Tiene mérito la supervivencia hasta hoy de un equipo pringado hasta los ojos por el lodo de la corrupción y con el que nadie quería pactar, pero ante el que después todos han acabado cediendo

Tiene el Gobierno Rajoy la apariencia de un sólido edificio en cuyos cimientos ya humea el explosivo que habrá de derribarlo. Huele a cadáver. A muerto viviente. Con Cataluña enquistada y Euskadi comenzando a pedir más cuotas de autogobierno; con Ciudadanos creciendo en todas las encuestas -y no solo, como antaño, en las cocinadas por El País-; y con Pedro Sánchez haciendo lo que mejor sabe hacer para seguir ganando votos -esto es: permanecer callado y dejar que Podemos la cague- faltaba sólo un nuevo tsnumami de noticias sobre la corrupción para que el Gobierno con menos diputados en el Parlamento de la historia de la democracia española amenazara definitivamente ruina.

Con todo, tiene mérito la supervivencia hasta hoy de un equipo pringado hasta los ojos por el lodo de la corrupción y con el que nadie quería pactar, pero ante el que después todos han acabado cediendo. Al menos, hasta ahora. Pactó la investidura el PSOE. Los presupuestos el malhumorado PNV y la hoja de ruta gubernamental un Ciudadanos que sólo se acuerda de atizar a Rajoy cuando cae en la cuenta de que a lo mejor podrían ser el siguiente partido en llegar a la Moncloa.

Mientras, Podemos continúa su peculiar travesía por el desierto. Y más allá de que su posicionamiento en Cataluña le haya restado el voto del centralismo fanático o de tropiezos innecesarios como el «portavoza» de Montero -la inquina con que la derecha se ha lanzado a por ella casi justifica la invención de este palabro-, lo cierto es que sigue sin enganchar de nuevo con el que fue su mensaje en el año 2014. E Iglesias ya no tiene cara de Moisés. Más bien al contrario, parece el faraón enojado al que la plebe se le ha sublevado y que no conoce otra estrategia que el látigo. El tic estalinista.

Después de purgas y depuraciones, después de unos meses de prietas las filas, después de equivocarse en su férrea alianza con partidos como ERC que no han dudado jamás en traicionarlo, lo cierto es que Podemos sigue sin saber dónde quiere situarse. Si ser la nueva Izquierda Unida y quedarse en el millón de votos habitual. Si tratar de vender de nuevo la milonga de la socialdemocracia para atraerse a los votantes más fieles del PSOE. O si recuperar el discurso de la transversalidad y el pueblo precario y, entonces, dar necesariamente por amortizado a Pablo Iglesias.

Quizás un Podemos más decidido, menos aficionado a la anécdota y más a la estrategia, más populista cuando convenga serlo -¿o no son populistas Ciudadanos y PP con, por ejemplo, Cataluña y la cadena perpetua revisable?- sería el ariete necesario para derribar de una vez el encastillamiento del PP. Y avanzar así en los cambios legales que este país necesita.

De momento, ha acertado el partido morado al ponerse junto a Ciudadanos en la reivindicación de una ley electoral más proporcional y justa. Ley que de salir favorecería la fragmentación parlamentaria, restaría poder al PP y obligaría a todos a pactar… con todos. Sin líneas rojas ni vetos infantiles, a los que tan habituados son también en el equipo de Iglesias. Guardianes de unas esencias que ya no emocionan ni a los más nostálgicos de quienes conforman su electorado.

Quizás, un Podemos más decidido recuperara un poco de terreno y podría convertirse, de nuevo, en un útil para el cambio político en este país, que tanto huele a cerrado. Si no, puede ser que Rajoy aguante contra viento y marea. Y tengamos presidente para unos cuantos años.