jueves. 04.06.2026
TRIBUNA

La ignorancia y la mentira son serviles con el poder

El servilismo es la principal motivación del autoritarismo y motor de la creación de relaciones conflictivas.
Mark Rutte y Donald Trump en la última cumbre de la OTAN. (Flickr)

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“Cuanta menos información veraz tenga la gente,
mayor será la impunidad de los poderosos”.

Antonio Muñoz Molina


Decía el existencialista alemán Karl Jasper que una de las utilidades de la filosofía es servirse de ella para no dejarse engañar. Es verdad que la filosofía no es la única forma por medio de la cual se accede a la verdad, que es una sola, pero con plurales manifestaciones, sin embargo, constituye una visión crítica de la realidad, desprovista de concepciones míticas y bulos sensacionalistas. Ante la maraña de desinformación y bulos que un colectivo fanático y con poder, -fácilmente identificable-, pretende llevarnos hacia un interesado caos, conviene, de vez en cuando, refugiarse en la reflexión y la filosofía, enriqueciéndonos con aquellos “sabios” que ha ido iluminando la historia, porque la vida no nos viene con un manual de instrucciones; es demasiado corta para que la hagamos mezquina y la mejor lección que podemos sacar de ella se aprende en la adversidad.

En estos momentos inundados de ruido y excesivas promesas y mentiras, el ciudadano debe tener claro que “nadie promete tanto como el que sabe que no va a cumplir” y que, encima, ningún olvidadizo se lo va a reprochar. Decía Benjamín Disraeli, el escritor británico que ejerció dos veces como primer ministro del Reino Unido, que “el hombre sensato y honesto cree en el destino, mientras que el insensato y voluble en el azar”. Cuando la mentira se equipara a la verdad, el periodismo deviene en propaganda; idéntico juicio se puede hacer de la política; la propaganda apela a los sentimientos y a repetir fórmulas estereotipadas para introducir determinadas ideas en la mente de los ciudadanos.

Están apareciendo grupos políticos y sociales y sectores de intereses que no representan los valores éticos y democráticos sino que actúan y se expresan al margen de ellos

Escribió Publio Sirio, nativo de Siria, enviado a Italia como esclavo, pero que, debido a su talento, fue liberado por su amo, que “perjudica a los buenos el que no se aplique el castigo justo a los malos”. Y a nivel mundial, también a nivel nacional, estamos viendo, como escriben algunos periodistas en Tinta Libre, que en estos tiempos están triunfando “los señores del mal”. Ya lo dijo en otros tiempos el pensador y filósofo italiano Norberto Bobbio: “El fascista habla todo el tiempo de corrupción. Lo hizo en Italia en 1922, en Alemania en 1933 y en Brasil en 1964. Acusa, insulta, agrede como si fuera puro y honesto. Pero el fascista es sólo un criminal, un sociópata que persigue una carrera política. En el poder no vacila en torturar, violar, robar su libertad y sus derechos. Más que corrupción, el fascista practica la maldad”.

Se está produciendo una fatiga en el sistema democrático. Están apareciendo, incluso gobernando o aspirando a gobernar, grupos políticos y sociales y sectores de intereses que no representan los valores éticos y democráticos, sino que actúan y se expresan al margen de ellos.

Analizando las preocupaciones actuales de los políticos y los ciudadanos españoles, tenemos la impresión de que su principal y único interés es la mirada al interior de nuestra inmediata realidad; he aquí algunos datos: el “trío corrupto”, su posible ampliación al PSOE tras sus declaraciones, el ingreso en la prisión de Soto del Real del su ex secretario de Organización, Santos Cerdán, la amnistía a los secesionistas catalanes, las polémicas extravagancias del Juez Peinado cuya gestión desmerece de la correcta profesionalidad de sus compañeros, “la dimisión” o no de Pedro Sánchez – descartada hoy después de su intervención el miércoles pasado en el Congreso-, la intervención desnortada e insultante también en el Congreso y su deseo de una posible moción de censura de Feijóo sin tener claro un programa alternativo, la ucronía con la que ha criticado la gestión del Presidente Sánchez, esa ficción en la que se imagina que si él fuera el futuro presidente la política española sería una alternativa totalmente diferente a la actual, los insultos del engreído y ausentista Abascal, las frívolas sandeces de Díaz Ayuso contra el presidente Sánchez tildándole de corrupto y comunista, ignorando los presuntos delitos de fraude fiscal y falsificación de documentos de su pareja González Amador..., etc. Todos estos temas están en constante actualidad en los medios, pero como nos alertaba José Saramago en su “Ensayo sobre la ceguera”, en el que traza una imagen aterradora y a su vez conmovedora de los tiempos que estamos viviendo, hay que ampliar nuestra visión: “tenemos la responsabilidad de tener ojos cuando otros los han perdido”. Hay que recuperar la lucidez y rescatar la cordura en una propuesta y reflexión sobre la ética del amor y la solidaridad. Se nos impone una mirada con mayor perspectiva, pues vemos y escuchamos a diario que estamos mundialmente condicionados por los transcendentes e importantes sucesos que está sucediendo en el exterior.

¿Puede ser una gran noticia en ciertos medios el robo en una joyería en Sant Joan d'Alacant y que deje de ser ya noticia el exterminio de miles de niños por el genocida Netanyahu en Gaza?

No en vano, como decía Rousseau, somos, y nos debemos sentir, ciudadanos del mundo. El dramaturgo romano Publio Terencio Africano nos ha legado una cita que expresa una actitud de empatía, solidaridad y reconocimiento de la humanidad común a todos los seres humanos: “Homo sum, et humani nihil a me alienum puto” (Soy humano, y nada de lo humano me es ajeno), un recordatorio de que todos somos parte de la misma familia humana; una frase convertida en el símbolo de la conexión humana y la comprensión humanitaria. ¿Puede ser una gran noticia en ciertos medios el robo en una joyería en Sant Joan d'Alacant y que deje de ser ya noticia el exterminio de miles de niños por el genocida Netanyahu en Gaza?

Desde tiempos inmemoriales, el hombre, a diferencia de los demás seres que habitan la tierra, ha gozado de una constante inquietud por saber. Este deseo de escrutar su entorno y de comprenderse a sí mismo, ha sido una exigencia propia de su ser. Muy atinada es la reflexión que, sobre el particular, realiza el filósofo de la ciencia de origen argentino, Mario Bunge, al inicio de una de sus obras, pensamiento que resume con la siguiente frase: “Mientras los animales inferiores sólo están en el mundo, el hombre trata de entenderlo”.

A lo largo de la historia del pensamiento humano, en Oriente u Occidente, la humanidad se ha esforzado por entender el mundo al que pertenece, y al mismo tiempo entenderse ella misma; algunas veces con acierto, otras no tanto, lo cierto es que, en ese desasosiego por hallar respuestas que satisfagan su sed de saber, la civilización humana ha debido experimentar incontables contradicciones; así, a partir de la duda, algunas veces ha encontrado la explicación; de la ignorancia ha hecho emanar la verdad y de la incredulidad, la certeza. No obstante, en algunas otras ocasiones, el hombre no ha encontrado más que vacío y penumbra, cuando pretendió llenar su espíritu de claridad. Si el hombre tiene una innata sed de saber, qué mejor forma de cuestionarse quiénes somos y qué hacemos en este mundo. La vida debe tener un propósito, no se llega a este mundo por azar, y nadie se irá de él antes de tiempo.

Si el hombre tiene una innata sed de saber, qué mejor forma de cuestionarse quiénes somos y qué hacemos en este mundo

Albert Camus, una de las figuras literarias, filosóficas y periodísticas más relevantes de la Francia del siglo XX junto con Jean-Paul Sartre, decía que juzgar si la vida vale o no la pena vivirla es responder a la pregunta ¿qué sentido tiene nuestra existencia?; sus obras le valieron ser la segunda persona más joven, 44 años de edad, en ser galardonado con el Premio Nobel de Literatura en 1957. Para Camus la vida y la existencia son consideradas absurdas, pero no ve el absurdo como un callejón sin salida, como motivo para la desesperación sino como un punto de partida para alcanzar una vida plena y auténtica, basada en la rebelión, la aceptación y la búsqueda de significado en un mundo sin sentido. Para Camus el absurdo no es nihilismo, ya que no niega la posibilidad de encontrar valores y significado, sino que enfatiza la lucha constante del ser humano por encontrarlos en un mundo sin ellos. Y si propone la rebelión como respuesta a lo absurdo, ello no implica necesariamente una acción violenta, sino una toma de conciencia y una actitud activa frente a la vida, en lugar de la resignación o el suicidio; al reconocer lo absurdo, el individuo se libera de las expectativas externas y puede crear sus propios valores y significado. Camus propone “una filosofía del límite”, es decir, la creación de un sistema de convivencia y libertades para todos, la delimitación de tales libertades a partir de mínimos de justicia. El mito de Sísifo, condenado a empujar eternamente una roca montaña arriba, es la metáfora con la que intenta explicar lo que es la condición humana: una tarea inútil, pero en ella puede encontrar la felicidad en la propia aceptación de su destino al tomar conciencia de su rebelión. De este modo el ser humano puede encontrar sentido en la lucha misma, en su vida a pesar de lo absurdo y en la construcción y realización de su propia existencia. “El hombre rebelde”, título de una de sus principales obras, es el hombre situado antes o después de lo sagrado, dedicado a reivindicar un orden humano en el que todas las respuestas sean humanas. Según Camus no existe nostalgia de Dios, sino consciencia, aunque dolorosa, de que este mundo es el único existente.

Ésta es, sin duda, una de las ideas centrales de El hombre rebelde: la denuncia de todo régimen totalitario desde una argumentación basada en la búsqueda de la justicia, lo cual no debió ser en absoluto fácil en el año de su publicación, 1951, cuando lo más popular y sencillo era denunciar los horrores del nazismo y aferrarse al socialismo soviético como una religión salvadora. Pero cuando queremos que sea la realidad la que coincida con los deseos, con la teoría, el resultado no puede ser otro que la Historia como expresión e imposición del más fuerte.

Un comportamiento que generalmente pasamos por alto como antisocial o dañino para la vida de los colectivos, partidos e instituciones es el servilismo. El servilismo es una tendencia del comportamiento en la que una persona decide satisfacer a otra (regularmente con poder para resolverle sus intereses o necesidades), aun poniendo en riesgo o vendiendo su moral y su ética. Quien es servil busca complacer al poderoso, sin más referente que hacerle realidad sus intereses, necesidades u objetivos. El servilismo es una expresión patológica del comportamiento, que denota una condición extrema de auto descalificación individual y que motiva la competencia malsana. Solo puede ser servil una persona con problemas de autoestima, con una trayectoria marcada de abuso, con ignorancia extrema o con desajuste psicológico. Las personas serviles son individualistas y dispuestas a trasgredir la moral.

El servilismo es la principal motivación del autoritarismo y motor de la creación de relaciones conflictivas

Según el doctor en filosofía de la Universidad de Arizona Christopher Freiman, en su obra ¿“Por qué está bien ignorar la política?, una persona servil inteligente es más peligrosa para los proyectos colectivos porque disfraza su indignidad con resultados eficientes para el poderoso, manteniendo una aparente normalidad en el resto del colectivo.

También Kant sostenía en su libro Metafísica de la Moral que el servilismo es un claro indicador de la devaluación individual de la persona; ser servil implica una actitud deferente hacia otros, producida por la ignorancia, la incomprensión, o la devaluación del sí mismo, reconociendo en el otro una condición de superioridad absoluta. Según Kant, en la persona servil, la conciencia de individualidad se somete dando lugar a un sentimiento de propiedad del otro. Este comportamiento facilita que las personas desarrollen actitudes de adhesión incondicional y empiecen un proceso de despersonalización, que más tarde desarrolla soberbia, intolerancia y hasta agresión contra quienes tienen y manifiestan opiniones diferentes. Y ya en el marco de la política afirma que el servilismo es la principal motivación del autoritarismo y motor de la creación de relaciones conflictivas. Una persona servil se dedica a sobrevalorar las cualidades del poderoso y hacerlas valer aun sacrificando su propia opinión, incluso su integridad, o poniendo en riesgo la estabilidad del grupo o colectivo al que pertenece. Ya en los clásicos, durante la República romana, el comediógrafo Terencio, con un sabio conocimiento de la psicología humana decía que “el servilismo produce amigos, pero la verdad, odio”.

Hoy, para vergüenza de la gente honesta, el servilismo es la forma con la que muchos periodistas, empresarios y dirigentes políticos manifiestan ante algunos líderes mundiales excesivas dosis de halagos para no provocar su ira. Con indignación y vergüenza, tenemos que comprobar que vivimos una enorme y desconocida crisis política de principios éticos, en la que la tabla de valores está invertida: se silencia la honradez, se pospone el mérito, se premia el servilismo y la vergonzosa e incondicional condescendencia a cuanto haga o diga el líder. Ya lo sostuvo en su tiempo nuestro insigne escritor y filósofo Ortega y Gasset: “de la calidad intelectual y moral de los parlamentarios, depende la solvencia y prestigio de una democracia”. Y así nos va.

El impresentable e imprevisible presidente de Estados Unidos está imponiendo la diplomacia del vasallaje

Analizando y personalizando o qué es y significa el servilismo, desde el regreso de Donald Trump al poder el pasado enero, la adulación y el vasallaje sin matices se han convertido en un ingrediente básico en el comportamiento tanto nacional como de gran parte de los líderes mundiales, desde aliados a enemigos, para contentar al narciso autócrata, de extravagancia capilar y obsesión mediática, inestable, ambicioso y volátil inquilino de la Casa Blanca. El impresentable e imprevisible presidente de Estados Unidos está imponiendo la diplomacia del vasallaje. ¿Ejemplos? El ruso Vladímir Putin le ha cubierto de superlativos positivos, aunque Trump ha pasado de elogiarle a criticarlo con dureza. El genocida Netanyahu, primer ministro de Israel, al igual que el Gobierno paquistaní le han propuesto para el Nobel de la Paz. Y lo más irónico, si no fuese una indignidad que Trump considera desde hace años que merece esta distinción. ¡Qué desprestigio para el Premio Nobel de llegar a concedérselo! El presidente finlandés, Alexander Stubb, viajó a Florida solo para jugar con él al golf. Pero Qatar se lleva la palma en los regalos a Trump: un Boeing de lujo valorado en 400 millones de dólares, para que Trump lo convierta en su avión presidencial Air Force One. Y, en su primera visita a la Casa Blanca, el primer ministro británico, Keir Starmer, llevó una carta personal del rey Carlos III, en la que le invitaba a una nueva visita de Estado a Londres, con la esperanza de persuadir a Trump de que eximiera al Reino Unido de los aranceles que, al final, ha acabado imponiendo.

Cómo entender que nadie haga nada frente al genocidio del pueblo palestino. Cómo es posible tanta banalidad frente al mal. ¿Tanta indiferencia cuando no complicidad?

Pero ha sido en la reciente cumbre de la OTAN en La Haya, cumbre en la que todo giró en torno a los gustos y humores del presidente republicano, hasta conseguir, hospedado por los reyes, dormir en el palacio real Huis ten Bosch la principal de las tres residencias oficiales de la Familia Real Neerlandesa. Y ante un Donald Trump que amagaba con desvincularse de la Alianza Atlántica, la mayoría de los líderes presentes compartieron una prioridad: mantener, a costa de lo que fuera, a Donald Trump contento. Incluso de la propia dignidad, como dejó claro el “pelota” secretario general de la organización, el servil Mark Rutte. En un mensaje privado Rutte, el mismo racista y clasista que inventó el insulto “PIGS” (Portugal, Italia, Grecia y España), que en inglés significa cerdos, llegando a afirmar en 2012 que “los españoles nos roban”, le aseguraba a Trump una adulación vergonzosa e inmerecida: “Vuelas hacia otro gran éxito en La Haya… Europa va a pagar a lo “grande”, como debería y esta será tu victoria”, alabanza servil que el narciso de cabello de calabaza no dudó en difundir en sus redes sociales.  Más tarde, en una obsequiosa comparecencia conjunta ante los medios, el neerlandés llegó a llamarle daddy, “papi”. Con razón ironizaba el exministro de Finanzas griego Yanis Varoufakis, tras la cita de la OTAN: “Nada impresiona más que la inagotable capacidad de los actuales dirigentes europeos para humillarse con tal de conservar el derecho a ser vasallos de Trump”. No hay que olvidar que Rutte fue uno de los más acérrimos partidarios de la austeridad cuando España intentaba salir de la crisis del 2008 y él era primer ministro de los Países Bajos, este servil político, que entonces nos negaba el pan y la sal, ahora nos empuja a comprar armas a su amo Trump con el dinero que mantiene nuestro estado del bienestar. Rutte ha sido hasta ahora, probablemente, el ejemplo más extremo de la diplomacia del halago, rozando el vasallaje puro y Trump siempre ha sido excepcionalmente receptivo a los elogios y gestos grandilocuentes, desde su primer mandato. Trump no quiere lealtad, que es una virtud, quiere vasallaje, gente que le diga que sí y no asesores que le puedan aconsejar hacer cosas distintas a las que él quiere. Yendo a una situación actualmente gravísima, cómo entender que nadie haga nada frente al genocidio del pueblo palestino. Cómo es posible tanta banalidad frente al mal, en palabras de Hannah Arendt. ¿Tanta indiferencia cuando no complicidad?

En un interesante artículo en Nueva Tribuna, titulado El honor de vernos abroncados por Trump en la OTAN, escribía Roberto R. Aramayo, que a Trump no le gusta nada que alguien pueda llevarle la contraria. Se toma cualquier discrepancia como una insoportable afrenta personal, respondiendo con bravuconas amenazas… Su forma de negociar o trabar presuntos acuerdos es imponer su santa voluntad sin debate ni discusión algunos… Está muy acostumbrado a que le hagan la pelota y sus colaboradores cultivan ese arte con sumo empeño. Lo bochornoso es que haga otro tanto el Secretario General de la OTAN. Los mensajes personales desvelados por el propio Trump son todo un poema. Mark Rutte parece su lacayo, como si quisiera hacer méritos para seguir en el cargo y que no le muevan la silla.

En otro próximo artículo acerca del tema del servilismo en nuestra política y sus líderes daré cabida a interesantes reflexiones, pues estamos llegando a aceptar, como escribía el periodista francés Louis Dumur, que la política es el arte de servirse de los hombres haciéndoles creer que se les sirve a ellos. Tenemos la sensación de que muchas veces no queremos la verdad, sino que se nos disfracen las mentiras.

Así como los pueblos sin dignidad son rebaños, los individuos sin ella son esclavos

En su hermoso libro “El Profeta”, Khalil Gibran hace decir a Almustafa, su protagonista que, cuando la verdad te llame, ¡síguela! Sócrates, en el diálogo de Platón, el Banquete, exhorta: “Si tienes que pronunciar la más bella de las palabras enseñadas por los dioses, escoge “la verdad”. Y en otro excelente y conocido libro se augura: “La verdad os hará libres”. En mis tiempos jóvenes, en plena dictadura franquista, decíamos: “Nos están quitando tantas cosas que nos han quitado hasta el miedo”. Que al menos, como “quijotes”, siempre nos permitamos a nosotros mismos soñar que la verdad en democracia es posible y que nuestras palabras y nuestros hechos sean los artífices de nuestros sueños. Hay miserables afanes de popularidad, más denigrantes que el servilismo. Y así como los pueblos sin dignidad son rebaños, los individuos sin ella son esclavos.

La ignorancia y la mentira son serviles con el poder