmente la más desvalida y desprotegida, no la tenencia de muchos títulos universitarios, que obviamente son convenientes. Nadie los cuestiona.

La necesidad de reconstrucción de Europa tras el fin de la Segunda Guerra Mundial instó a las principales fuerzas políticas y agentes sociales a acompañar al crecimiento económico con medidas que garantizaran la paz social

Situaciones equivalentes se dieron en todo el continente europeo. La necesidad de reconstrucción de Europa tras el fin de la Segunda Guerra Mundial, instó a las principales fuerzas políticas y agentes sociales a acompañar al crecimiento económico con medidas que garantizaran la paz social. Lo que el economista británico Tony Atkinson llamó la “utopía factible” no fue otra cosa que la extraordinaria conjunción de un proyecto de consolidación democrática y participación política, que tenía como engranaje fundamental unas políticas sociales de carácter universal-fuera del mercado, es decir desmercantilizadas- destinadas a garantizar unos ciertos niveles de cohesión social gracias a mecanismos inéditos-una fuerte progresividad fiscal a la riqueza y a la renta- de redistribución de la renta y de control keymesiano de la economía.

Retorno a Piketty. Señala que Hayek en 1944 en su libro Camino de servidumbre, a sus amigos británicos y suecos que votaban a los laboristas o los socialdemócratas les avisaba: “Vais a acabar como la Unión Soviética”. Vais a terminar siendo una dictadura”. Teniendo en cuenta que estas palabras las decía alguien que luego apoyó a Pinochet en los setenta -visitándolo dos veces en 1977 y 1981- ese temor cerval a los socialdemócratas suecos y a los laboristas británicos puede resultarnos hoy llamativo. Pero, en aquel entonces, desde posturas como las de Hayek, se sembraba la idea de que, con estos movimientos políticos, el control del Estado iba a caer en manos de auténticos bárbaros. Y, como sabemos, lo hicieron bastante bien. Ahora el problema es que la socialdemocracia, ya a partir de los años ochenta, pero especialmente de 1990 o 2000 en adelante, tras la caída de la Unión Soviética, comenzó a considerarse a sí misma como una especie de producto terminado o congelado (o, cuando menos, así lo hicieron algunos de sus dirigentes de los partidos socialdemócratas, Blair, Schröeder...).

Y es de sobra conocida la claudicación de la socialdemocracia ante la imposición de le hegemonía neoliberal. Y el hecho más dramático es un progresivo desmantelamiento del Estado de bienestar, justificado en la carencia de recursos públicos, lo cual es una falacia ya que desde los gobiernos se ha renunciado voluntariamente a la progresividad fiscal- la curva de Laffer ha sido un engaño manifiesto-, a la reducción de impuestos especialmente a la renta y la riqueza. Las secuelas dramáticas las tenemos ante nuestros ojos sin que haya una respuesta contundente de la ciudadanía. Cada vez se dedican menos recursos públicos a la financiación de la sanidad y la educación, por lo que una parte de estas cada vez más las proporciona la empresa privada, es decir, se consideraban como meras mercancías, es decir se mercantilizan. Es una obviedad, si no invertimos o mejoramos los servicios públicos, proliferará la oferta privada. Podemos observarlo   en la Comunidad de Madrid, aunque no solo en esta comunidad, en todas las demás. Este proceso de privatización, de mercantilización de los servicios públicos es evidente. La responsabilidad tiene que ser repartida entre las fuerzas políticas que han gobernado. Me fijo especialmente en la Comunidad de Madrid. La falta de recursos humanos y materiales a la sanidad pública madrileña, el ejemplo más claro son las listas de espera, se abre un mercado inmenso de ganancia a la iniciativa privada. Grupo Quirón. La reducción de recursos públicos a la educación, con recortes a la educación pública tanto en los niveles en enseñanzas obligatorios, en la formación profesional como en las universitarias, abren un inmenso mercado para la formación profesional y universidades privadas. Más mercantilización.  Es decir, han convertido un derecho en una mercancía. Y lo grave es que parece un hecho irreversible. Como que no hay alternativa. Lo explica perfectamente Mariano Martínez Enguita, como la universalización de servicios, como educación y sanidad, genera quejas al no poder ser atendidas todas las demandas, sobre todo las listas de espera en el sector sanitario, esto provoca una disposición creciente hacia la oferta privada. Por otra parte, cuando una prestación que era antes un privilegio se generaliza, las anteriores clases privilegiadas buscan diferenciarse de nuevo accediendo a niveles superiores (más educación o más sanidad) o a tipos distintos (mejor u otra educación o sanidad). El diferenciarse no solo lo pretenden los que quieren conservar sus privilegios, sino también los que intentan acceder a ellos por primera vez. La educación y la sanidad privadas se pueden convertir en un símbolo de esta diferenciación. Por todo ello, se abre un mercado inmenso al capital en el ámbito de los servicios públicos.

La mercantilización juega a favor de las desigualdades, de su incremento y de su expansión

Unas reflexiones sobre las secuelas nocivas de este proceso de mercantilización expuesto de los servicios públicos. En una sociedad en la que todo se puede comprar y vender, la posesión de dinero supone la mayor de las diferencias, más desigualdad. Por ello, la mercantilización juega a favor de las desigualdades, de su incremento y de su expansión. No solo se amplía la brecha entre ricos y pobres, sino que la mercantilización de todo intensifica la necesidad de tener dinero y vuelve más cara la pobreza.

Por otra parte, la mercantilización genera otra secuela no menos grave: la corrupción. Se argumenta que los mercados son imparciales e inertes, que no afectan a los bienes intercambiados, pero al poner precio a los objetos, bienes, relaciones y servicios, modificamos su naturaleza, los tratamos como mercancías o instrumentos de uso y beneficio, y, por ello los degradamos. Conceder plazas en una universidad privada a quien pueda pagar la matrícula podrá incrementar sus beneficios, pero también está degradando su integridad y el valor del diploma.

El razonamiento mercantil vacía la vida pública de argumentos morales. El atractivo de los mercados estriba en que no emiten juicios sobre nuestros gustos satisfechos. No se preguntan si ciertas maneras de valorar bienes son más dignas o más nobles que otras. Si alguien está dispuesto a pagar por sexo o un riñón y un adulto consiente en vendérselo, la única pregunta que se hace el economista es, ¿Cuánto? Los mercados no reprueban nada. Nuestra resistencia a contraponer argumentos morales al mercado, al aceptarlo sumisamente, nos está haciendo pagar un alto precio: ha vaciado al discurso público de toda energía moral y cívica, y ha propiciado la política tecnocrática, que hoy nos invade. Un debate sobre los límites morales del mercado es necesario e imprescindible.

En la misma línea se expresó ya Karl Polanyi en 1944: “La creatividad institucional del hombre sólo ha quedado en suspenso cuando se le ha permitido al mercado triturar el tejido humano hasta conferirle la monótona uniformidad de la superficie lunar”. Mas, a pesar de todo, las generaciones que nos han precedido, además de imaginativas fueron valientes para luchar contra la injusticia. Así nos dejaron una prodigiosa herencia, la más rica de toda la historia con una legislación laboral, un régimen democrático y un Estado de bienestar, que, de no mediar un cambio radical, nosotros los más preparados de la historia, no vamos a transmitir a las generaciones futuras. En nuestras manos está cambiar esta situación. Así nos advierten Piketty y Sandel. La alternativa es que aceptemos la idea del aumento de los recursos públicos, una idea que debe acompañarse del compromiso con un sistema fiscal más equitativo y con el retorno de una fuerte progresividad de los impuestos, tanto sobre la renta como sobre la riqueza. Todas estas son dificultades que se pueden superar, pero eso solo será posible si somos conscientes de la magnitud de la tarea que se nos presenta. Sobre la progresividad fiscal Sandel añade una reflexión muy perspicaz. Argumenta que a nivel tanto moral como político, la defensa de los sistemas tributarios progresivos debe fundarse en la capacidad de cultivar y apelar a un sólido sentido de comunidad, una fuerte conciencia de que somos conciudadanos implicados en un proyecto común, con responsabilidades y deudas recíprocas entre nosotros. De ahí que piense que los fundamentos morales de la fiscalidad progresiva y la redistribución son inseparables de esas cuestiones de identidad, pertenencia, adhesión, comunidad o solidaridad. La política socialista que inspiraba a los socialdemócratas suecos o laboristas británicos en los años 30 y 40 era la solidaridad. Reconozco que los tiempos son otros, y hoy se han extendido merced a la implantación de la hegemonía neoliberal, cual, si fuera una pandemia, valores individualistas, egoístas, insolidarios. Cambiarlos es complicado, pero es necesario. Nos va mucho en ello. Las dificultades no son mayores que las que superaron los socialdemócratas suecos y los laboristas en los años 30 y 40 del siglo pasado.

La primera tarea de la socialdemocracia de hoy es recordar sus éxitos del siglo XX, y las consecuencias de desmantelarlos

Termino recurriendo a Tony Judt, un socialdemócrata convencido. La primera tarea de la socialdemocracia de hoy es recordar sus éxitos del siglo XX, y las consecuencias de desmantelarlos. La izquierda tiene cosas que conservar. Es la derecha la que ha heredado el ambicioso afán modernista de destruir. Los socialdemócratas, modestos en estilo y ambición, han de hablar con más firmeza de las ganancias anteriores: el Estado de servicios sociales, la construcción de un sector público con servicios que promueven nuestra identidad colectiva, la institución del welfare como una cuestión de derecho y su provisión como un deber social. No son logros menores. 

Es necesaria hoy una socialdemocracia, que proporcione seguridad e ilusión a la ciudadanía, y, por supuesto, que defienda el progreso frente a nuevos retos como el cambio climático, la revolución digital, los nacionalismos, la inmigración y, sobre todo, a unos niveles desigualdad insoportables. Es algo por lo que vale la pena luchar. Abandonar las conquistas de un siglo es traicionar a las generaciones precedentes y las futuras. La socialdemocracia no representa el futuro ideal ni el pasado ideal. Pero de las opciones disponibles hoy, es la mejor.