lunes. 15.04.2024
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Un fantasma recorre no solo Europa sino también el mundo entero. Se trata del espectro de la libertad. Esta noción ya no es lo que alguna vez fue al ser invocada por ejemplo en la Revolución francesa. Se la ha vaciado de toda sustancia hasta  invertirla en una mera consigna invocada demagógicamente por los populismos más recalcitrantes. Si se le hiciera una estatua como la que adorna el puerto de Nueva York, ahora no portaría un libro y la célebre antorcha que ilumina nuestro camino. En la mano derecha sostendría un dólar y en la izquierda una tabla con las cotizaciones bursátiles. Tampoco su corona simbolizaría todos los continentes, porque cada una se ceñiría escrupulosamente a un territorio muy concreto.

Una libertad sin asideros materiales e igualitarios no es absolutamente nada, salvo un espectro al servicio del ultra neoliberalismo más despiadado

¿Quién puede no querer mayores cotas de libertad? El problema es definirla. Hay una libertad que solo conviene a quienes más tienen. A estos les favorece que no se paguen impuestos y que las leyes políticas no sean un obstáculo para seguir ganando dinero a expuestas. Los perdedores no merecen ser libres y deben consagrar sus vidas a servir como punto de comparación para los pudientes, como ya señalara Rousseau en su ensayo sobre la desigualdad. Que no haya reglas beneficia netamente a quienes las incumplen de modo sistemático en beneficio propio, porque justamente son útiles para defender a los menos afortunados en más de un sentido.

La libertad tiene que tener algún límite por definición, para no devenir puro libertinaje. Su frontera es el prejuicio ajeno. Si su ejercicio puede dañar a los demás, hay que limitarla en beneficio del conjunto, para no vernos dañados por las irrestrictas libertades de quienes habitan en la misma comunidad política. Tampoco vale de nada una libertad que no pueda ejercerse sin hipotecas. No cabe concebir una libertad que desprecie las desigualdades. Allí donde primen estas últimas no podrán darse libertades genuinas. Por eso se habla de Liberigualdad y Colibertades, para enfatizar que una libertad sin asideros materiales e igualitarios no es absolutamente nada, salvo un espectro al servicio del ultra neoliberalismo más despiadado.

La fantasmagórica libertad sin asideros a lo Ayuso, Milei o Trump