viernes. 19.04.2024

Como tantos buenos españoles de bien, Alberto Núñez Feijóo se educó con los maristas, orden religiosa francesa implantada en España a raíz de las leyes laicistas de principios del siglo XX del país vecino. Sin destacar demasiado en nada, Núñez se metió a político de altura y pronto fue reclamado por Aznar para cuestiones tan parejas como la dirección de las cosas de la salud y las de las cartas. Sanidad y Correos. Pasó sin pena ni gloria, pero en Correos dejó su impronta privatizadora al convertir al organismo autónomo en sociedad anónima, transformación de la que no se ha recuperado todavía y que ha condicionado su estancamiento y el deterioro de sus servicios por falta de medios y personal.

No es Núñez un hombre que haga mucho ruido. Superficialmente sus principios son muy parecidos a los de Groucho Marx, estos son mis principios, pero si no le gustan tengo otros. Sin embargo, bajo esa mirada dubitativa que asemeja a la de un paracaidista recién caído en una marmita hirviendo, se esconde un señor con tres o cuatro ideas claras y rotundas: Nada de lo público es bueno salvo los sueldos y las componendas que permite el ejercicio de la política. Privatizar para él, como para muchos de sus colegas, es devolver a la sociedad lo que el Estado se apropió indebidamente, es decir, antes de las revoluciones democráticas, la iglesia era la encargada de la educación, la sanidad y la vejez, de la beneficencia, de la caridad. El Estado democrático secularizó esos servicios para generalizarlos, darles carácter constitucional, dignidad y eficiencia. Para Feijóo eso fue un atropello puesto que curas, frailes y monjas estaban perfectamente capacitados para curar, educar y asistir sin la necesidad de maestros, médicos, psicólogos y trabajadores sociales. Bastaba una hostia. Por eso durante su largo mandato en la Xunta de Galicia decidió fomentar los colegios religiosos, disminuir los fondos dedicados a la Sanidad y recortar todo lo tocante a cuestiones sociales, privatizando, es decir, devolviendo a la sociedad más rica, muchos de los servicios que hasta entonces prestaba el Estado.

Esa mirada dubitativa, se esconde un señor con tres o cuatro ideas claras y rotundas: Nada de lo público es bueno salvo los sueldos

Al igual que Ayuso a Feijóo no le gustan los debates en directo, sólo si le permite mentir a destajo y exhibir su mala educación sin amonestación. Es sabido -se nota por el ritmo de elocuencia- que muchos de sus colegas hablan con un pinganillo en la oreja que les va diciendo lo que han de argumentar. Es más dado al discurso sobre papel, un discurso ripioso, crispante, sucio y belicoso en el que repite consignas pueriles dedicadas a un público adulto que las acepta como si fuesen palabra de Dios. La improvisación racional lo mata. Sin papeles, sin embustes y sin consignas memorizadas Feijóo es incapaz de articular públicamente un pensamiento coherente, limitándose como hizo el pasado lunes a soltar una mentira tras otra en el más puro estilo Steve Bannon sin importarle lo más mínimo el valor inmenso de la verdad y la ética, dejando muy claro que su modelo político actual es Ayuso.

En 2009 Núñez visitó -como su antecesor Fraga es muy campechano con fruteros, ganaderos y agricultores- una feria de ganado. Asombrado al comprobar que todas las vacas tenían nombre de mujer, preguntó a uno de los ganaderos el motivo de tal acontecimiento, pensando tal vez que era un homenaje al matriarcado gallego. El ganadero, perplejo, le respondió que les ponían nombre de mujer porque eran vacas y a las vacas no les iban a poner Perico, que eso es cosa de los machos. Feijóo, se echó la mano a la mandíbula y quedó meditabundo, pensando que tal vez aquel ganadero gallego tuviera razón en su respuesta.

La improvisación racional lo mata. Sin papeles, sin embustes y sin consignas memorizadas Feijóo es incapaz de articular públicamente un pensamiento coherente

Muy preocupado por el sector pesquero gallego, que tantos manjares nos ha proporcionado pero que cada día está más castigado por el cambio climático y los vertidos a las rías, Núñez por parte de padre se reunió con representantes del gremio que se quejaban de las escasas cuotas para pescar merluza que había preparado la Comisión Europea. En un alarde de ingenio y patriotismo del verdadero, Feijóo por parte de madre aseguró que si no ampliaban las cuotas para pescar merluza en los caladeros gallegos, éstas, las merluzas, acudirían a las costas y playas y atacarían a los bañistas. Y se quedó tan pancho, esta vez con una mano en la barbilla y la otra rascándose la coronilla mientras oía una y otra vez en la sede de la Xunta sus declaraciones grabadas en un magnetofono en el que durante su infancia oía canciones de Andrés Do Barro. Como es obvio los comisionados europeos dijeron a Núñez que pescasen las merluzas que les diese la gana, porque ante argumentos tan juiciosos y racionales, no podían objetar nada.

Marcial Dorado fue un discípulo del contrabandista de tabaco Vicente Otero, más conocido como “Terito”, uno de los protagonistas de Fariña. Conductor de lanchas rápidas para el contrabando, terminó haciéndose muy rico con los cigarros y la cocaína, construyendo un imperio de fincas, bodegas, hoteles, gasolineras, inmuebles y millones en paraísos fiscales. Dorado fue condenado a 14 años de cárcel por tráfico de cocaína. Feijóo había sido gran amigo de Dorado desde principios de la década de los noventa, pero hombre con propensión al ensimismamiento jamás supo lo que toda Galicia sabía y muchos veían con buenos ojos a juzgar por los votos. Navegaban, comían, cenaban y departían juntos, pero él estaba a otra cosa. Al pedir su dimisión los disputados de la oposición gallegos, Feijóo tuvo los cojones de decir que no tenía ninguna amistad con ese señor, cosa que ese señor desmintió categóricamente admitiendo tal amistad en confesión a Jordi Évole. Ambas cosas, la amistad y la mentira, habrían bastado para acabar con su carrera política, pero lejos de eso Feijóo continuó obteniendo el respaldo de su pueblo, dando por válido aquel refrán que tanto gustaba al dictador Franco de que “no hay mal que por bien no venga”.

Feijóo tuvo los cojones de decir que no tenía ninguna amistad con ese señor [Marcial Dorado], cosa que ese señor desmintió categóricamente

Feijóo es un hombre gris, muy gris, al que le importan muy pocas cosas. Como todos los dirigentes del Partido Popular en la oposición, su campaña se basa en obedecer a los asesores y aprenderse mensajes cortos de memoria. Da igual si lo que dice es un disparate o no. Ha de mostrarse campechano, ha de crear barullo a base de declamaciones falsas, insultos y descalificaciones propias de gentes poco civilizadas y minima educación democrática. Nadie espere de él coherencia, ni rectitud, lo suyo es la línea curva, sinuosa, zigzagueante. Ha de usar las armas que los otros no emplean y demostrar que España es suya como antes lo fue de Manuel Fraga, Aznar o Rajoy. Los otros son intrusos a los que ellos, los dueños del país, han dejado jugar un tiempecito, pero que serán desalojados mediante la puesta en marcha de todos los poderes fácticos de la antigüedad, la prensa, la propaganda, la judicatura, el bulo y la añagaza más párvula. No tiene porqué ser un genio, ni siquiera un tipo notable, ha de repetir y repetir hasta la saciedad las tres o cuatro consignas que le han obligado a memorizar, por ejemplo que Pedro Sánchez fue el responsable de la quiebra de Caja Madrid, cuando todo el mundo sabe que fueron Blesa y Rato quienes llevaron a la ruina a una de las entidades financieras más potentes del país. Después vendrán los pactos con Vox si no hay mayoría absoluta y con ellos el derrumbe de la mayoría de derechos constitucionales, como ha pasado siempre que su partido ha gobernado. Vendrán las privatizaciones generalizadas, vendrá la censura a la libre expresión, vendrá la persecución policial, la conversión del país en un solar, el conflicto territorial y la España madrastra que tanto daño ha hecho a lo largo de los siglos. No hay ninguna duda. Su mandato ya está escrito, ya se podría escribir en los textos Historia sin temor a errar. La izquierda pasiva, la izquierda exquisita que siempre tiene algo que objetar, tendrá una enorme responsabilidad si no acude a las urnas ante el retroceso en todos los órdenes a que podemos enfrentarnos tras el 23 de Julio. Es hora de votar, de acudir a las urnas siquiera para evitar el mal mayor, el regreso a un tiempo que ya vivimos hace décadas. No hay escusas, no sirven lamentaciones a posteriori. 

El tiempo de Feijóo