viernes. 19.04.2024
democracia
Imagen de archivo.

Se desprende del título de este artículo que tratamos dos conceptos interpretados como partes diferenciadas de la mecánica social, pero en mi opinión están intrínsecamente conectados. Son las cuestiones referidas al estatismo (nuevo Estatismo cabe decir) y aquellas que tienen que ver con los principios de acción en Democracia Deliberativa. Vamos a ello.

Los colapsos sucesivos en materia de salud (covid), medioambiente (cambio climático), geopolítica (Ucrania, África, etc), economía (burbujas sucesivas), trabajo (rotura de cadenas de provisión) y política (populismos) han provocado eso que se conoce como policrisis, un cóctel con sabor a sapos que combina la acción perversa de los efectos de unos sobre los otros. La mixtura malévola de tantas causas de malfuncionamiento de nuestras vidas lleva a una especie de paralización que empeora las cosas, pues ya se sabe que lo que no sube tiende a bajar.

La inmensidad de los retos derivados de esta fase policrítica nos advierten que las herramientas de defensa han de ser de un calibre similar al de los obuses que nos zarandean

La inmensidad de los retos derivados de esta fase policrítica nos advierten que las herramientas de defensa han de ser de un calibre similar al de los obuses que nos zarandean. Y buscando en el arsenal solo encontramos la fortaleza necesaria en una institución que por su solidez constructiva y su historia ha demostrado capacidad de aguante ante toda clase de vaivén: el Estado. La academia en su conjunto y los centros de pensamiento y asesoramiento sitúan a éste en el centro de las alternativas que le quedan a la humanidad del siglo XXI para salir de su situación comatosa. Cierto que algunos no se acaban de enterar, pasan demasiado tiempo ojeando literatura económica obsoleta del siglo pasado, pero ése es su problema. Lo cierto es que una ola recorre el pensamiento agregado de la civilización buscando soluciones a la policrisis. La ubicación prioritaria del Estado en la trama anticrisis es esencial tanto para abordar la mejora del rendimiento de la oferta de lo que genera él mismo en forma de salud, educación, infraestructuras, como en la aportación a modelos de gobernanza supranacionales que resultan totalmente necesarios para contrarrestar el alcance de algunas de las causas que generan la policrisis, como es el cambio climático. Para lo grande y para lo chico, el Estado emerge como la herramienta apropiada.

El Estado es muy fuerte, pero como todo titán, tiene sus debilidades, el talón que lo hace vulnerable: su exposición ante usurpadores de sus energías, desentendidos de los fines históricos en los que nació. El Estado ha ido forjando su misión y sus potencialidades como mecanismo de defensa de la civilidad frente a la agresión avara de mercados y de privilegiados, pero éstos últimos han sabido generar instrumentos de entrismo, formas de colonizar al estado y desde dentro dinamitarlo. El actual CGPJ es una manifestación viva de cuanto digo. El populismo es la forma moderna en la que se enmascaran los asaltadores de las instituciones del Estado. Su modus operandi está contenido en sus manuales de acción política y en sus estilismos: seduce diciendo barbaridades que algunos quieren oír, ocultando la realidad bajo la apariencia de un estúpido coronado por un peinado bizarro (el argentino Milei es el último de la fila).

El Estado debe defenderse, blindar su talón ante la circunstancial flecha envenenada. Y sobre ello también se produce un fuerte debate mundial en torno a las formas de robustecer y proteger al Estado benefactor. Y así se empareja el segundo concepto expuesto en la cabecera de este artículo, la revitalización, agilización y despliegue de la Democracia Deliberativa. Las asambleas ciudadanas clave de la DD, han demostrado ser la utilidad más valorada por las ciudadanías que la practican para convertir los nobles objetivos de los Estados en beneficios netos aquí y ahora para los ciudadanos.

Desde los años 90 con Clinton y Blair en el área sajona y Brand y Palme en la nórdica, la socialdemocracia se ha sentido en la obligación de proyectar el Estado hacia la sociedad superando el concepto de estado del bienestar por el bienestar mismo. No siempre se ha tenido éxito y ello lo debilita y le expone ante los peligros de ocupación populista. Para muchos la garantía de invulnerabilidad se sitúa en la participación creciente de los ciudadanos en las políticas del Estado, pero no solo en su definición si no sobre todo en su aplicación.

Para éstos, entre los que me encuentro, es tan o más importante que además de fijar (grandes) objetivos de apoyo a los necesitados, la acción de estado no pase por vericuetos imposibles que inhiben la acción bienhechora. No tiene sentido lanzar programas de bonos, de becas, de ayudas que no acaben llegando a los bolsillos adecuados. No tiene sentido ampliar los presupuestos en sanidad que finalmente se desvían a la esfera privada. La ciudadanía debe estar también presente en la fijación de los objetivos (pequeños) y en la procedimentación de su ejecución. O sea, despliegue de Democracia Deliberativa. Usando las ideas de Osborne y Gaebler, hay que reinventar el gobierno. Simplificar procedimientos y potenciar la participación ciudadana es el camino.

Solo así se consigue un estado capaz de abordar las crisis y sus combinaciones diabólicas.  

Estatismo y Democracia Deliberativa