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miércoles. 29.06.2022
Una epidemia de golfos
Una epidemia de golfos

Desde la época del Lazarillo de Tormes o Rinconete y Cortadillo ya sabemos que España es cuna de lo que denominamos pícaros. Según la RAE dícese de “personaje de baja estopa y de mal vivir” que solían aparecer entre la clase más baja del siglo XVII.

En los últimos tiempos se han ido trasformando al irse infiltrando entre las clases más favorecidas, especialmente entre políticos y familiares, en un nuevo fenómeno: los “golfos”.

Recurriendo de nuevo a la RAE a estos los define como deshonestos, o sea faltos de honestidad, sinvergüenzas y holgazanes.

Si observamos lo acontecido en los últimos años y especialmente las últimas semanas, podemos entender que sufrimos una verdadera epidemia.

Así acabamos de conocer una nueva sentencia del denominado “caso Gürtel” de enriquecimiento personal y financiación ilícita del Partido Popular, lo acontecido con el hermano de la Presidenta de Madrid, Tomás Díaz Ayuso y mucho más reciente el de Luis Medina hijo del anterior Duque de Feria y su amigo Alberto Luceño.

Puede que los últimos no sean susceptibles de sentencia judicial condenatoria, que no sean delincuentes judicialmente hablando, pero lo que indudablemente son es golfos de solemnidad.

Que además su beneficio haya sido conseguido cuando la inmensa mayoría de la ciudadanía lo estaba pasando muy mal, es reprobable, condenable desde el punto de vista social. Merecen esa condena y nuestro profundo desprecio.

Además, si como parece ha sido conseguido a través de gestiones que se parecen mucho a tráfico de influencias, en el primer caso a través de su hermana Isabel Díaz Ayuso y en el segundo del primo del alcalde José Luis Martínez-Almeida, alcanzaría una mayor gravedad.

Adquiere una relevancia especial los golfos implicados en este último caso a la vista del conocimiento de en que han “invertido” este desfalco (antes se llamaba robo).

Coches de superlujo y relojes a mansalva, yates, chalets, a costa de poner en riesgo la salud de nuestros sanitarios a la vista de la pésima calidad de lo que vendieron al Ayuntamiento de Madrid. Sólo por eso merecerían un castigo en la plaza pública que en la Edad Media podía llegar a 100 latigazos en la espalda.

Quizá, así alguno, incluso entre nuestros representantes públicos, tomaría buena nota y se cuidaría mucho de repetir la jugada.

Golfos, muy golfos.

La duda que nos queda y eso es muy peligroso para la salud y el prestigio de nuestra política, incluso de nuestra democracia, es qué papel han tenido sus familiares, o sea los que nos mandan y si han seguido escrupulosamente las normas propias de la ética, o de la moral. O sea si han cometido un pecado mortal.

Otro peligro que provocan es que en la sociedad se crea una sensación de desconfianza y nos hace preguntarnos si serán sólo la punta del iceberg. Si la pandemia no se habrá utilizado para enriquecimientos varios

¿Cómo crear normas o cortafuegos que eviten casos así en el futuro? Esa es la gran pregunta que tiene difícil respuesta.

Lo fácil sería establecer filtros en los propios partidos, que dejaran fuera de los puestos de poder y decisión a esa peligrosa plaga actual: los golfos. O aplicando castigos ejemplares como en la Edad Media o en países como Arabia Saudí y China.

Entiendo que eso puede provocar rechazo pero queda claro que algo hay que hacer y rápido, porque lo que está ocurriendo provoca indignación y desafecto hacia política y políticos.

Al menos en mi caso escuchar; “si es que son todos iguales, unos golfos”, me produce un estremecimiento. De ahí a lo que está a punto de suceder en Francia hay un pequeño paso.  Cuidado, “kontuz”.

Veremos…

De golfos y otros especímenes