jueves. 04.06.2026
TRIBUNA ANTROPOLÓGICA

El espectro del racismo

Como comprobamos cada día, el tema del racismo está fuertemente entrelazado con el de la inmigración y los inmigrantes se convierten, desgraciadamente, en el primer objetivo de los racistas.

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Michel Wieviorka, en su libro El racismo: una introducción (2009) define a este peligroso espectro que invade nuestras sociedades como la pretensión de “caracterizar un conjunto humano mediante atributos naturales, asociados a su vez a características intelectuales y morales aplicables a cada individuo relacionado con este grupo y, a partir de ahí, adoptar algunas prácticas de inferiorización y exclusión”.

De entrada, digamos que existen diversas expresiones de racismo que, de menor a mayor gravedad, van desde los prejuicios, muchas veces asociados a un rumor, a la segregación (mantener a un grupo a distancia, localizado en un espacio propio que le son reservados, como los enclaves o los guettos), a la discriminación en distintos ámbitos de la vida social (acceso a la educación, a la salud, al empleo, la vivienda, etc.) y, en último extremo a la violencia racista, bien sea ésta simbólica o física y sangrienta. 

Frente a exabruptos racistas, la realidad de los hechos de nuestras sociedades multiculturaless se impone, lo que supone un ejercicio permanente de tolerancia 

Fue a partir de los años 20 del pasado siglo cuando las ciencias sociales comenzaron a interesarse de manera sistemática por el racismo, a partir del estudio de la llamada “cuestión negra” en los Estados Unidos (EE.UU. en adelante) y del auge del antisemitismo en la Alemania nazi.

El libro de Wieviorka analiza cómo el racismo se ha transformado a lo largo del tiempo y ha pasado de expresiones clásicas que apelaban a la “ciencia”, a las formas contemporáneas que recurren a la idea de la “diferencia” y de la “incompatibilidad” de culturas. De este modo, el “racismo científico”, que surgió a finales del x. XVIII, intentó argumentarse en base a la idea de una supuesta “diferencia esencial, inscrita en la naturaleza misma de los grupos humanos, o sea, en sus características físicas”, con lo que se pretendía “demostrar” la superioridad de la “raza blanca” sobre las demás y mostrar que la “mezcla”, el mestizaje, “es fuente de decadencia de la raza superior”, ideas éstas defendidas en las obras de Ernest Renan, Arthur de Gobineau o Gustave Le Bon.

Ello sirvió, también, a algunos autores como Henry Hughes o George Fitzhugh para “justificar” la esclavitud de la población negra en los EE.UU.

Durante el siglo XX, el nazismo se apoyó en estos supuestos conocimientos “científicos” para afirmar la superioridad de la raza aria, lo cual llevaría a la aplicación de un antisemitismo brutal que desembocaría en el Holocausto y en las cámaras de gas.

Como señaló en su día la periodista Maruja Torres, “Nuestra Europa será mestiza o no será”

Concluida la II Guerra Mundial, el recuerdo de la barbarie racista hitleriana, unido al proceso de descolonización, parecieron indicar el fin, o cuando menos el declive (¿definitivo?) del racismo. Pero no fue así en muchas de nuestras democracias. El desarrollo económico de la posguerra hizo objeto de racismo tanto a la mano de obra inmigrante en Europa, un racismo que tenía, además, un componente de “inferiorización” y de explotación de los extranjeros, corrientemente llamados “trabajadores inmigrantes”.

Unas situaciones similares sufrieron los descendientes de los esclavos en los EE.UU., tema que el sociólogo norteamericano Olive C. Cox, en su libro Caste, Class and Race (1948), desde un análisis marxista, considera que el racismo “es producto del capitalismo y se inscribe en las relaciones de dominación donde una clase superior, blanca, explota al proletariado negro”.

Volviendo a Europa, hay que recordar el discurso del político conservador británico Enoch Powell pronunciado en Birmingham en 1968, el cual reactivó el racismo al señalar que correrían “ríos de sangre” en el Reino Unido si la política que él proponía al Partido Conservador no adoptaba medidas tales como el control estricto de la inmigración, medidas de repatriación de los inmigrantes y el reagrupamiento familiar en el país de origen, así como la oposición a la legislación sobre discriminación racial que, según él, ”daría a los británicos de color más derechos que a los blancos”.

Surgió entonces un “racismo renovado”, del cual hicieron bandera, tanto entonces como ahora, las derechas autoritarias y grupos neofascistas. A partir de este momento, la argumentación racista pasará a basarse en la “diferencia” de los grupos y colectivos objeto del rechazo por su distinta cultura, por su lengua, su religión, sus tradiciones y sus tradiciones. Este racismo “renovado” ha sido estudiado por el politólogo Martin Baker en su libro The New Racism (1981) en el cual analiza este concepto como “el paso de la inferioridad biológica a la diferencia cultural en la legitimación del discurso racista”.

A su vez, Wieviorka destaca, a modo de advertencia, la constatación del retorno del racismo, incluso en sociedades “de las que se podía esperar que se estuviesen deshaciendo de una vez por todas”, como el caso de Alemania tras el negro pasado que supuso el nazismo o, en otros países que, tras la descolonización, se suponía, que se “debía provocar la decadencia del racismo colonial”.

Es por ello, que el citado autor nos advierte de que, ante la realidad de los hechos, ante la evidente emergencia del espectro racista en nuestras sociedades, hay que romper “con las ingenuidades de un evolucionismo demasiado optimista” y ello, a pese de la desaparición del régimen del apartheid de Sudáfrica en 1993.

Como comprobamos cada día, el tema del racismo está fuertemente entrelazado con el de la inmigración y los inmigrantes se convierten, desgraciadamente, en el primer objetivo de los racistas. Ante esta situación, el citado autor considera que hay dos habituales respuestas que no resuelven la retroalimentación entre el racismo y la inmigración pues ambas “pecan de la misma torpeza”: por un lado, la de negar cualquier límite a la inmigración, lo que, según él “puede revelarse como demagógico y prácticamente irrealista” y la contraria, la de alinearse con las posiciones de la extrema derecha, aceptando “la amalgama del racismo y de la inmigración”, lo cual, se apresura a decir, “es sociológicamente falso, moralmente cuestionable y políticamente ineficaz”.

Por ello, el antirracismo más eficaz es aquel que aboga por lograr consensos políticos sobre el control de los flujos migratorios por parte de los principales partidos políticos del arco parlamentario además de fomentar medidas de integración social que hagan frente al discurso neoliberal en tanto que éste cuestiona las políticas sociales estatales de solidaridad, así como frenar política e incluso judicialmente, las ideas y las acciones de los nacionalismos excluyentes tanto en cuento hallamos en ellos corrientes xenófobas, racistas y, en su caso, antisemitas.

Por todo lo dicho, el racismo es todo un desafío que, para ser honestos, no hay que tratar ni en exceso, viéndolo como una plaga masiva, ni tampoco banalizándolo o minimizándolo. Y es que, como nos recuerda a modo de conclusión el varias veces citado Wieviorka, el racismo está “inscrito en los mecanismos del funcionamiento y del cambio social, es susceptible de extenderse cada vez que las instituciones y el sistema político son incapaces de aportar un tratamiento democrático a dificultades sociales o culturales, y más aún, a su combinación”.

Es por ello que las democracias debemos estar atentos y alerta a la infiltración del espectro racista tanto en las instituciones y en la vida política ante la irrupción de los emergentes grupos xenófobos y racistas y de sus mensajes demagógicos y alarmistas.

Frente a los exabruptos racistas, ha realidad de los hechos de nuestras sociedades multiculturales se impone y ello supone un ejercicio permanente de tolerancia y respeto tanto por parte de las instituciones como de nosotros, los ciudadanos. Como señaló en su día la periodista Maruja Torres, “Nuestra Europa será mestiza o no será”.

El espectro del racismo