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“Papeles por papeletas”: ¡Qué vergüenza, Feijóo!

El Partido Popular y Vox han optado por presentar la iniciativa del Gobierno no como una cuestión de derechos, justicia social o pragmatismo económico, sino como una burda operación de cálculo electoral.

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El debate sobre la inmigración en España ha cruzado, en los últimos días, una línea preocupante. Más allá de la dureza retórica —cada vez más normalizada— lo que verdaderamente alarma es el desprecio moral que destilan los argumentos procedentes de la derecha y la ultraderecha. Al abordar la iniciativa de regularización de personas migrantes, el Partido Popular y Vox han optado por presentarla no como una cuestión de derechos, justicia social o pragmatismo económico, sino como una burda operación de cálculo electoral. Repiten, sin pudor, que el objetivo es «hinchar el censo» para alterar el equilibrio político futuro.

Defender la regularización es un imperativo ético y una necesidad social

Bajo la consigna “papeles por papeletas, repetida de forma machacona por Alberto Núñez Feijóo, se reactiva una versión local del mito del “gran reemplazo”. El efecto es especialmente tóxico: se lanza la acusación de que la persona regularizada se convierte, por definición, en un sujeto dócil cuyo voto será servil hacia quien le “regaló” los papeles.

Esta campaña doméstica ha encontrado un eco formidable en el magnate Elon Musk, propietario de la red social X. Musk no ha dudado en atacar a Pedro Sánchez con adjetivos que resuenan como los de la presidenta de la Comunidad de Madrid, calificándolo de “tirano y traidor al pueblo de España” y sosteniendo que la regularización es un intento desesperado por “combatir el avance de la extrema derecha”.

Esta brutal ofensiva tiene una meta clara: infundir miedo presentando a la persona migrante como una herramienta pasiva al servicio del actual gobierno. Según esta lógica el inmigrante regularizado sería un ser despojado de voluntad que entregaría su voto de forma automática. Esta narrativa no solo es falsa técnicamente, sino que es profundamente ofensiva: reduce a seres humanos con historias, criterios y autonomía a simples peones en un tablero electoral ajeno.

Desde el punto de vista técnico, la afirmación es fácilmente rebatible: no existen los automatismos electorales, el acceso al voto sigue plazos estrictos y la legislación es nítida. Sin embargo, el problema de fondo es más revelador. Lo verdaderamente insultante de este discurso no es solo su falsedad, sino la concepción de ser humano que encierra: la idea de que la persona migrante carece de criterio propio y de soberanía moral.

Al presentar la regularización como un intercambio de favores, se retrata al migrante como un ser incompleto e infantilizado; un receptor pasivo de benevolencia que debe pagar con lealtad inquebrantable. Es una visión supremacista que divide la sociedad entre ciudadanos plenos —con voluntad propia— y ciudadanos condicionados cuya decisión se presume comprada de antemano.

La realidad desmiente estas proyecciones con contundencia. Las personas migrantes no votan “como migrantes”, sino como ciudadanos con creencias y afinidades plurales. El crecimiento de comunidades evangélicas conservadoras en barrios populares o el apoyo de ciertos sectores migratorios a opciones reaccionarias en Europa demuestran que su espectro político es tan complejo como el del resto de la sociedad. 

Quienes estigmatizan la inmigración como amenaza y quienes la idealizan como reserva moral progresista y feminista coinciden en un error fundamental: ambos dejan de ver a la persona migrante como un sujeto político pleno. Para unos es un peligro, para otros una solución. Pero la realidad es que se trata de personas con derecho a pensar, dudar y, por supuesto, disentir.

Defender la regularización es un imperativo ético y una necesidad social. La estrategia de la extrema derecha, sin embargo, busca despojar al migrante de su humanidad: reducir su conciencia y su dignidad a la caricatura de un voto comprado, un espantapájaros funcional para movilizar el miedo. Al final, la pregunta no es cuántos votarán ni a quién. La pregunta es si somos capaces de asumir que los derechos no son monedas de cambio para comprar obediencia, sino el suelo mínimo de cualquier democracia que se pretenda decente. 

Por eso, una de las mayores degradaciones morales que pueden infringirse a las personas inmigrantes es repetir el insulto: “papeles por papeletas”.