TRIBUNA POLÍTICA

Pim, Pam, Pun: Ayuso y el poder a cualquier precio

Ayuso ha demostrado que está dispuesta a todo para lograr su objetivo. Incluso a sacrificar la verdad, la dignidad de las víctimas y la decencia democrática en el camino.

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Isabel Díaz Ayuso ha vuelto a cruzar una línea que nunca debería haberse siquiera rozado. Esa línea fue la de tergiversar —deliberadamente— las palabras de un adversario y hacerlo con el agravante de manipular el dolor de las víctimas del terrorismo con fines políticos. 

En una reciente entrevista televisiva, la presidenta madrileña aseguró que el lehendakari Imanol Pradales le había lanzado un mensaje del tipo “Ayuso, entzun, pim, pam, pum”, expresión con ecos de la violencia etarra. Sin embargo, la realidad fue mucho más simple y mucho menos incendiaria ya que Pradales se limitó a decir “Ayuso, entzun, Euskadi euskaldun” (“Ayuso, escucha, Euskadi es euskaldun”).

Consciente de la debilidad de Feijóo y del creciente malestar en las filas conservadoras, Ayuso ha decidido acelerar su asalto al poder interno del PP

Sin embargo, nada en esta distorsión es casual. Ayuso no improvisa. Cada una de sus palabras forma parte de un guion perfectamente calculado, diseñado para convertir la confrontación en combustible político. Su estrategia consiste en reescribir la realidad para presentarse como víctima, agitar emociones primarias y situar a sus adversarios en el terreno más tóxico posible. La tergiversación del mensaje de Pradales no es un error sino un paso más en una campaña cuidadosamente planificada.

Las víctimas del terrorismo son utilizadas, una vez más, como peones útiles en un mezquino tablero. Consuelo Ordóñez, presidenta de Covite y hermana de una víctima de ETA, ha denunciado con contundencia esta instrumentalización: «Ni estuvo con las víctimas ni le importamos. Usar nuestro sufrimiento como herramienta política es atacarnos». No es la primera vez que lo hace, pues nos olvidemos que el infame “Que te vote Txapote” o el uso constante de la memoria de ETA como arma partidista forman parte de un patrón inequívoco, y lo más inquietante es el propósito último de todo el, pues Ayuso no actúa únicamente para consolidar su liderazgo en Madrid ni para erosionar al Gobierno central, sino también —o puede que exclusivamente— porque su ambición apunta más alto. 

Consciente de la debilidad de Alberto Núñez Feijóo y del creciente malestar en las filas conservadoras, Ayuso ha decidido acelerar su asalto al poder interno del Partido Popular. Y para lograrlo, nada está fuera de los límites: ni la manipulación del lenguaje, ni la banalización del terrorismo, ni el uso del dolor ajeno como herramienta electoral.

Su estrategia recuerda a los viejos manuales del maquiavelismo político en los que se provocaba el caos para erigirse como única salida, se fomentaba la polarización para reinar sobre los escombros, construyendo un relato en el que cualquier crítica a su conducta pueda ser presentada como un ataque a su persona. Así, la mentira se convierte en táctica, el enfrentamiento en método y el poder se vislumbra como el único fin.

Ayuso ha demostrado que está dispuesta a todo para lograr su objetivo. Incluso a sacrificar la verdad, la dignidad de las víctimas y la decencia democrática en el camino. Y ese es, quizá, el dato más alarmante al descubrir que no estamos ante un error político, sino ante un proyecto de poder cuidadosamente diseñado. Y si el precio para alcanzarlo es dinamitar los principios más elementales de la convivencia, a Ayuso parece no importarle lo más mínimo.