Julio Iglesias y el abuso del poder (cuando la fama protege el silencio y aplasta a las invisibles)
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Dos mujeres han denunciado haber sido víctimas de agresiones sexuales por parte de Julio Iglesias. No son figuras públicas ni tienen presencia mediática. Eran empleadas domésticas en residencias de lujo del cantante, jóvenes, vulnerables y dependientes de su trabajo para subsistir. Según sus testimonios, los hechos ocurrieron mientras realizaban sus trabajos domésticos en un entorno marcado por el control, la intimidación, las jornadas interminables, las humillaciones y las presiones sexuales constantes. Una de las dos denunciantes llegó a describir la lujosa residencia donde trabajaba como “la casita del terror”.
Las denunciantes aseguran que se les requisaban los móviles, se controlaban sus movimientos y se las sometía a pruebas médicas íntimas y humillantes
Ambas mujeres han presentado denuncias formales ante la Fiscalía y, si bien el cantante lo niega todo, el debate ya no gira solo en torno a una versión contra otra desde que la cuestión de fondo es más profunda al focalizarse de un modo rotundo en el abuso de poder.
Cuando un hombre con dinero, fama y recursos casi ilimitados se relaciona con mujeres sin protección laboral, sin contratos sólidos y sin red de apoyo, no estamos ante una relación entre iguales sino ante una estructura de dominación. Estas mujeres no formaban parte del círculo glamuroso del artista. Eran trabajadoras invisibles, disponibles a cualquier hora y dependientes económicamente de su empleador. Y en ese contexto, el consentimiento se vuelve frágil al tiempo que el miedo se convierte en norma.
Es un hecho que el machismo tiene mil caras y no siempre se expresa con violencia explícita. Por ejemplo, hay veces que se disfraza de normalidad, de costumbre, de poder, y cuando esto se combina con el clasismo, el resultado puede ser devastador para unas mujeres pobres, muchas veces racializadas (mujeres socialmente estigmatizadas y discriminadas por su origen de nacimiento, rasgos físicos y cultura) y víctimas de un sometimiento a hombres ricos que se sienten poderosos e intocables.
Cuando un hombre con fama y recursos casi ilimitados se relaciona con mujeres sin protección laboral y sin red de apoyo, estamos ante una estructura de dominación
Durante décadas, Julio Iglesias ha sido una figura protegida por la fama, un ídolo internacional símbolo del éxito, y mito del seductor eterno capaz de mostrar unas veces su imagen de señor y otras la del truhan que lleva dentro.
Siempre han sido pocos los que se atrevían a mirar detrás del escenario al tiempo que su celebridad construía de por sí blindajes invisibles, que facilitan que quien es admirado raramente sea sospechoso del poder real que se puede ejercer cuando no hay cámaras, un poder que se ejerce tanto en las habitaciones privadas, los contratos inexistentes y las órdenes que nunca se discuten.
Las denunciantes aseguran que se les requisaban los móviles, se controlaban sus movimientos y se las sometía a pruebas médicas íntimas y humillantes al exigirles demostrar que no tenían enfermedades de transmisión sexual, requisito fuera de contexto al evaluar la aptitud de una trabajadora doméstica. Relatan también un clima de vigilancia constante y una certeza demoledora de que si ellas hablaban nadie las creería en base a quien detenta el verdadero poder en estos casos. Queda así patente que denunciar no es heroico sino más bien arriesgado. Pues, quien acusa a un hombre famoso se expone al descrédito, al escrutinio y a la sospecha, se le analiza su pasado, se cuestionan sus recuerdos, y se duda de sus motivaciones. Yodo ello mientras la reputación del poderoso queda bien protegida con la ayuda de abogados, comunicados y silencios estratégicos. De entrada, es evidente que estas mujeres no han ganado fama ni dinero con sus denuncias sino sólo presión, exposición, así como también dudas por parte de ciertos sectores que las escuchen. Pero aun así se han decidido a hablar, muy probablemente no por venganza, sino por dignidad y ejerciendo su derecho a exigir justicia.
Sin embargo, desde otro foco —y como era previsible— no han tardado en aparecer teorías conspirativas, en esta ocasión desde sectores de la derecha insinuando que estas denuncias forman parte de una maniobra del PSOE para desviar la atención de su actual crisis interna, y frenar de este modo la presión para convocar elecciones y generar un nuevo foco mediático. Y es que la forma de abordar estos casos es bien conocida, de tal manera que si los hechos incomodan se cuestiona la intención y si el relato molesta, se inventa una estrategia propiciatoria de que las víctimas dejen de ser personas y se conviertan en herramientas políticas, así como también que sus testimonios se reduzcan a mero “ruido” y el abuso se transforme en una “cortina de humo”.
No es casualidad que hayan tardado años en hablar cuando el silencio no era una elección sino una imposición consecuente al poder que sobre ellas se ejerció
No obstante, esta narrativa ignora dos realidades básicas. En primer lugar, que las investigaciones serias no nacen en despachos políticos sino, al menos en esta ocasión, tras tres años de investigación a cargo de un equipo serio y capaz de conseguir que las mujeres que denuncian sean consideradas como los seres humanos que son, con su dolor y su historia.
Utilizar el sufrimiento ajeno como arma partidista no solo es indecente sino una forma más de silenciar a las víctimas en casos donde el sexo se supedita a las jerarquías de hombres poderosos que creen tener derecho y poder sobre los cuerpos de trabajadoras domésticas sin protección legal, mujeres migrantes o racializadas cuya palabra vale menos que la de quienes las contratan. No es casualidad que las denunciantes no sean famosas. No es casualidad que no tengan plataformas que las avalen. No es casualidad que hayan tardado años en hablar cuando el silencio no era una elección sino una imposición consecuente al poder que sobre ellas se ejerció en base a una impunidad no surgida de la nada. Impunidad construida con aplausos, con silencios y con la costumbre de mirar hacia otro lado cuando alguien cree que su dinero lo protege y eso le anima a actuar sin miedo. También cuando alguien piensa que su fama lo blinda y eso le anima a cruzar los límites. Y ya por último cuando el ejecutor sabe que sus víctimas no tienen voz y eso le hace sentir invencible.
Durante años, Julio Iglesias fue un intocable, pero hoy, por primera vez, su imagen pública se enfrenta a relatos innobles y abyectos que difícilmente encajan con el mito.
Estas líneas no buscan dictar sentencias — tarea que corresponde a los tribunales—, sino dejar en el aire una pregunta incómoda: ¿A quién creemos cuando el señalado es poderoso? ¿Abrazamos al mito y apartamos la mirada, o afinamos el oído para escuchar a quien nunca lo tuvo?
Porque conviene no engañarse ya que esto no trata de discos vendidos, de fama internacional, ni de la melancolía amable de la canción Gwendolyne, sino más bien del silencio que protege al poder, de quién puede cruzar límites sin pagar el precio, y de por qué algunas voces solo encuentran palabras cuando el tiempo ya ha pasado. Trata, al final, de una responsabilidad colectiva que no confunda admiración con impunidad, ni nostalgia con olvido, cuando el poder se disfraza de abuso.