#TEMP
jueves 19/5/22
putin
Vladimir Putin.

Ellos nunca tienen dudas.

Jamás titubean.

Siempre tienen las cosas claras.

Dicen lo que piensan, a diferencia de los demás políticos, temerosos de las consecuencias de sus palabras.

Piensan lo que piensan muchos y no se atreven a decir, sobre las mujeres, sobre los homosexuales, sobre los inmigrantes…

Son polémicos porque no tienen miedo de ir contracorriente.

Atienden a las emociones antes que a las razones, porque la vida es emoción, y muchos quieren ver reflejado su odio y su enfado en los líderes que escuchan en televisión.

Desprecian el diálogo, el pacto y el conchabeo, porque dicen tener principios firmes y, a diferencia, de otros, no mercadean con los principios.

Nunca se suman a acuerdos o consensos con quienes piensan diferente, porque para ellos la verdad es una, indivisible, y la pluralidad conduce a la división y a la ineficacia.

Prefieren el contacto directo del autócrata con su pueblo, pues entienden que los intermediarios, como los partidos, los parlamentos o los medios de comunicación, tergiversan y manipulan en interés propio.

Por tanto, el autócrata reclama el poder, todo, sin cortapisas, sin obstáculos, con manos libres, para hacer lo que hay que hacer, sin más tonterías…

Los autócratas seducen… y después matan. Como Putin.

No se trata de un fenómeno nuevo, ni original. La historia se repite. Cuando arrecian los problemas difíciles, y la democracia resuelve con lentitud, o con insuficiencias, o con ineficacia, o no resuelve, llegan los milagreros, los vendedores de pócimas, los visionarios, los taumaturgos.

Aprovechan el río revuelto de las crisis, de las penalidades y de las quejas legítimas, para desplegar sus encantos. Atizando rencores y odios. Con análisis simples y falsarios sobre los problemas complejos. Señalando culpables fácilmente identificables, pero igualmente falsos. Y recetando sus falsas soluciones, tan drásticas como tramposas.

En Rusia cunde la protesta ciudadana por la mala gestión de la pandemia, por las desigualdades lacerantes, por las nulas expectativas entre los jóvenes, por la frustrante falta de libertad… Putin señala un culpable: los ucranianos neonazis que impiden el renacimiento de la gran Rusia. Y Putin mata.

Tras la caída del régimen soviético y los tímidos intentos de democratización en Rusia, muchos respiraron aliviados con la llegada de Putin al poder.

La autocracia de Putin ha sido vista con condescendencia, con simpatía abierta, incluso con cierta admiración, por esos muchos. Un líder que sabía mandar, con voluntad firme, que hacía lo que entendía que tenía que hacer, sin los miramientos, los equilibrios y las negociaciones engorrosas de las democracias parlamentarias en Europa.

No solo Orban, o Le Pen, o Salvini. Toda la ultraderecha europea, aunque ahora disimule Abascal. También primeros ministros como Berlusconi y Schroder. Y artistas y deportistas. Por doquier se evitaba aludir a Putin como un dictador. Incluso cuando resultó evidente que envenenaba y encerraba a sus opositores.

Durante mucho tiempo se habló de Londongrado, haciendo alusión a las complicidades de la oligarquía moscovita en la city. Trump nunca escondió su envidia. Muchos mandatarios competían por una foto con ese “hombre fuerte de Moscú”.

Pero Putin no es el único autócrata. Hay otros y, desde luego, hay muchos aspirantes a autócratas por el mundo. Y hay mucha gente seducida por sus discursos, sus maneras, sus promesas.

Y nuestro deber, el deber de los demócratas, es el de desenmascarar, combatir y parar a los autócratas, cuando aún hay tiempo, antes de que acumulen el poder suficiente para masacrar a gente inocente, como hace Putin en Ucrania, como lleva décadas haciendo con los disidentes en su propio pueblo.

La democracia puede resultar agotadora, por sus procedimientos rígidos, por sus infinitas garantías formales, por la complejidad en la toma de decisiones. Sus instituciones pueden parecernos exasperantes a veces, por la parsimonia de los pesos y sus contrapesos, por la cacofonía de voces diferentes, por la insatisfacción que cada parte siente al alcanzar un acuerdo entre varias partes…

Pero la democracia es el sistema que garantiza la convivencia en paz, el respeto a los derechos y las libertades fundamentales, y el progreso social y económico. A pesar de todas sus insuficiencias y de todos sus inconvenientes.

La peor democracia es preferible a la mejor autocracia.

Por eso la guerra de Ucrania no es solo la guerra de Putin contra los ucranianos. Es la guerra de la autocracia contra la democracia. Y no cabe flaquear, porque nos lo jugamos todo.

Los autócratas seducen… y matan