domingo. 03.03.2024
Foto: Comunidad de Madrid

Durante muchos años, los alumnos de bachillerato españoles tuvieron que sufrir una asignatura terrible. Se llamaba Formación del Espíritu Nacional y en ella, además de las grandes gestas imperiales, se daban instrucciones sobre lo que se debía hacer para ser un buen español. La doctrina era elemental, había que cumplir con los santos mandamientos de la Iglesia, ser obedientes en todo lugar y momento, adorar al Papa y al Caudillo por encima de todas las cosas y aceptar el orden establecido como inmutable y perpetuo. Normalmente esa asignatura era impartida por falangistas y arrimados de escasa formación que se habían ganado el puesto a base de genuflexiones y demostraciones fehacientes de inquebrantable amor al régimen. Vigente hasta poco después de la muerte del dictador, la asignatura era soporífera y provocaba entre el alumnado irrefrenables deseos de hacer el gamberro en unos casos, en otros de bostezar sin contención.

Gracias a Dios Todopoderoso, esa materia no se imparte hoy en escuelas, institutos y universidades, aunque en los colegios concertados católicos el adoctrinamiento en los dogmas de la Iglesia de San Pedro sigue estando vigente, negando a los profesores la libertad de cátedra imprescindible para ejercer la maravillosa profesión de enseñar, y a los niños su derecho inalienable a aprender en libertad, sin dogmas preestablecidos.

En los colegios concertados católicos el adoctrinamiento en los dogmas de la Iglesia de San Pedro sigue estando vigente, negando a los profesores la libertad de cátedra

Sin embargo, no es esa la cuestión que queríamos tratar hoy aunque esté muy relacionada. La escuela es fundamental para la formación intelectual, social y personal de niños y jóvenes, pero en nuestros días no es la única herramienta y, probablemente, tampoco la más decisiva para ello. Si tenemos en cuenta que nuestros hijos, negarlo sería tanto como engañarnos, pasan más tiempo atendiendo al móvil, a las redes sociales y a su televisión particular que leyendo o haciendo las tareas escolares, en muchos casos excesivas y repetitivas, me pregunto quién ha sido el listo que ha decidido que Mario Vaquerizo esté a todas horas en la televisión pública, en las privadas, en las redes sociales y en la prensa analógica. ¿Existía de verdad una demanda de Mario Vaquerizo en la sociedad española? ¿Los jóvenes y los no tan jóvenes de España eran infelices hasta que Mario Vaquerizo se hizo omniscente y obicuo? ¿Es Mario Vaquerizo el modelo de ciudadano al que aspira España? ¿Se puede tener un desarrollo adecuado y pleno sin la presencia de Mario Vaquerizo? ¿Existe vida después de Mario Vaquerizo? Son preguntas espistemológicamente difíciles de dilucidar que nos obligan a adentrarnos en los campos de la ontología, la exégesis y la hermenéutica, sin que nada nos garantice llegar a conclusiones rigurosas.

No conozco de nada a ese señor, como tampoco a Bertín Osborne, Tamara Falcó, Paz Padilla, Ana Rosa Quintana, Risto Mejide, Joaquín, el Yoyas o el Rubius, personajes que gozan de una popularidad mucho mayor que cualquier cineasta, pintor, científico o literato, sólo igualada por la de los futbolistas estrella con la debida envidia de toreros, picadores y banderilleros en franca decadencia. No se trata de convertir los medios de comunicación convencionales ni las malditas redes sociales en la Academia de Sócrates o en Ateneos donde se debata sobre la poesía de Oliverio Girondo o de la importancia del lenguaje en la filosofía de Wittgenstein, pero pienso que entre eso y Mario Vaquerizo habrá algún otro camino que tomar, alguna senda que recorrer que entretenga, que divierta y que no sea la expresión más insustancial de la inanidad, aunque una inanidad nada inocente, puesto que el mencionado señor tiene muy claro quien es su señor y a quien debe rendir pleitesía para seguir en lo más alto del escalafón mediático sin haber hecho absolutamente nada digno de mención.

Habrá algún otro camino que tomar, alguna senda que recorrer que entretenga, que divierta y que no sea la expresión más insustancial de la inanidad

Sabemos que la televisión nació principalmente con el objetivo de entretener e informar, es decir desinformar. Como instrumento del poder nada disimulado, la televisión ha ido marcando gustos y tendencias sin atender a la valía de los protagonistas de sus emisiones, a quienes más bien ensalzó haciéndolos a su manera para luego utilizarlos según las necesidades del dueño. Luego vinieron las redes sociales y muchos de quienes en ellas llegaron a la fama, son hoy personajes mediáticos a los que generalmente se aplaude y se considera, convirtiendo un instrumento nuevo de socialización y comunicación en una especie de escuela de difusión de materiales para lerdos que del mismo modo que la televisión sirven para adocenar a los ciudadanos matando su espíritu crítico -el que nace del contraste de ideas y conocimientos- y poniéndolos al servicio de las ideas más reaccionarias.

Autodefinidos como apolíticos, como asexuados, como adalides de la libertad individual, mentores de un cierto nihilismo, son la avanzadilla del “mundo feliz”

Mario Vaquerizo, que probablemente sea una persona muy querida por los suyos, es el paradigma de lo que a cualquier gobernante le gustaría tener como votante. Cariñoso como un peluche, con la apariencia bien estudiada de un niño pequeño que dice caca y luego se ríe, sin conocimientos destacados en materia alguna, sumiso al poder tradicional como inversión siempre rentable, quiere ser, con su aspecto de flautista recién salido del grupo Kiss, el representante de la modernidad de la derecha española, el ciudadano que al mando de las Nancys Rubias, cantando Me da igual y diciendo simplicidades burdas en todas las televisiones y redes a las que ha sido aupado con evidente intención, sirva como ejemplo por su atuendo de la regeneración de una derecha que ya no se ve condicionada por el aspecto exterior de nadie, sino que entiende que España ha cambiado y que todos caben en su seno, siempre que cumplan con los mandamientos de ser acríticos, sumisos y con unos principios tan futiles como las gaseosas.

Detrás de ello se esconde la intención de crear modelos de comportamiento que a fuerza de insistencia lleguen a calar en capas cada vez mayores de la sociedad. Autodefinidos como apolíticos, como asexuados, como adalides de la libertad individual, mentores de un cierto nihilismo, son la avanzadilla del “mundo feliz” que prepara la derecha española y mundial al calor del control de la población que permiten las nuevas tecnología. Mario Vaquerizo, en ese sentido, sería el compañero perfecto de Isabel Díaz Ayuso, navegando en el mismo barco, en la misma dirección, con los mismos intereses. Son los nuevos doctores en Formación del Espíritu Irracional.

Formación del Espíritu Irracional