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La ultraderecha ha descubierto al pueblo. Es verdad que no lo identifica como lo hacemos los que creemos en la ciudadanía: como un grupo de personas iguales en derechos y con derecho a gozar de las mismas oportunidades. No: la ultraderecha ha descubierto que el pueblo es necesario porque sin él sus casas están sucias, las cosechas de la España vaciada no se recogen y no encuentra uno un paleta que ponga los ladrillos en el futuro chalet de la sierra.
Se está cerrando sobre los ciudadanos libres una tenaza que, si llega a engarzar los dientes, costará trabajo volver a abrir
La ultraderecha ha tirado de frutero y ha descubierto que, gracias a los que creemos en la ciudadanía, el voto de la papaya, el aguacate y la guayaba vale tanto como el de la manzana, la pera y el melón, y ha descubierto que le gusta la fruta (tropical).
Esto no ha sido fruto (perdón por el juego de palabras) ni de la perspicacia ni de la reflexión, sino del resultado de las elecciones norteamericanas del año pasado, cuando Trump se alzó hasta la Casa Blanca a hombros del voto de los inmigrantes nacionalizados, que no quisieron creerse la advertencia de que al día siguiente los echarían de su nuevo país. Fascinados por la simplicidad y fácil aplicación de la vieja técnica del engaño, los ideólogos de la ultraderecha han pensado que tal vez puedan convencer a nuestros inmigrantes nacionalizados de que les voten, para luego poder plantearse echarlos.
Es verdad que lo hacen a su manera: estos nuevos conversos de la inmigración han descubierto repentinamente que en España hace falta mano de obra, según dijo Tellado, pero debido a su limitado conocimiento del diccionario interpretan que con mano de obra no se está haciendo referencia a la gente que trabaja (lo que incluye médicos, fontaneros, profesores, agricultores, artistas plásticos), sino a la que trabaja en una obra.
Sin embargo, haríamos mal en despreciar la táctica empleada: ha funcionado ya en otros países, y si lo ha hecho es porque los que creemos en la ciudadanía no hemos sido capaces de transmitir de manera adecuada lo que creíamos verdades evidentes. Dicen los estudios sociológicos que muchos jóvenes creen que aquel tirano sanguinario que murió hace ahora cincuenta años era un individuo dialogante y amable, y colabora en la tarea algún jefe de Estado demérito. Se está cerrando sobre los ciudadanos libres una tenaza que, si llega a engarzar los dientes, costará trabajo volver a abrir.
La ultraderecha ha descubierto al pueblo: lo interpreta como una masa dócil a la que es posible convencer de que vote aplicando estímulos elementales. Y aplica simplemente lo que le dicen los algoritmos: que vende más el odio. No dejemos que lleguen a presumir de que tenían razón.




