Unas declaraciones del Comisario Europeo de Empleo han vuelto a poner sobre la mesa la propuesta del contrato único, como uno de los ingredientes para una vuelta de tuerca más a la Reforma Laboral...

Unas declaraciones del Comisario Europeo de Empleo han vuelto a poner sobre la mesa la propuesta del contrato único, como uno de los ingredientes para una vuelta de tuerca más a la Reforma Laboral. Y otra vez aparece un debate que expresa el grado de desconcierto y de desesperación de la sociedad frente al drama del desempleo masivo.

La propuesta de contrato único nace hace unos años de la reflexión de un grupo de economistas de FEDEA, a partir de la dualidad en el mercado de trabajo, que ellos identifican únicamente con la segmentación entre fijos y temporales y de la que responsabilizan a la legislación laboral.

Desde sus inicios, el debate ha sido un poco esperpéntico y se ha construido sobre algunas falacias. Sus proponentes identifican la dualidad entre trabajadores sólo entre fijos y temporales, obviando la gran segmentación que hay en el conjunto. Responsabilizan de esta dualidad a la regulación legal y especialmente a la existencia de diferentes modalidades de contratación, y ofrecen como solución mágica un único contrato que tiene tres características: es acausal, es decir, que se puede ser rescindido en cualquier momento y de manera unilateral por parte de la empresa; impide el acceso a los Tribunales por parte de los trabajadores y tiene prefijada una indemnización progresiva en función de los años de antigüedad,
cuya particularidad es ser menor que la de los actuales contratos indefinidos. O sea, que la dualidad desaparece convergiendo hacia menos garantías y menos indemnización.

Ante las críticas a la clara inconstitucionalidad de la propuesta llegadas desde todos los ámbitos, por vulnerar el artículo 35 de la CE  y los Convenios de la OIT, sus proponentes hacen algunos ajustes en su propuesta, pero mantienen sus ejes fundamentales. Es una propuesta que después termina siendo acogida en el debate de la Reforma Laboral por UPD.

En todo caso, y a estas alturas de la historia, el debate hoy, con 6,2 millones de desempleados, ya está situado en otra galaxia.

Sugiero tres reflexiones: ¿son las modalidades de contratación el problema y su cambio la solución al 27% de desempleo? ¿La dualidad en el trabajo es sólo entre fijos y temporales y su causa está en la Ley laboral? ¿Estamos ante la enésima evidencia de que se está aprovechando la crisis y el impacto social de un paro masivo para imponernos reformas que desregulen y precarizen más las relaciones de trabajo?

¿De verdad alguien cree que, en estos momentos, la causa del desempleo masivo reside en la "rigidez laboral" y en el "exceso de protección" de los trabajadores con contrato indefinido? Esta es la filosofía explícita de los proponentes del contrato único.

El origen del desempleo masivo no es laboral, sino económico, y tiene tres grandes causas. Las empresas no tienen financiación, a pesar de los muchos recursos públicos abocados al saneamiento del sector financiero. Por eso, a diferencia de lo ocurrido en otras crisis, caen empresas sólidas con productos y mercados, pero sin financiación. En España, tres de cada cuatro empleos dependen del consumo interno de familias y sector público. Y con un 27% de paro, una reducción salarial de la mayoría,  pánico entre los que aún tienen trabajo y ajustes salvajes  en gasto público, no hay quien consuma. Por eso están fallando las pocas medidas de incentivo a la contratación. El problema no es de oferta de mano de obra y de costes de contratación, sino de escasa demanda de bienes y servicios y de quién puede hoy consumir en España, por muy bajos que sean los costes de producción. El sector exportador, que es el único que ha aguantado, está en sus límites. Primero, porque ha mantenido y aumentado cuota de mercado, con un ajuste de precios que no es infinito; y segundo, porque nuestro principal mercado exportador es la UE y la política de austeridad generalizada reduce la capacidad exportadora, que, insisto, ocupa sólo a uno de cada cuatro ocupados.

En relación a la dualidad entre trabajadores, conviene recordar que  no es sólo entre fijos y temporales y que tiene su origen no en la Ley laboral, sino en nuestro débil y peculiar modelo productivo. Hoy, la segmentación entre trabajadoras y trabajadores se produce entre los propios de la empresa y los externos (ETT, empresas de servicios); entre los de las empresas centrales y los de las periféricas, la mayoría subcontratadas. También, entre nacionales e inmigrantes. Y así, una larga lista.

¿Dónde está el origen de esta gran segmentación? Hay una causa común en todos los países desarrollados. La competencia global ha puesto en marcha modelos de competitividad basados sólo en la reducción de costes, lo que comporta tres décadas de degradación de las condiciones de trabajo para los nuevos trabajadores. Y las falsas soluciones que se plantean para evitar la segmentación laboral es armonizar hacia abajo en una carrera sin fin. La imagen que mejor define este proceso es la de las carreras de canódromo, en las que el galgo no alcanza nunca a la liebre eléctrica, programada para no ser alcanzada. ¿Qué son,  si no,  los “minijobs” alemanes?

Pero hay unas causas propias, de modelo productivo español, que nos hacen peculiares y que elevan la segmentación a su máxima potencia. Nuestro tejido productivo tiene algunas características perversas: primero, un elevado peso de actividades muy estacionales, como el turismo de temporada –no todo el turismo es igual– y muy ciclotímicas o surfistas, especialmente sensibles a los ciclos. Ello, sin duda, incentiva el uso de contratos temporales. Segundo, una estructura de pequeña y micro empresa –el 96%, de menos de diez trabajadores– que tiene dificultades para usar los mecanismos de flexibilidad interna de la relación laboral y busca la facilidad para la rescisión de contratos. Tercero, el carácter periférico de nuestras empresas en la distribución mundial del trabajo, que provoca que sus decisiones estén muy sometidas a las estrategias y ritmos que adoptan las empresas centrales –el caso más evidente es el del automóvil–. Cuarto, la apuesta por una competividad de costes y no de calidad del empleo, que desincentiva en las empresas el interés por la estabilidad. Cuando se ha invertido mucho en formación e implicación, prescindir del trabajador tiene costes, pero cuando es exactamente lo contrario, la permanente rotación de trabajadores no es vista ni como problema ni como un sobrecoste.  En estos cuatro factores reside el origen profundo de nuestra elevada segmentación laboral.

A pesar de que, insisto, el principal problema hoy no es la dualidad entre fijos y temporales, no me resisto a comentar que el origen de esta dualidad está en la Reforma Laboral de 1984, que creó por primera vez un contrato temporal sin causa, es decir, que podía servir para tareas permanentes y con posibilidad de rescisión unilateral por parte de las empresas. Busquen ustedes la exposición de motivos del Gobierno de Felipe Gónzalez y comprobarán cómo se justifica lo que entonces fue un estado de excepción en la legislación laboral, en base a la necesidad de incentivar la creación de puestos de trabajo.  A partir de ese momento, la historia se repite cada pocos años. Ante la persistencia del desempleo se proponen nuevos mecanismos de desregulación laboral. Y en la medida que cada reforma genera nuevas distorsiones, la siguiente propone continuar por la misma senda. Así llegamos a la legalización de las ETT o a la consideración de autónomos de todos los transportistas, antes laborales, en la Reforma Laboral de 1994, o al “despido express” en la de 2012. Y así hasta el infinito. El argumento siempre es el mismo; sangrar el cuerpo del enfermo es la solución a la enfermedad del paciente, pero el problema es que aún se le sangra poco.

Llegados a estas alturas de la reflexión, cabe preguntarse por qué ante tales evidencias se continúa insistiendo en estrategias de respuesta al desempleo masivo que no apuntan al origen del problema y que compiten en ver quien genera más desregulación. Sólo se me ocurren tres hipótesis ante tanta contumacia: una, que se trata de ignorancia en relación a la realidad de nuestro tejido productivo y nuestro modelo de relaciones laborales; dos, que el fundamentalismo que han alcanzado algunas ideas impide ver la realidad. O tres, que puede que todo sea más sencillo y estemos ante quienes creen que la intensidad y profundidad de la crisis representa una gran coyuntura para imponer un modelo precarizado de relaciones laborales y de competitividad y que una oportunidad así no debe ser desaprovechada.

Vean, si no, la última propuesta que hemos recibido de la Troika: nos ofrecen aflojarnos el dogal del déficit a cambio de que nosotros nos autoimpongamos los grilletes de las contrarreformas de por vida.