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Así bautizó Carmen Rigalt a Raúl del Pozo cuando ganó el premio Primavera de Novela con su libro “El reclamo”. Lo definió como el último reportero, el último que entendía este viejo oficio, el más grande, el último mohicano. No le faltaba razón.
Tuve la inmensa suerte de coincidir con él en numerosas ocasiones y en largos periodos de tiempo. Cubrimos duramente seis meses el juicio del “caso Roldán” mañana y tarde; hicimos dos campañas electorales completas con José Luis Rodríguez Zapatero; y cada vez que había un gran acto del PSOE el periódico nos mandaba a mí y a él. Nunca olvidaré cuando juntos cubrimos la entrada en la cárcel de Guadalajara de Rafael Vera y José Barrionuevo, y tuvo que irse casi corriendo porque fue increpado por los asistentes. No exagero si digo que cada día aprendía mil cosas de su sabiduría castiza.
Cuando militaba en el Partido Comunista; aquellas noches en el “café Gijón” con Camilo José Cela, Manuel Vicent, Francisco Umbral o Fernando Fernán Gómez
Como diría él, entre 1996 y 2011 estuvimos en todas las cárceles y en todos los casinos. Lo pasamos bien entre crónica y crónica. “Manolo, las noticias están en los bares”, me decía una y otra vez, y así terminé titulando mi primer libro sobre mi trayectoria en El Mundo durante 22 años.
Era un periodista de cercanía, de hablar con todo el mundo. Arturo Pérez Reverte lo definió como un periodista “de oídas”, explicando que hablaba con todo el mundo y luego escribía una columna. El “off de récord” nunca lo respetó. O casi nunca.
En esos viajes interminables en la campaña electoral me contó mil y una historias
Habló con el general Llaneras en el juicio de Roldán y se hicieron amigos. Entablamos una buena relación con Zapatero y cada miércoles, antes de la sesión de control, el presidente pasaba un poco antes de entrar en la zona de Gobierno para verle. Le decía un par de frases, y ya tenía hecha la crónica. Luego, en “La Manduca de Azagra” -ese restaurante que parece una cochera como él lo definió para disgusto de Juanmi- comimos decenas de veces con Soraya Sáenz de Santamaría, con Jesús Caldera y con otra retahíla de políticos de aquella época. Y sé que sin mí comía con José María Aznar… y luego me lo contaba. “Tú no le vas a gustar”, me decía. (la última con Aznar y Miguel Ángel Rodríguez fue el día antes del fin de Pablo Casado al frente del PP, por dar una pista)
En esos viajes interminables en la campaña electoral me contó mil y una historias. Cuando militaba en el Partido Comunista; aquellas noches en el “café Gijón” con Camilo José Cela, Manuel Vicent, Francisco Umbral o Fernando Fernán Gómez; sus peripecias cuando se exilió a París y durmió más de una noche en la calle, su regreso al diario “Pueblo”, su amistad o rivalidad con Martín Prieto; su llegada a “Diario 16” y su paso a “El Mundo”. Un día me dijo que el “ABC” le hizo una oferta económica muy importante y me preguntó qué hacía. Decidió quedarse en “El Mundo”, “Pedro J. es un hijo de puta, pero es mi hijo de puta”, me dijo.
Podría seguir y hasta escribir un libro sobre él de anécdotas y vivencias conjuntas, pero Raul decía que con 1.800 palabras bastaba para contar lo importante
Ni cuando me fui de “El Mundo” en 2013 dejamos de perder el contacto. Me llamaba a menudo y me decía: “¿Qué pasa en el PSOE?”. Y yo le contaba, y al día siguiente tenía la columna hecha con mis chascarrillos. Alguna vez me citó.
Algunas veces todavía quedábamos a comer y nos íbamos después al Casino. Ya no había que ir hasta Torrelodones, y lo teníamos en Castellana. La última vez, ganamos.
Conocí a Natalia, su mujer, que murió hace una década. Una mujer excepcional que siempre estuvo enamorada perdidamente de él hiciera lo que hiciera. Raúl creía tras su muerte que no podría seguir sin ella, pero lo consiguió, aunque no le fue fácil.
Estuvo escribiendo hasta el último día. Su columna en la última página de “El Mundo” siempre estaba hecha con actualidad y muchas escondían más de una noticia. Ahí, el gran Ulises, le ilustraba pacientemente. “No me pienso jubilar, si me jubilo me muero”, me decía, cuando lo veía agobiado como un becario porque no encontraba tema.
Podría seguir y hasta escribir un libro sobre él de anécdotas y vivencias conjuntas, pero Raul decía que con 1.800 palabras bastaba para contar lo importante. No sé cuántas llevo, pero me cuesta seguir. Es uno de los días más tristes de mi vida. Hasta siempre, maestro.

