lunes. 22.04.2024
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Ramón Tamames y Joaquín Leguina

“El poder, para las personas inteligentes, solo tiene una barrera única e infranqueable: la conciencia de la propia limitación”
(Diario de Don Manuel Azaña del 27 de mayo de 1932).


Como la maldición bíblica estamos contemplando hoy a personajes que fueron en su día personalidades públicas o representantes institucionales de la izquierda, que utilizan sus pasados ideológicos para intervenir de nuevo en la política actual, al servicio de unas nuevas adscripciones que al menos hasta ahora desconocíamos públicamente. Esa mirada retrospectiva les petrifica ahora metafóricamente en sal, cual mujer de Lot, y les imposibilita a ser referente de nada. Aunque Roma pague a traidores, lo salobre en política ya no es sinónimo real de salario ni beneficio.

Aunque Roma pague a traidores, lo salobre en política ya no es sinónimo real de salario ni beneficio

Hoy, como nunca, es groseramente evidente la ausencia de barreras infranqueables a las más diversas ambiciones de poder, notoriedad social, o la proyección pública y privada de cambios de ideario o identidad, que se manifiestan sin el menor pudor o conciencia de autolimitación, formando parte de un deplorable circo mediático. Pero sus efectos devienen en perversos boomerang para sus lanzadores.

Puertas giratorias, o los clásicos cambios de chaqueta, o traición a otrora ideales fundamentalistas vigorosamente expresados en su día, alejan mucho de cualquier rédito electoral de estos episodios, más allá de la satisfacción que producen a sus nuevos conmilitones sus recientes profesiones de fe. ¿Lo ves? Se autoconvencen los nuevos amos. Siempre tuvimos razón nosotros. Se blanquean así dictaduras e ideologías antidemocráticas por demócratas con pedigrí para regocijo de sus nuevos feligreses. Pero dista mucho de engañar a nadie. Y en las urnas habrán de ventilarse estos espectáculos. No queda tanto para ello.

Se dirá que es legítimo cambiar de parecer, opinión o posición política, ideológica, filosófica o religiosa. Desde luego que los es y constituye un derecho fundamental del pensamiento y la legalidad democrática. Por ello la crítica a ese comportamiento no es de orden legal, que está amparado por la propia moral democrática. Pero la cuestión no es el que se cambia sino cómo se hace. Y eso afecta al crédito personal y al comportamiento ético. Y por ello a la credibilidad de los que así actúan.

Porque durante años, muchos, tal vez demasiados, fueron personas que nos ilustraron sobre sus ideas con firmezas inusitadas y amplios derroches de palabras o escritos. Que asistieron y protagonizaron decenas de debates, mítines y exposiciones en medios llevando la buena nueva de sus ideas a los creyentes o no creyentes. Fueron mesías de la transición democrática algunos de ellos y referencia para nuevas generaciones que asomaban a la política con la recuperación de la democracia.

Sería de esperar que cambios tan profundos en su pensamiento y acción procediesen de reflexiones, incluso autocríticas, de sus posiciones; y de una explicación sosegada, e intelectualmente reconocible, que arrojaría probablemente elementos de conocimiento y educación democrática a las nuevas generaciones actuales, a fin evitar los errores que ellos protagonizaron en el pasado y de los que hoy abjuran. Tienen el perfecto derecho de hacerlo, pero deberán de aceptar que de aquel convoy del que descarrilan eran como mínimo los jefes de máquinas y no los fogoneros. De manera que la crítica razonada debería de empezar por ellos mismos.

Lejos de eso han encontrado un lugar común para sus nuevos parlamentos. Que se concentra en la figura de la nueva generación de izquierda que preside el gobierno. Pedro Sánchez. Ciudadano que ni existía o acababa de nacer cuando ellos ostentaban el poder, cuyos efectos negativos o errores obvian, concentrando su mirada en ese solo objetivo, sin mayores explicaciones. Váyase Sr. Sánchez y volvamos al amor. Sustituyen al Sr. Aznar en el slogan. Vaya papelón. Y se convierten en muñecos de sal sin entender ni su pasado ni un futuro del que ya no participarán porque no conocen sus propias limitaciones. No lo ven. La sal ciega.

Estatuas de sal