29 de octubre: La Dana, un año después
Necesitamos tu ayuda para seguir informando
Colabora con Nuevatribuna
Celín Cebrián | @celincebrianvaliente
Hoy, 29 de octubre de 2025, un año después, se celebra el homenaje por los damnificados de la DANA. Aquel día la actualidad escribía la tragedia, siempre tan incomprensible. El tiempo traía incertidumbres que desafiaban la existencia y la rabia explotaba sobre los rostros en una exhibición inevitable de sinceridad. El corazón palpitaba en silencio, mientras cada cual caminaba sobre la vida como podía.
Por todos aquellos lugares por donde había pasado la DANA, comenzaron a llenarse de personas llegadas de todos los rincones, de miles de jóvenes, de voluntarios…, dispuestos a ayudar con el corazón y con sus manos
Al día siguiente, en plena calle, la voz se quebraba ante el micrófono; también la prosa, que, al llenarse de barro, enmudecía y quedaba paralizada frente a los barrancos. A unos metros, se escuchaba un grito de dolor propiciado por la herida, que sangraba, convertida en un romancero repleto de injurias que caían sobre el suelo embarrado para ser pisoteadas por las prisas de la gente y por la dureza de aquella inesperada realidad, que era donde iban a parar todas las miradas en busca de la vida, de cualquier indicio que les hiciera sospechar que bajo los escombros todavía quedaba alguien palpitando, aunque fuera un simple suspiro, algo que les asegurara que seguían atados a la existencia, mientras la luz de la linterna iluminaba la tristeza, un mapa de caras asustadas en el que estaban todos juntos, agrupados…, tiritando de frío, vestidos con cuatro trapos, y desolados por la tragedia y la decepción.
Imágenes salvajes de aquella actualidad rotunda, que desdibujaba a la multitud, presa del desconcierto, formada por seres erráticos que iban y venían por las calles sin saber cuál era su destino.
Pasaban las horas y el ánimo se desplomaba al ver cómo el agua se subía hasta donde no llegaba el aliento. El aguacero, calle abajo, zarandeaba la vida, cuando no la estrellaba contra las casas como si fuera una muñeca de trapo. Lo único que iba quedando era barro y soledad. Pero al poco, se escuchó la voz inesperada de un chico que, asomado por la ventana, le dio un consejo de ánimo y de esperanza a una señora. Y al rato, María apareció con unas botellas de agua en la mano por el hueco donde antes había una puerta, arrancada por la corriente…Y también vimos a Juan, que por fin había conseguido que la vecina de enfrente, que vivía en el 2ª B, le diera unas cuantas medicinas. Quizás se tratasen de pequeñas cosas, pero esos detalles, esos gestos empezaron a traer algo de claridad y ayudaron a que la gente fuera recuperando la ilusión, que no era poco. Era una manera a de agarrarse a la realidad como fuera, como horas antes, tal que ayer, cuando comenzó todo, se habían agarrado a las rejas de las ventanas o a un árbol. Ahora, un día después, están totalmente convencidos de que saldrán del trance y que podrán regresar a sus vidas, a los días de siempre, aunque saben que no será fácil olvidar lo sucedido, ni a sus seres queridos.
Aquel día, una nube pasó sin mirar y otra se detuvo en el cielo, muy enfadada. Entre ambas, surgió el relámpago. Tras él, los truenos, los tambores de guerra, que convencieron a un montón de nubes negras, que oscurecieron en seguida el horizonte. Bajo el aguacero y la tormenta, vino la superación, el poema que les ayudó a recorrer el difícil camino, el mismo, que, en pocas horas, se convirtió en una metáfora, en un tránsito emocional y en un símbolo de superación.
La vida se desplomó como una sombra dando la sensación de que ya no quedaba nada, ni tan siquiera fuerzas. Pero, horas más tarde, por todos aquellos lugares por donde había pasado la DANA, comenzaron a llenarse de personas llegadas de todos los rincones, de miles de jóvenes, de voluntarios…, dispuestos a ayudar con el corazón y con sus manos. Todos iban con las botas puestas, la mochila en la espalda... Sin nada para beber, sin comer y sin saber qué sería de ellos…, pero, aun así, tenían la fortaleza de seguir adelante, seguros de que no querían quedarse en mitad de la historia. Al día siguiente, muy temprano, mirándose a los ojos, volvieron a unirse en un pulso, compartiendo las ideas y las ganas de ayudar, de caminar…y, por qué no decirlo, las ganas de vivir, algo que generó entre ellos un sentimiento admirable de superación que se propagó por la calles como un perfume irresistible o un mensaje evocador, a pesar de las tinieblas.
Después de aquel 29 de octubre, volvió a llover. También volvió el frío, y el miedo…, pero lo que regresó, sobre todo, fue el deseo de caminar todos unidos para asimilar aquella dura experiencia que habían vivido, sabiendo que había sido un reto de superación personal y una muestra innegable de fortaleza, de amor, y de gratitud. Sabían que, con el tiempo, cuando estuvieran a solas y recordasen aquellos momentos, no podrían evitar que alguna lágrima resbalase por las mejillas, presos de la emoción. Cada cual contaría lo sucedido a su manera, dependiendo del estado de ánimo o de la forma que lo hubiera guardado en su memoria. Otros, seguramente que la plasmarían con su pluma en las hojas del otoño, porque lo que se escribe ahí queda y le otorga un halo de respeto y de solemnidad. Y así, la historia, con los días, iría de boca en boca, de unos a otros…, para que no se olvidara nunca más. Una y otra vez volverán los recuerdos, los ecos de aquellas voces, las fotografías de entonces…, los nombres de tantos héroes anónimos… Todo quedará para siempre grabado en la memoria colectiva. Es lo que tienen las historias poderosas, infinitas… Nunca se borran porque son demasiado humanas.