lunes 24/1/22

Anticomunismo patán

Llamar comunista a alguien en España es un orgullo inmenso. Ellos fueron principalmente quienes forzaron la salida democrática de España tras la muerte del dictador más criminal de nuestra historia.
marco ana

En nombre de la Iglesia, de las iglesias, se ha asesinado a millones de personas en todo el mundo, en cualquier época, por cualquier cosa que fuese contra el orden establecido, ya fuese un descubrimiento científico, una opinión política o una opción sexual. Nada ha matado tanto como la religión a lo largo de la historia. Sin embargo, y pese a ello, creo que todo el mundo tiene derecho a creer en el dios que más le guste sin que nadie pueda ni deba impedírselo. Las creencias religiosas debieran ser parte de la intimidad de las personas, de su acerbo particular, y por tanto respetadas por todos. El problema surge cuando la religión -en el caso de la católica desde Constantino y Teodosio- se convierte en un instrumento de poder que intenta imponer a todos no sólo una forma de pensar, sino una de ser y de sentir. Es entonces cuando la religión deja de ser respetable para convertirse en una opción política extremista siempre aliada a la parte más reaccionaria, poderosa y opresora de la sociedad.

Desde que Steve Bannon y los suyos decidieron emprender la cruzada por los derechos de los blancos más ricos del planeta, la estrategia de los partidos ultraderechistas -representados en España por Abascal, Casado y Ayuso- consiste en apropiarse palabras tan hermosas como libertad, dando a entender que es libre aquel que puede tomar cañas como y cuando quiera y pase lo que pase como si eso fuese un acto revolucionario o transgresor o el que no paga impuestos porque no le da la gana, mostrando de esa manera un espíritu cívico encomiable y una liberalidad que para sí hubiese querido el mismísimo John Locke. Al mismo tiempo, los ultraderechistas de este tiempo han encontrado un calificativo ya usado en los años treinta para descalificar a todos los que no piensan igual que ellos y creen en la posibilidad de crear un mundo más justo, libre y solidario para todos, incluidos los negros, los amarillos, los homosexuales, las mujeres, los ateos y los pobres: ¡¡Comunista!!, esa es la palabra. Comunista es el Papa Santo de Roma, comunista es Pedro Almodóvar, comunista es Pedro Sánchez, comunistas también Ángela Merkel y Joe Biden. La estrategia no tendría la menor importancia, ya que llevan usándola desde 1848, si contásemos con una población instruida, con memoria y capaz de separar la paja del trigo, pero mucho me temo que el sentido común que esporádicamente habitó entre nosotros se está diluyendo en un miasma que impide razonar.

Salvo en los países azotados por las dictaduras estalinistas, los comunistas siempre estuvieron a la cabeza de la lucha por las libertades democráticas

El comunismo nació como tal tras la publicación del manifiesto de ese nombre firmado por Marx y Engels en 1848. Elaborado como una declaración de mínimos para transformar la sociedad, nunca se ha llevado a la práctica pese a los intentos de Lenin o Mao, quedándose en la estatalización de los medios de producción, el control de las libertades individuales ante el acoso exterior y la resistencia de los oligarcas antiguos y en un nacionalismo que nada tiene que ver con las ideas comunistas. En nombre del comunismo que no fue murieron muchas personas disidentes, no tantas, ni mucho menos, como las que han muerto y mueren en nombre de Dios, pero salvo en los países azotados por las dictaduras estalinistas, los comunistas siempre estuvieron a la cabeza de la lucha por las libertades democráticas. Eran comunistas principalmente quienes organizaron la resistencia antifascista en Italia, Francia, España, Alemania, Holanda, Yugoslavia o Grecia, hasta tal extremo que hoy sería imposible contar la historia de la liberación de esos países -de España no, aquí teníamos un tirano protegido por Estados Unidos- sin contar la historia de los distintos grupos de maquis que se jugaron la vida por la libertad de todos. En España, los maquis fueron asesinados de forma atroz por la policía de Franco, que no dudó en matar bebés, ahorcar a los guerrilleros en los árboles de los pueblos, descuartizarlos o torturarlos más allá de lo humanamente imaginable. Fueron comunistas quienes organizaron la resistencia antifranquista y comunistas quienes se infiltraron en los aparatos del Estado para dinamitarlo desde su interior, no para implantar el comunismo en España, sino para que en nuestro país fuese posible un régimen de libertades.

Mientras los maestros y padrinos de quienes hoy encabezan las direcciones de los partidos derechistas españoles convivían con los hombres de la dictadura, gozando de su protección y sus dádivas, Marcos Ana, poeta comunista, se pudría en la cárcel por haber defendido a la República de los ataques del nacional-catolicismo hispano y del nazi-fascismo europeo. A Marcos Ana lo condenaron a muerte en un juicio sumarísimo en el que se le acusaba de haber matado a tres personas, entre ellas a un cura. Sin embargo, resulta que ya habían condenado a otras decenas de personas por el mismo delito, por el asesinato de esas tres mismas personas. Conmutada su pena por la de sesenta años de cárcel -dos penas de treinta años- Marcos Ana pasó veintitrés años en distintas cárceles franquistas donde fue torturado hasta lo indecible. Marcos Ana era casi un niño cuando lo condenaron y salió de la cárcel en 1961 gracias a la campaña mundial organizada por Amnistía Internacional. El mismo año en que recuperó la libertad, el ministerio de Información y Turismo que dirigía Manuel Fraga Iribarne, hizo público un folleto titulado: “Marcos Ana, asesino”.

Cualquier persona que haya conocido o leído a Fernando Macarro Castillo sabe que es imposible que ese hombre, hijo de jornaleros católicos muy pobres, hubiese sido capaz de cometer crímenes de ningún tipo. Cualquiera que se haya acercado un poco a la historia reciente de nuestro país sabe que sin renunciar nunca a sus ideas, jamás destiló odio en ninguna de sus actividades, que luchó siempre por buscar soluciones de concordia y que escribió un libro maravilloso llamado Decidme como es un árbol. En una de las múltiples sesiones de tortura brutal a la que fue sometido, el policía encargado de destruirlo, le preguntó: -¿Y usted por qué no se rinde, por qué resiste tanto, por qué hace todo esto? Marcos Ana, con varias costillas rotas y ensangrentado, le contestó: “Para que mañana nadie te pueda hacer a ti lo que tú me estás haciendo a mí ahora”.

Marcos Ana fue un hombre carente de odio, un luchador por las libertades incansable, un ser humano que fue más allá de lo que humanamente se puede pedir a una persona. Como él muchos otros comunistas resistieron a la policía fascista española para dar voz a la dignidad de un país. Llamar comunista a alguien en España es un orgullo inmenso: Ellos fueron principalmente quienes forzaron la salida democrática de España tras la muerte del dictador más criminal de nuestra historia. Hoy quienes pretenden descalificar a personas o partidos con ese calificativo, sólo están haciendo un fiel autorretrato de su condición y de lo que es la indignidad humana.

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