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Algo estará haciendo bien el feminismo para ser la diana predilecta de los dardos neofascistas, como por otro lado le ocurre a la socialdemocracia. Son el enemigo a batir por esa nueva religión política o política religiosa reaccionaria que abandera el inquilino de La Casa Blanca y sus nutridas huestes mundiales. En poco más de un mes Trump ha revertido políticas conquistadas durante años con discursos tan demagógicos como intransigentes.
Dicho esto, las escisiones del movimiento feminista hacen un flaco favor a la causa y alimentan los ataques de sus detractores. ¿Cómo es posible que se convoquen dos manifestaciones distintas que denotan un cisma muy nocivo? Ciertos personalismos desafortunados han pretendido encarnar algunas reivindicaciones como si debieran llevar su apellido y, por otra parte, no parece muy atinado enfrentarse a quienes llevan su vida dedicándose al feminismo, como si no suscribir una determinada tesis arruinara meritorias trayectorias bien acreditadas. No ayuda en absoluto enredarse con discusiones bizantinas que resultan incomprensibles para la gente.
Convendría evitar las escisiones y reparar en lo que une al movimiento feminista, un programa tan emancipador como lo es el de la Ilustración
Que algunos políticos de primera línea hayan podido confundir a la persona con el personaje resulta igualmente perjudicial, aunque tampoco se trata de linchar a nadie una vez que abandona sus responsabilidades políticas, porque las denuncias deben resultar consistentes para promover que proliferen y facilitar ese penoso trance. Confundir y homologar momentos incómodos con una violencia brutal y traumática resulta ofensivo para con los casos de agresiones abominables.
Poner en tela de juicio el derecho al aborto supone un retroceso preocupante y no lo es menos la tendencia de que las mujeres deben retornar al ámbito doméstico, para cuidarse de la crianza y ser el reposo del guerrero. Esta puede ser una opción vital muy legítima, pero nunca debe pasar como una ley natural que coarte la libertad. Parece mentira que se asuma ese papel con una docilidad impropia de nuestra época.
Se ha demonizado el feminismo como algo que pretende dominar la masculinidad e imponer reglas inasumibles para el orden social. Este discurso está calando en la mentalidad cautivada por los cantos de sirena del neofascismo. La lucha feminista es un motor fundamental para construir una sociedad más igualitaria y en el combate contra las desigualdades. No es algo específico de un determinado género e interesa por igual a los varones.
Se ha demonizado el feminismo como algo que pretende dominar la masculinidad e imponer reglas inasumibles para el orden social. Este discurso está calando en la mentalidad cautivada por los cantos de sirena del neofascismo
Con gran sentido del humor, la serie televisiva “Machos alfa” logra tratar temas muy serios haciéndonos esbozar una sonrisa. Hace años “Vaya semanita” logró abordar temas políticos que parecían intocables en Euskadi y fue un bálsamo para poder conversar sin alzar la voz o levantarse de la mesa. Ojalá se consiguiera hacer otro tanto con los temas relativos al patriarcado, la masculinidad tóxica o las múltiples formas de disfrutar del sexo espontáneamente sin trabas ni asimetrías que lo desnaturalicen.
Convendría evitar las escisiones y reparar en lo que une al movimiento feminista, un programa tan emancipador como lo es el de la Ilustración. Las discrepancias no deben difuminar lo que debe cohesionarnos a quienes creemos en la igualdad sin matices, máxime cuando soplan vientos contrarios a ese ideal.



