jueves. 18.04.2024

Vaya por delante que los resultados de la inminente contienda electoral serán indiscutibles, al reflejar el dictamen del pueblo soberano. Huelga decirlo, pero no está de más hacerlo para dejar las cosas claras desde un principio. No se trata de cuestionar uno u otro resultado. Se pretende más bien hacer una reflexión en voz alta sobre algunos aspectos que bien pudieran estar devaluando la democracia. Vayamos a ello de una forma un tanto rapsódica.

Hay una creciente desafección de la política, como si ésta fuera una especie de coto privado y no el foro natural de toda la ciudadanía. Nadie deja de hacer política todo el tiempo, a través de las opciones que adopta cada día. La política no es algo que compete únicamente al colectivo de quienes elegimos para representarnos en las corporaciones municipales y demás instituciones que incluyen al parlamento. Sus decisiones nos afectan a cada cual porque condicionan las circunstancias en que desarrollamos nuestras vidas. El abanico de oportunidades o los márgenes para ejercer nuestra libertad quedan delimitados por las leyes y su aplicación. 

Así las cosas, ¿por qué la gente no se interesa por los avatares políticos? La ciudadanía puede sentirse preterida en una representación teatral donde se le roba su indiscutible protagonismo. En lugar de abordar sus problemas cotidianos, las formaciones políticas dan un espectáculo manifiestamente mejorable tirándose los trastos a la cabeza. Se descalifican mutuamente. Salen a colación hechos de un pasado remoto sin venir a cuento, instrumentalizando muchas veces el dolor de las víctimas a quienes presumen defender. No suelen reconocerse fallos propios, al tiempo que se cargan las tintas en los errores ajenos. El diálogo lo es de sordos, con monólogos cruzados que se repiten al margen de las réplicas. La deliberación brilla por su ausencia y al consenso se le considera una claudicación. 

Mientras no se revisen las reglas del juego, el 23J se decide algo más que un cambio de gobierno y su correspondiente alternancia en el poder

El número de personas que no ejercen su derecho al voto es muy considerable. Una parte no dispondrá de las condiciones materiales para hacerlo, porque sobrevivir cada día consume sus fuerzas. Otro grupo rechaza las urnas porque le parecen una superchería. Qué más da votar o no, si son todos iguales y no se nota la diferencia. El voto de protesta no puede contabilizarse cabalmente. Las abstenciones pueden tener un sinfín de causas contingentes y no responder a una decisión meditada. Los votos nulos no son significativos. El voto en blanco debería valer para dejar escaños vacíos y sería una opción para quien quiere participar, pero quisiera disponer de otras papeletas. 

Luego están los votos por pura inercia, que se identifican con uno u otro partido desde siempre. Quienes votan a la contra buscando lo que se les antoja el mal menor. Las personas mayores con sus facultades mermadas pueden verse orientadas por su entorno más cercano y llevar un sobre con una papelera que quizá no fuera la suya. Hay mucha gente decepcionada que tiende a criticar al partido más afín, al dar por sentado su rechazo a los oponentes. La casuística es muy variada. ¿Para qué votar si no sirve para nada? Voto a estos para que no gobiernen los otros. O me dejo seducir por una ocurrencia con gancho, como la de Txapote u otras del mismo jaez, pese a que su contenido no pueda ser más miserable. 

Las nuevas comunicaciones aumentan los tentáculos del populismo, es decir, de aquel discurso demagógico cuya única pretensión es manipular al auditorio con medias verdades que generan trolas y construyen una realidad paralela que nos deja lelos. La hostil polarización del enfrentamiento sin tregua cava simbólicamente un par de trincheras, donde te obligan a posicionarte como si se tratara de una contienda entre bandos enemigos, cuando se trataría de proponer proyectos condenados a entenderse para no colapsar socialmente. Al final un puñado de votos inclina la balanza. Las campañas electorales quedan diseñadas para ese restringido público y olvidan u obvian al resto. Saben que quienes no tiene un criterio muy formadla podrían ser ganados por un una simple consigna. Se lanzan eslóganes publicitarios como si fueran mercaderes en un anuncio comercial. Pero lo peor es que funciona y resulta eficaz para sus objetivos.

Quizá hayan visto un vídeo que remeda una escena de La vida de Brian. Seguro que la recuerdan. En este caso el diálogo se adapta para la ocasión

Quizá debiéramos meditarlo con calma y regular lo que debiera ser idealmente una campaña electoral, donde no tendría cabida cualquier cosa y se penalizarían los abusos de todo tipo. Algunos epítetos y descalificaciones no son de recibo, al no tratarse de una reyerta callejera. Quienes aspiran a gobernar el país no deberían caricaturizarse mutuamente, como si estuvieran en un programa de humor, una sobremesa privada o un circo mediático. Las payasadas y las barbaridades deberían no traspasar ciertas fronteras, como la del buen gusto y la utilización de calumnias que se propagan con total impunidad. 

Si permitimos las trampas y todo tipo de argucias indignantes, el juego de la democracia se resentirá todavía más y el divorcio de la ciudadanía con lo estrictamente político será inevitable. Al votante habría que intentar convencerle con argumentos y no pretender persuadirle con marrullerías. Hay opciones políticas que apuestan por mantener o acrecentar los privilegios de quienes han triunfado socialmente y tienen menor sensibilidad para con los desafortunados. Otras en cambio aspiran a incrementar las libertades, restringiendo los eventuales daños que pueda conllevar su ejercicio sin cortapisas. 

Es paradójico que quienes reclaman una Libertad con mayúscula, desatienden las condiciones de posibilidad que precisa ejercitarla con minúscula. Tampoco faltan quienes gustan de imponer sus preferencias a los demás, por ejemplo en materia de costumbres, abominando de cosas tales como el aborto, la eutanasia o el divorcio, por no hablar de una sexualidad que divinizan para mal, otorgándole una relevancia pública que no debería tener. No toleran que se burlen de sus credos dogmáticos, pero les encanta hacer otro tanto con las convicciones ajenas, que abolirían muy gustosamente, al estar en posesión de la única e infalible verdad, ya sea esta que no hay emergencia climática ni violencia machista o que la tierra es plana. 

Mientras no se revisen las reglas del juego, el 23J se decide algo más que un cambio de gobierno y su correspondiente alternancia en el poder. Se promete derogar en bloque todo lo hecho durante la pandemia y en medio de un conflicto bélico inesperado. Quizá hayan visto un vídeo que remeda una escena de La vida de Brian. Seguro que la recuerdan. En este caso el diálogo se adapta para la ocasión. La oposición, muy airada, quiere derrocar al presidente del gobierno y se pregunta qué aportaciones ha hecho el sanchismo. De repente van produciéndose intervenciones resaltando una u otra medida. El moderador de la mesa, va recapitulando las cosas buenas y la lista es cada vez más larga: los ERTES durante la pandemia, la notable subida del salario mínimo, el compromiso de revalorizar las pensiones, una reforma laboral que palia la precariedad, despenalización de la eutanasia, mejor clima de convivencia en Cataluña, haber acabado con ETA en su día bajo un gobierno socialista… Para colmo se reconocen ciertos errores. En la película tiene mucha gracias este diálogo, pero no es nada divertido que ocurra en la realidad.

Pese a que no motivan mucho ora hacerlo, sería bueno que hubiese una participación muy alta el 23J, para que quien gobierne cuente con un respaldo estable.

¿Habría que cambiar las reglas del juego democrático?