Jóvenes, haced política
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Los medios lo han dicho con entusiasmo: la generación Z se rebela. Es un titular perfecto para redes y tertulias, pero profundamente falso. Cuando los medios de comunicación hablan de «rebelión de la generación Z» en realidad quieren decir: no te lo tomes en serio. O mejor dicho, necesitan que estas revueltas parezcan una ocurrencia juvenil y no lo que realmente son: una respuesta política ante un sistema que ha dejado de cumplir sus promesas. Llamar “rebelión de la generación Z” a lo que ocurre en Nepal, Marruecos o Madagascar es una forma de restar gravedad a lo que está pasando. Es convertir en fenómeno sociológico lo que en verdad es un grito político.
El marketing ha colonizado incluso el lenguaje de la protesta. Ya no hay jóvenes indignados, hay zeta-rebeldes. No hay clase trabajadora, hay precarios digitales. No hay hambre ni frustración, hay malestar generacional. Pero bajo esas etiquetas amables late una realidad mucho más dura: millones de jóvenes en todo el mundo que viven sin horizonte, en economías que parece que no necesitan su trabajo, y en democracias que no requieren su consentimiento. Reducir eso a una categoría de consumo — “la Gen Z” — es un modo sofisticado de neutralizar el conflicto y empaquetando la rebeldía bajo etiquetas generacionales alejándolos con esta segmentación del conflicto político y de clases.
Lo que mueve hoy a miles de jóvenes no es la impaciencia de la edad, sino la conciencia de estar viviendo el final de un modelo
Porque si se trata solo de una generación, el problema no es estructural: es biológico, pasajero, casi hormonal. Ya crecerán, se calmarán, se integrarán. Así se desactiva el sentido histórico de lo que está ocurriendo. Pero lo que mueve hoy a miles de jóvenes no es la impaciencia de la edad, sino la conciencia de estar viviendo el final de un modelo. Un modelo económico que genera desigualdad, y un modelo moral que ha hecho del beneficio el único valor compartido.
El liberalismo extremo ha convertido la juventud en una condena social. No es una crisis de identidad juvenil, sino una crisis estructural que produce desigualdad y precariedad extremas. No los une la edad ni el gusto por las redes, sino su condición social compartida.
Es cierto: las redes sociales han facilitado la conexión y la denuncia, pero no garantizan organización. Las redes conectan, pero no organizan. Y sin organización, la indignación se disuelve tan rápido como se viraliza. Son movimientos que nacen sin líderes visibles y con estructuras horizontales; eso les da agilidad, pero también fragilidad. Lo nuevo no es la rabia, sino el modo de difundirla. Las redes propagan e impulsan la revuelta intensa, pero efímera, porque falta lo único que da continuidad —lo que mi amigo Isidor Boix repite artículo tras artículo—: la organización y una estructura. Como dice una vieja máxima sindical, “solo la estructura es lo que dura”.
Llamar a estas movilizaciones “rebelión de la generación Z” es confundir el medio con el mensaje. Sí, usan TikTok y canales digitales. Pero esos canales no definen su lucha, solo la facilitan. Lo que realmente los une no es una estética ni una cultura, sino unas realidades precarias que los empujan; no son psicológicas, son materiales, Y por eso, son políticas..
Amplios sectores del periodismo presentan la protesta como un espectáculo, hablando de “mirada apagada” de “juventud desmotivadla, de “nativos digitales”. El peligro de esas etiquetas es que convierten la política en psicología. Como si fuera un choque entre edades y no entre modelos de sociedad. Pero el fondo de la cuestión no es la edad de quienes protestan, sino las políticas económicas y sociales que los oprimen: como en Marruecos, que gasta millones en estadios para el Mundial mientras un tercio de sus jóvenes no encuentra empleo.
Lo que algunos llaman la rebelión de la Generación Z en rebelión es, en realidad, la política regresando desde los márgenes. Y eso sí, hay que tomárselo en serio, porque cuando la política vuelve desde abajo, siempre trae consigo la verdad de lo que el poder quiso olvidar. Pero, por favor: ¡Jóvenes, haced política!