lunes. 15.04.2024
Felipe González
Felipe González

"Siempre quiso una piscina. Bueno, al final consiguió una. Solo que el precio resultó ser un poco alto" (Inicio del film El crepúsculo de los dioses de Billy Wilder en 1950)


La frase en off, que da comienzo a un magistral relato cinematográfico, sobre la vida de una antigua estrella del cine mudo sumida en el ocaso y que, incapaz de aceptar que sus días de gloria pasaron, sueña con un retorno triunfante a la gran pantalla. La obra maestra de Billy Wilder retrata una crítica a los propios excesos del mundo de Hollywood, el paso del tiempo y los egos inmensos de la fama. Y constituye un relato humano imprescindible de ver.

No hace falta demasiada imaginación para comparar metafóricamente ese guion cinematográfico de 1950 -nada menos que 73 años nos contemplan- para vislumbrar algo que sucede en la política española; muy particularmente protagonizada por algunos de los nacidos en aquellos años y vinculada a la izquierda española en el poder durante casi tres lustros. Es hoy más que evidente el que la permanencia en el poder de las instituciones del estado en los países donde no existe limitación de mandatos (como en España) ha producido no pocos efectos perversos, que se han llegado a calificar como nomenclaturas gerontocráticas. Y haberlas ahílas. En el poder y en la oposición.

Afortunadamente, la dinámica de la restauración democrática de la transición convirtió a España en un país enormemente plural y libre; lo que ha permitido alternancias de poder de izquierda a derecha y viceversa. Ello ha implicado necesariamente una renovación de la gestión política, para bien y para mal, según los casos, barrios y opiniones. Pero esa renovación constante de la dinámica democrática ha dado grandes resultados positivos para el país, hoy objetivables. 

La dinámica de la restauración democrática de la transición convirtió a España en un país enormemente plural y libre

Pero a diferencia de la derecha española, donde los críticos de ese ámbito político desde la restauración democrática son, de existir, rarísimos ejemplares, y cuya presencia en el panorama mediático es tan inexistente como inesperable; se da el curioso fenómeno de que, algunos de los representantes del periodo político hasta 1996, que ocuparon responsabilidades institucionales de la izquierda, gozan del fervor y favor de los medios de comunicación de derechas, en sus criticas incluso desaforadas a los “suyos”; cuando sus supuestos pares ideológicos permanecen ahora en el poder. 

Es por tanto una paradoja para considerar, y, sobre todo, cuando se ha formado una especie de nomenclatura de pensamiento socialdemócrata protagonizada por algunas de sus antiguas estrellas y liderazgos; que ponen en cuestión, implícita y explícitamente, toda la acción de gobierno de la izquierda, desde hace cinco años, por considerarla nociva para el país. Con una desmemoria aplastante sobre sus propios actos de gobierno.

No todos los críticos a los errores de estos años pueden considerarse incluidos en esta valoración. No sería justo. Hay muchas y buenas razones que justifican una crítica necesaria. Incluso imprescindible. Pero la mezcla de churras y merinas, en coyunturas como la presente, da poco margen para el sosiego y las distinciones oportunas. Cuando lo que se ventila es un retorno reaccionario de envergadura, los debates de galgos y podencos, tan caros a la izquierda, parecen suicidas. Y ante esas disyuntivas uno se pronuncia, a fuer de equivocarse, en un juicio tal vez demasiado totalizador. Que sin duda no sería real. Pero el patio está como está

Porque lo cierto, es qué queda oculto para algunos aquello del “gato blanco gato negro lo importante es que cace ratones” para justificar los giros de opinión de 180º de Felipe González como presidente (consejos vendo que para mí no tengo). O que ausencia de autocritica por haber salvado de sus responsabilidades penales a un corrupto como Jordi Pujol “en interés del estado” a cambio de la gobernabilidad y la estabilidad del país. Son las cruces del ejercicio del poder que conllevan otras caras enormemente positivas. Como siempre. Pero valen para todos por igual. Y a todos debe pues de concedérsele el beneficio de la duda.

Cuando lo que se ventila es un retorno reaccionario de envergadura, los debates de galgos y podencos, tan caros a la izquierda, parecen suicidas

Este recuerdo, para tan desmemoriados, parece hoy necesario, dada la presunción desmedida de la aparente pureza de la gestión del Estado de antaño, frente a la crítica desproporcionada de ahora. Por otra parte, sigue sorprendiéndome que los desmanes y giros de la derecha hacia el neofranquismo no impliquen comentarios relevantes. O que, incluso, el que alguno de los partícipes presentes notoriamente en esos debates, de preocupaciones intensas sobre el futuro de la socialdemocracia, protagonicen declaraciones públicas, veinticuatro horas más tarde, de adhesión a un PP coaligado con la ultraderecha. 

Porque, si alguien piensa que la crítica, contra la llamada burbuja del Sanchismo, comenzó solo en los bastiones de la derecha se equivoca y mucho. Fue precisamente en esos núcleos de antiguo poder, que, entre otras cosas, jamás aceptaron su derrota en unas primarias, donde se ha suministrado no poca pólvora a las descargas del “antisanchismo”. “El problema eres tu Pedro” no salió del argumentario de la derecha, sino de una frase desafortunadísima de Susana Díaz en un debate de primarias. Y ha dado vuelo a muchas cosas.

Las acusaciones de cesarismo. Junto a todo lo que ello conlleva, tienen también su origen en el conflicto interno de una socialdemocracia, donde algunos de sus antiguos dirigentes, no han pasado página y pretenden seguir patrimonializando siglas y estrategias. Algunas de ellas, como la entrega al poder a la derecha, sin más contraprestación ni justificación que la estabilidad democrática del estado, llega hasta nuestros días protagonizada de nuevo por Felipe González, y su grupo de fans, que obviamente no la aplicaron ni defendieron en las ocasiones anteriores de victorias socialistas, ni incluso ahora en la de Extremadura. Y resulta curioso.

“El problema eres tu Pedro” no salió del argumentario de la derecha, sino de una frase desafortunadísima de Susana Díaz en un debate de primarias

En todo caso, la tentación de patrimonializar las esencias partidarias de un partido de izquierda, no es solo desviación de poder exclusiva de los críticos a los nuevos dirigentes. Por desgracia, es un fenómeno más general que afecta a todos los que se creen depositarios del legado de los padres fundadores de la izquierda, como si recibieran el testamento directamente por mandato de Pablo Iglesias Posse, en el caso del PSOE. O, como hemos podido comprobar recientemente, es un fenómeno propio de todas las cúpulas partidarias, incluso para los que apenas llegan a una década de existencia, con otro Pablo a la cabeza. El pequeño problema es que sus apoyos electorales pueden tener algo que decir y, probablemente, cuando se pierden muchos millones de votos, muy pocos de esos dirigentes, reparan en que, de tanto querer a la cosa, la matan de por ser tan suya.

De manera que, algunas viejas glorias de la política, deberían reflexionar sobre el papelón que representan y que opaca etapas honorables de su pasado, por exceso de exposición a la cegadora luz de los focos mediáticos. No vaya a ser, que los autores de los nuevos guiones del centro izquierda, que algunos proponen a partir del 23 de julio, aparezcan metafóricamente ahogados en el epilogo inevitable de una obsolescencia programada. 

Tal vez por todo lo anterior, y sin otras muchas consideraciones posibles, no somos pocos los que pensamos que nada resultará mejor para el interés de España que, Pedro Sánchez Castejónsiga presidiendo un gobierno progresista y que continúe “cazando ratones”, en forma de derechos sociales, civiles y económicos, para todos los españoles. Porque a cada crepúsculo, con o sin dioses, arriba un amanecer. 

El crepúsculo de los dioses