viernes 21/1/22
omicron
 

Casi un año después de mi última aparición, regreso a las páginas de Nueva Tribuna para escribir el epílogo de la historia. ¿Epílogo…? Sí, ya sé que suena raro cuando el mensaje habitual es que jamás habíamos tenido un número diario de casos confirmados de infección tan alto como el de los últimos días, pero tiene su explicación. La ofrezco a continuación a los lectores interesados.

El divorcio entre incidencia y mortalidad

En el artículo que publiqué el 30 de noviembre de 2020, explicaba la gran dificultad que entraña seguir una epidemia producida por un virus respiratorio sobre la base de la incidencia de la infección; es decir, contando casos uno a uno.

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Figura 1. Perfil de la curva de incidencia de casos confirmados en España (composición realizada con los gráficos de los informes oficiales del Ministerio de Sanidad).

Cuando la infección es mayoritariamente asintomática o cursa con sintomatología leve (un catarro más o menos intenso), detectar un porcentaje mayor o menor depende de la intensidad de la búsqueda; es decir, del número de pruebas de diagnóstico que se realicen en personas sin síntomas o con síntomas muy leves. Hasta el verano de 2020, en España se realizaban muy pocas, de forma que la incidencia que se recogía era básicamente la de personas con síntomas acusados o graves (figura 1).  De ahí en adelante su número no dejó de crecer, lo que incorporó a los registros, como nuevos casos, a una parte mucho más importante de esas personas. El efecto más acusado de esa nueva circunstancia se aprecia en los datos del último mes, coincidiendo con la llegada de las pruebas rápidas para detección de antígenos de libre adquisición en las farmacias (o incluso de reparto gratuito).

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Figura 2. Perfil de la curva de fallecimientos por COVID-19 en España (composición realizada con los gráficos de los informes oficiales del Ministerio de Sanidad).

Un simple vistazo a la curva de fallecimientos (figura 2) no nos da con certeza la respuesta, pero sí orienta mucho. El divorcio entre esas curvas en los extremos del gráfico es impresionante. Con muy poco lugar a dudas, el que se observa en la primavera de 2020 responde a eso, pero el que se ve en las últimas semanas de 2021 podría contener otros factores adicionales.

Vacunación, reinfección y enfermedad grave

Cumpliendo con las previsiones que parecían, con mucho, las más razonables, las vacunas disponibles no se han mostrado capaces de evitar la infección ni de prevenir muy significativamente que el vacunado que se infecta transmita el virus a sus contactos. Sí se ha cumplido, afortunadamente, que sean capaces de reducir mucho el riesgo de enfermedad grave cuando la infección se produce. Por consiguiente, la altísima incidencia que registra el primer gráfico en su extremo derecho puede compatibilizarse bien con la baja mortalidad que muestra el segundo acudiendo a la eficacia protectora de las vacunas, ya que el segmento de población española más afectado por las defunciones (los mayores de 60 años) estaba vacunado en su práctica totalidad, con independencia de la frecuencia con la que esos vacunados acudiesen a recibir una dosis de refuerzo.

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Figura 3. Evolución de las hospitalizaciones por COVID-19 en España (gráfico realizado con los datos disponibles a partir de octubre de 2020 en los informes oficiales del Ministerio de Sanidad).

Ese efecto protector se aprecia también al observar los datos sobre hospitalización por COVID-19 (figura  3). En el máximo de presión de la epidemia sobre el medio asistencial español en 2021 (mediados de enero), la incidencia rondaba los 30.000 casos confirmados diarios, las defunciones las 450, y la ocupación de camas de hospital por pacientes con COVID-19 alcanzaba el 25%. Casi un año después (30 de diciembre de 2021), la incidencia superaba los 100.000 casos diarios, mientras que las defunciones rondaban las 45 diarias y la ocupación de camas el 9%.  Así pues, para una incidencia tres veces mayor, la presión sobre los hospitales era tres veces menor y los fallecimientos eran una décima parte de los de enero.

¿Todo responde, por consiguiente, al éxito de las vacunas? Por un lado, si la inmunidad vacunal ejerce ese efecto, con más razón aún lo ejercerá la adquirida por infección natural, que tal vez haya afectado ya a un 30%, o más, de la población española. Por otro, hay otros factores a tomar en cuenta.

Cuestiones de edad y de variantes del virus

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Figura 4. Distribución por edades de las hospitalizaciones por COVID-19 acumuladas en España a fecha 23 de noviembre de 2020 (los datos son cortesía del Centro Nacional de Epidemiología, Instituto de Salud Carlos III).

En las últimas semanas de 2021, las autoridades sanitarias españolas coincidían en señalar que los diagnósticos de infección se estaban concentrando en los niños y los jóvenes. No puedo precisar más porque esos datos no se publican, pero ese hecho bien podría explicar, por sí mismo, buena parte de lo observado. Así, que las infecciones tiendan a concentrarse en personas de menos de 40 años de edad es algo que tiene un efecto dramático sobre las hospitalizaciones (figura 4), y por consiguiente sobre los fallecimientos. Es exactamente eso lo que sucede con el resto de los virus respiratorios humanos, cuyas epidemias crecen a expensas de las infecciones en los niños aunque los fallecimientos (pocos) sucedan muy mayoritariamente entre los ancianos.

El segundo factor a considerar es el de la influencia de las variantes del virus. El alto pico de incidencia que comenzó a dispararse a finales de 2021 coincidió con la emergencia y expansión global de la variante ómicron del SARS-CoV-2. No cabe ya dudar que la transmisibilidad de esta variante sea muy superior a la de sus precedentes, y se sospecha con fundamento creciente que su capacidad para producir enfermedad grave es notablemente menor. Este sería pues el tercer miembro de la ecuación: la expansión de ómicron. La tendencia de los nuevos virus a evolucionar hacia formas más transmisibles y menos patógenas es un concepto clásico de la Virología, y cabe perfectamente plantearse que los coronavirus respiratorios que circulan estacionalmente entre nosotros desde hace mucho tiempo sean el resultado de un proceso evolutivo similar al que está llevando a ómicron a dominar el panorama de la epidemia.

¿Tal vez nos ha regalado la naturaleza una versión atenuada del SARS-CoV-2 que acabe por suponer la vacuna más eficaz? No es nada descabellado pensar así, y algunos expertos han sugerido que no poner muchas trabas a la rápida expansión de ómicron puede ser la mejor forma de regresar definitivamente a la normalidad en un plazo breve. Personalmente, la idea me suena muy bien, aunque por el momento a muchos les parezca bastante “hereje”.

Recapitulación final

Mi impresión personal es que la combinación del efecto protector de la inmunidad acumulada (tanto natural como por vacunación) contra la enfermedad grave, la concentración de las nuevas infecciones en los más jóvenes y la emergencia de la variante ómicron nos han puesto ya en el camino de terminar muy pronto con esta situación anómala en la que ya llevamos instalados dos años. Luego vendrá la fase de circulación estacional del SARS-CoV-2, con brotes epidémicos en otoño-invierno de intensidad decreciente en términos de hospitalización y muerte. Sin embargo, para aprovechar bien la nueva situación y paliar eficazmente las muchas otras consecuencias negativas de lo que hemos vivido, la “incidencia diaria de casos confirmados” debería desaparecer muy pronto de los medios de comunicación, y también las bajas laborales en personas completamente sanas que han dado un “prueba” positiva. Es más, esas pruebas deberían regresar cuanto antes, como cualquier otra prueba de diagnóstico virológico, al ámbito del laboratorio especializado para aplicarse exclusivamente a enfermos de cierta gravedad.

libroY antes de despedirme definitivamente (y espero que ninguna nueva circunstancia me haga regresar), informo al lector de la publicación del libro que se muestra a continuación. Se presentó este otoño en la Academia de Ciencias Físicas, Exactas y Naturales y contó con su Vicepresidente (el doctor Esteban Domingo Solans, virólogo) como presentador.

La epidemia de SARS-CoV-2: epílogo