lunes. 26.02.2024

La polarización política está engendrada al unísono por determinados líderes políticos y periodistas estridentes. Parece claro. Entre los líderes políticos: “Me gusta la fruta”. Entre los periodistas sirvan de ejemplo las siguientes palabras, que por su tono, cualquiera puede conocer. “[Sobre la reforma educativa...] ahora les van cerrando la educación concertada… ¡Claro! Y os cerrarán las iglesias, y os las quemarán, y harán puticlubs en ellas. Payasos, si es lo que os merecéis”. No creen en nada”. Lo grave es que la polarización ha calado plenamente en amplios sectores de la sociedad española. Al respecto me parecen muy interesantes algunas reflexiones, que nos plantea Gonzalo Velasco Arias en su libro Pensar la polarización. ¿Somos responsables de la polarización ideológica y afectiva que amenaza nuestras democracias? ¿Hace tiempo, nos dice, que ya no estamos de acuerdo con ninguna propuesta del principal partido político del espectro ideológico contrario, dedicándole insultos truculentos a sus líderes? ¿Hace tiempo que nos expresamos públicamente con firmeza y convicción por leyes sobre materias que no tenemos la suficiente competencia para justificar nuestra opinión? -¿Cuántos de los que critican con extraordinaria virulencia la ley de Memoria Democrática o la propuesta de ley de Amnistía registrada en el Congreso se las han leído?-”. ¿Hace tiempo que presumimos de conocer perfectamente cómo razona y cuáles son las motivaciones ocultas de quien piensa diferente? ¿Hace tiempo que no cambiamos nunca de opinión, aunque haya datos empíricos más que suficientes para hacerlo? ¿Hace tiempo que nuestras actuaciones en las redes sociales son siempre arengadas y apoyadas por los mismos? Al manifestar nuestras opiniones, ¿demonizamos a quien piensa distinto?, ¿priorizamos nuestras afinidades identitarias a la rigurosa deliberación sobre los hechos?, ¿dejamos de escuchar al diferente, al que consideramos un auténtico enemigo? Estas preguntas y otras parecidas deberíamos planteárnoslas hoy, especialmente si aceptamos que estamos sumergidos en unos tiempos en los que la discusión pública se ha pervertido hasta el punto de minar las condiciones de una democracia auténtica. Deberíamos todos evaluar si estamos contribuyendo al deterioro del espacio público. Sería una iniciativa plausible de compromiso cívico.

Estamos sumergidos en unos tiempos en los que la discusión pública se ha pervertido hasta el punto de minar las condiciones de una democracia auténtica

El Informe sobre la democracia en España en 2022 de la Fundación Alternativas nos dice que estudios recientes sugieren que en España ha crecido en los últimos años la polarización ideológica (esto es, el grado en que los ciudadanos discrepan sobre asuntos políticos) y también la polarización afectiva (sus sentimientos negativos sobre quienes tienen puntos de vista distintos).

La polarización engendrada al unísono por determinados líderes políticos y periodistas estridentes, como señalaba al principio, tiene tres referentes ideológicos, según explica Víctor Sampedro en su artículo Espacio público digital y dinámicas polarizadores.

Carl Schmitt –el teórico nazifascista, cobijado por el franquismo– establece que el criterio propio de lo político es amigo-enemigo, es decir, un criterio de carácter binario que nace de la necesidad de una diferenciación entre nosotros y ellos. La esencia de las relaciones políticas se caracteriza por la presencia de un antagonismo. En este orden de ideas, ‘la posibilidad de reconocer al enemigo implica la identificación de un proyecto político que genera un sentimiento de “pertenencia”. La relación amigo-enemigo involucra una dinámica de diferenciación y de oposición, pero, también, de complementariedad. Es decir, la percepción de enemigo que unos puedan tener de otros crea, al mismo tiempo, cohesión y una dinámica en la que ambos extremos de la relación se definen mutuamente y se reconocen en sus roles. Si no se da la posibilidad de identificar al otro o si se perdiera al enemigo, lo político perdería su esencia. Del mismo modo, al ser esta relación de carácter binario, diferenciado y complementario, el enemigo abre la puerta a la guerra, a la violencia y al peligro, sin embargo, al mismo tiempo, provee la posibilidad de defensa y de protección.

Para Niklas Luhmann en su libro La realidad de los medios de masas, la eficacia de un sistema comunicativo reside en su capacidad para plantear disyuntivas que simplifiquen la realidad y la competición política. Un sistema mediático eficaz fija la atención pública en dos opciones. Amnistía o no amnistía. Constitucionalista o anticonstitucianalista. Fascista o comunista. No pretende elevar el conocimiento y la capacidad dialógica de la ciudadanía, que se presuponen mínimos o nulos. Más aún, se asume como inevitable que la deliberación mediática no guarda relación con la realidad. Los medios tratan y comentan aquellos asuntos que ya han definido como noticias. Los debates políticos se abren y se cierran de manera autónoma e independientemente de los problemas en curso. Y las audiencias se reconocen en las encuestas, en las noticias o en las redes. Todo esto ocurre de modo casi automático y bastante ajeno a la realidad. En definitiva, los medios producen y reflejan la opinión pública con criterios propios. Al margen de los acontecimientos, imprimen movimiento y ritmo al debate político, buscándose acoplarse a la atención del público. Por tanto, gobernantes y gobernados solo necesitan conocer los temas que han destacado los medios. Y lo hacen del modo más sencillo; establecen relaciones binarias y contraponen los relatos del Gobierno o de la oposición. De la misma manera, las encuestas preguntan a la ciudadanía si aprueba o rechaza estos actores. Y los medios y algoritmos viralizan las opiniones más extremas y profundamente maniqueas. Así se simplifica el debate que de otro modo resultaría complejo e interminable. El grado de simplificación es de tal calibre que se pierde el contacto con la realidad. El valor político de un líder se cifra, como los precios del mercado, en la atención y la valoración pública que consiguen.

Se asume como inevitable que la deliberación mediática no guarda relación con la realidad. Los medios tratan y comentan aquellos asuntos que ya han definido como noticias

Por último, Jeffrey Alexander sostiene que la tarea política conlleva –y a veces se limita a realizar performances, “postureos” y puestas en escena. Tenemos numerosos ejemplos en nuestra clase política actual. Ninguna más cautivadora y rentable políticamente que la que recurre a la retórica y los símbolos antagonistas. 

Estos tres referentes conducen a la bipolarización que divide el campo político en sendas trincheras, que se justifican, de nuevo, por las lógicas propias de un sistema político que fomenta y se alimenta de los extremismos. Los genera para disimular el vaciamiento de los programas de gestión y gobierno de lo público, indistinguibles excepto en la retórica electoral. 

Por ello, la propaganda política se limita a expresar quién no se es, atacando y difamando al adversarionegándole legitimidad para gobernar. Y, si son “muertos de hambre”, se les priva de los derechos humanos más elementales. La aplicación más aberrante afecta a los refugiados y exiliados, etiquetados de (potenciales) terroristas. Quienes les asisten son insultados y ridiculizados de “buenistas”. Los marcos discursivos de la política, y con ellos el debate, se empobrecen, reduciéndose a su dimensión más rudimentaria: la condena moral y/o legal del enemigo ficticio. Esta es la estrategia más eficaz y efectiva para apelar y recabar la atención del público; bombardeado con el tú más y al todo vale.

En medio de este cenagal, la ciudadanía es incapaz de juzgar la competencia gestora o la coherencia ideológica de quienes se postulan como sus representantes. Siendo imposible evaluar sus trayectorias previas o el ejercicio de sus funciones, resulta más simple y fácil ensalzarlos o estigmatizarlos. La racionalidad es apartada para seguir el espectáculo político-mediático. Dictar sentencias morales y expresar adhesiones o repulsa emocional son las vías de disfrute. Algo que resulta adecuado en el deporte espectáculo, tiene consecuencias nefastas cuando se traslada al espacio público. Por ello es lógico que la respuesta ciudadana sea el cinismo –nada es real, todos son iguales– o el nihilismo –que se vayan todos–. En definitiva la desafección democrática está servida. 

La racionalidad es apartada para seguir el espectáculo político-mediático. Dictar sentencias morales y expresar adhesiones o repulsa emocional son las vías de disfrute

Sigue diciéndonos, Víctor Sampedro, un estudio reciente, de octubre de 2020 de Luis Miller, Polarización en España: más divididos por ideología e identidad que por políticas públicas, sobre la polarización en España, señala que la ideología y las identidades más presentes en el espacio público funcionan como pantallas para evitar ocuparnos de los asuntos socioeconómicos. Y se confirma que las identidades que proyectan los medios y por las que percibimos el mundo, nos separan más que las políticas públicas concretas. Hace años que crece la polarización afectiva e ideológica. Los partidos políticos españoles cada vez se alejan más en sus posiciones ideológicas y territoriales. Y así, los sentimientos de los votantes de un partido hacia el resto se encuentran entre los más negativos del mundo.

En España la polarización ideológica y territorial duplica o triplica la polarización sobre los impuestos y la inmigración. Multiplica por seis veces la polarización en torno a la sanidad pública y por quince la inexistente polarización sobre los servicios públicos. Que la cuestión identitaria o territorial esté permanentemente en el la agenda política, no hace falta ser muy perspicaz para concluir a qué partidos políticos les interesa más por razones electorales.

Como conclusión. Una polarización intensa debilita la democracia. En democracias sanas, los grupos opuestos se consideran adversarios políticos con los que competir y, en ocasiones, negociar. Sin embargo, en las democracias profundamente polarizadas, los oponentes políticos se ven como un enemigo al que se debe vencer. Y en esas estamos.

Polarización en España: más divididos por ideología e identidad que por políticas públicas