TÉRMINO QUE SE TRADUCE COMO “PAQUETE O BULTO”

Colis: el miedo a la maleta

Por Francesco Zucconi | La palabra colis se la enseñaron los italianos a los franceses en el siglo XVIII, antes de dejarla en el baúl y olvidarla casi por completo.

Rojas, azules, verdes, de lunares. Las queremos coloridas, de diseño, aerodinámicas, de dos o cuatro ruedas, que mejoran la estabilidad. Cualquiera está dispuesto a gastar decenas, cientos o incluso miles de euros por una. Se compran vacías, en el súper, en el mercado, en la boutique de lujo o en internet. Las venden individualmente o por parejas, en diferentes formatos, en formato familiar. Es un buen negocio, trato hecho.

Sin embargo, algo extraño persiste. Algo como una ansiedad ampliamente compartida y generalmente inconsciente. Son las maletas las que expresan nuestra ansiedad. No la contienen, no la guardan, más bien la 1transportan, la llevan de paseo. Las maletas son el mal de estos tiempos. Coloridas o no, opacas o brillantes, no podemos dejar de mirarlas con desconfianza o, al menos, asociarlas a la fatiga. Si la maleta es el mal, nosotros podríamos hacer el bien. Ya sea arrastrándolas cuando el suelo está liso o agarrándolas por la empuñadura mientras se deslizan sobre las baldosas pequeñas y desiguales provocando un ruido estridente. También podríamos cargarlas, sin maldecir, al pie de una escalera infinita o ayudar a un amigo, a una señora encantadora o a un desconocido que, sobrecargados de equipaje o por un descuido, ponen en peligro la tranquilidad de su viaje al olvidarlas en el autobús, en el aeropuerto o en el metro.

Sin importar en qué ciudad europea se viva, es común conocer de memoria las advertencias realizadas -en varios idiomas- del tipo: “vigile su equipaje en todo momento.” La llegada de la policía o de los cuerpos especializados en desactivar artefactos explosivos es una amenaza que, en el mejor de los casos, se limitará a controlar el equipaje y, en el peor, lo harán explotar, evitando así el temor de que pueda hacerlo por sí solo, ahora o más adelante, tarde o temprano, pero en cualquier caso, potencialmente. En los espacios públicos de París, por ejemplo, un altavoz repite continuamente: Ne vous séparez pas de vos bagages. Signalez-nous tout colis suspect ou abandonné” (No se aparte de su equipaje. Reporte cualquier paquete sospechoso o abandonado). Esta medida de seguridad ha sido concebida como una respuesta preventiva a los atentados terroristas que se han producido en los últimos años en esa y en otras ciudades europeas. Una medida de seguridad, un mantra que parece basar su eficacia en ese imaginario fóbico que se repite continuamente con una frecuencia de pocos minutos.

En 2017, Ratp (la empresa que gestiona la red de transporte de la ciudad de París) ha implementado una nueva estrategia de comunicación y sensibilización para los pasajeros. Mientras la voz del altavoz continua impávida repitiendo las pocas palabras de la frase antes mencionada, una serie de carteles cuidadosamente diseñados cubrieron las paredes de la estación 303 del metro durante semanas. Se trataba de la campaña “Affaires oubliées, traffic perturbé” (Objetos olvidados, tráfico alterado).

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En el centro de la imagen podía verse una maleta de cuero marrón, una de colores brillantes o una mochila de última moda seguidas de una serie de frases que explican las diferentes formas de disturbios causados por el simple hecho de haberlas dejado -no necesariamente de mala fe- en alguna parte. Una maleta olvidada es “un peluche perdido” (para la pequeña Emma). Una maleta olvidada es “un paquete sospechoso” (para la policía). Una maleta olvidada es “una hora de retraso” (para los viajeros).

Si esta campaña intenta, por un lado, tecnificar y optimizar la cuestión individual y social de las maletas, por otro, para atraer la atención y conseguir la eficacia en los viajeros-espectadores, recurre al imaginario contemporáneo del equipaje-fóbico.

El mensaje repetido continuamente por los altavoces en la nueva e innovadora campaña lanzada por Ratp recalca una palabra. Una palabra que se repite tanto en el mensaje de información como en el de sensibilización. Esta palabra es colis. Este término es muy común en francés, aunque casi nadie conoce su origen.

La palabra colis se la enseñaron los italianos a los franceses en el siglo XVIII, antes de dejarla en el baúl y olvidarla casi por completo. Como explica el diccionario etimológico, se trata de un término comercial utilizado inicialmente en Lyon y Marsella, ciudades en las que el tráfico con Italia era más intenso. Es un término que puede traducirse como “paquete o bulto”, pero que literalmente significa “cuello”: el cuello de los porteadores, como metonimia (y unidad de medida) de las cargas importantes. En Italia, los almaceneros todavía utilizan, a la perfección, el término collo (cuello) para describir cualquier envoltorio, caja o bulto transportable.

Entonces, ¿qué nos dice este extraño término -colis- del miedo a la maleta en el que vivimos? Desde tiempos inmemoriales, quienes se trasladan de un sitio a otro suelen llevar equipaje más o menos voluminoso y más o menos dinámico. Sin embargo, ahora que el miedo y la socialización tienden a coincidir más que nunca, la maleta adquiere un estatus particular: da ruedas -que no alas- a las dudas y añade un elemento de desconfianza a un escenario de potencial socialización. Es una figura del secreto: una forma de la intimidad que se insinúa -se expone escondiendo- en el corazón de la vida pública. Desde este punto de vista, cada maleta es una maleta diplomática, es decir, una figura de la diplomacia entendida como la capilarización de una conducta estratégica, la encarnación de la frontera en proximidad a nuestro cuerpo.

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Desde los anuncios de los altavoces de las campañas de sensibilización de Ratp o de otras empresas de transporte, la maleta, en definitiva, sigue siendo motivo de gran preocupación. Mucho más para nosotros y para los que nos rodean cuanto más lejos está de nosotros, ya que más fuertemente nos separamos de nuestro collo o del collo de nuestro porteador.

Si se quiere aprender a no preocuparse y convivir con las maletas es necesario conscientizar que la maleta no es una cosa como todas las demás, sino un objeto especial que pide ser acompañada y asistida siempre, por nosotros o por alguien de nuestra entera confianza. Es el “objeto personal” (personal belongings, persönliche Sachen, pertenencias personales) por excelencia, por metonimia: objeto teórico de nuestra condición de personas. En defintiva, una maleta es un cuello.


Francesco Zucconi | Traducido del original en italiano por Sheila Sánchez Bergara, Investigadora y profesora de Ostelea School of Tourism and Hospitality