domingo. 21.04.2024
Foto: FC Barcelona

El fútbol necesita del relato. Como ese que dice que el fútbol no es cuestión de vida o muerte, sino mucho más que eso, como nos explicó Bill Shankly. Sin relato, el fútbol es nada más que "once diestros y aventajados atletas compitiendo en el esfuerzo de impulsar con los pies y la cabeza una bola elástica", como decía Tierno Galván.

Por eso, el fútbol necesita clubs como el Barcelona, ese que, siendo más que un club para la parroquia culé, fue, nada menos que el mejor equipo de fútbol del mundo durante un tiempo en el que estuvieron allí grandes jugadores. En un año de esa época, los tres mejores jugadores elegidos para esa competición individual llamada del Balón de Oro, jugaban en el Barça. Eran Messi, Xavi e Iniesta. Y el relato hablaba de tiki taka, de posesión y de no negociar el buen juego.

Pero, como toda moneda, esa, de cara tan reluciente, tenía una cruz. Tras gente como ese tridente mencionado, el Barça tenía presidentes como Gaspart, Laporta, Rosell o Bartomeu que, mientras Messi o Ronaldinho hacían virguerías sobre el césped, ellos las hacían en los despachos. Ese VAR llamado Agencia Tributaria, ha descubierto una de ellas: el pago, durante diecisiete años, al vicepresidente de los árbitros españoles, para compensar unos servicios de naturaleza dudosa, incluso después de las varias explicaciones que se han dado por parte de pagador y receptor de dichas cantidades.

El fútbol necesita al Barça y el Barça necesita a Laporta como cabeza de turco. Al fin y al cabo, Laporta es el único presidente pagador que sigue en el cargo

La corrupción es tan vieja como la humanidad y tiene tanto porvenir como ella. Podemos imaginar la corrupción de mañana, podemos sospechar la de hoy, pero solo podemos conocer la de ayer. Siempre, y solo, la de ayer. Eso es así porque los instrumentos de que se dispone son, o bien de análisis de lo que ha pasado, o bien de delaciones de quien, lógicamente, ha estado cerca de ella y quiere dejar pasar el tiempo, por si acaso.

Pero, la corrupción, supone un funcionamiento anómalo del sistema y, especialmente, de la organización en la que, aquella, ha tenido origen. Por eso, cuando se descubre un caso de corrupción, se produce una movilización general para tratar de que la reputación de ese organismo no se vea afectada. Para ello, hay dos formas genéricas de actuar.

Una de ellas consiste en negar la evidencia, cerrar filas e identificar un enemigo exterior que trata de horadar los cimientos de la institución. En definitiva, poner la institución en defensa de los presuntos culpables individuales y, si para eso, hace falta empeñarse en una larga batalla de resultado incierto, se empeña. En la historia tenemos el ejemplo de Numancia, por ejemplo.

La otra consiste en sacrificar a alguien para que cargue con el castigo y tratar, así, de salvar la institución. Desde las propias filas es mucho más fácil que desde fuera el identificar al autor de la corrupción o, por lo menos, a quien, con responsabilidad in vigilando, no pudo evitarla. La leyenda nos proporciona otro ejemplo de esto, el del cerco de Tarifa con el episodio de Guzmán el Bueno sacrificando a su propio hijo.

Pues, bien, recordando que Numancia cayó y Tarifa no, algún estratega debería pensar en el Barça cuál de los dos procedimientos sería mejor para hacer que la institución se dejara el menor número de pelos en la gatera.

A veces hay que elegir entre el deshonor y la guerra. Cuando se elige mal, se pueden tener los dos, como cuando lo avisó Churchill con ocasión del famoso Acuerdo de Múnich en 1938. Primero tuvieron el deshonor y, luego, la guerra. Ahora, el Barça puede elegir la guerra y envolverse en la bandera blaugrana. Incluso en la estelada. Pero, mientras dure la guerra, puede estar vendiendo más camisetas con el nombre de Negreira que de Pedri o Lewandowsky. Y puede terminar, al final de la guerra, certificando el deshonor.

El fútbol necesita al Barça y el Barça necesita a Laporta como cabeza de turco. Al fin y al cabo, Laporta es el único presidente pagador que sigue en el cargo. Si Laporta se siente cercado por Tebas y Cêferin, puede recordar a Guzmán el Bueno y, si su amor por el Barça le puede llevar a ofrecer hasta "su última gota de sangre", no es preciso que lance ningún puñal. Basta con que, lo que lance, sea su carnet de presidente y convoque unas elecciones en el club.

Debería, también, recordar que, eso fue lo que se le ofreció a Rajoy en 2018 y eso fue a lo que se negó, momentos antes de que un voto de censura se lo llevara por delante. También, él, tuvo el deshonor, después de perder una guerra.

Laporta, el fútbol te necesita