Cuando el 'no' es responsabilidad y sentido de Estado

Nunca un NO tuvo más sentido de Estado y de la responsabilidad pública que el que está defendiendo, con tenacidad y convicción, el líder socialista, Pedro Sánchez.

Pedro Sánchez, durante el debate de investidura de Rajoy en el Congreso.
Pedro Sánchez, durante el debate de investidura de Rajoy en el Congreso.

Produce vergüenza ajena escuchar a diversos líderes socialistas dedicar lo principal de sus energías declarativas a descalificar el NO que su propio Comité Federal aprobó y que mediáticamente encarna Pedro Sánchez

Hagamos un ejercicio de imaginación: un día de agosto de 2016, coincidiendo con el debate de investidura del candidato Rajoy, más de mil profesionales, cargos públicos, intelectuales y representantes del mundo de la cultura ocupan con sus firmas tres páginas del diario más importante de España pidiendo que un partido, el PSOE, sea responsable, tenga "sentido de Estado" y se abstenga para que el Partido Popular, con el candidato a la cabeza, siga gobernando. No es difícil imaginar que ese manifiesto sería la noticia que abriría todos los informativos de radio y televisión, que ocuparía el espacio más destacado de las portadas de todos los diarios y sería motivo de regocijo en la mayoría de las tertulias de moda. "Mil profesionales piden al PSOE, a Pedro Sánchez, responsabilidad, sentido de Estado para que se abstenga": un buen titular.

Descendamos, tras el ejercicio de imaginación, a la realidad: las 1.500 firmas que llenaron las tres páginas del importante diario no pedían eso. Por el contrario, pedían un acuerdo de mínimos entre las tres fuerzas de ámbito estatal que se habían presentado a las elecciones con un programa de cambio y regeneración, con un catálogo de propuestas coincidentes nada desdeñable, para abrir paso a un "gobierno de progreso" que acometiera una nueva etapa en nuestra realidad política e institucional. La noticia no abrió telediarios, ni ocupó espacios de privilegio en las primeras planas de los grandes diarios (ni siquiera en el que acogió las firmas), sino algún titular discreto y unas pocas columnas en páginas interiores. El mundo al revés.

EL “SENTIDO DE ESTADO” DEL PARTIDO POPULAR

Tras cuatro años de recortes, tras la permanente negativa a negociar con la oposición cualquier Ley, comenzando por la LOMCE, de enfrentamiento con los movimientos sociales y con los sindicatos, de desprecio al mundo educativo y a las organizaciones médicas y sanitarias, de imputaciones por corrupción a altos cargos del partido del gobierno y al propio partido (cinco imputaciones como tal) sin que se asuman responsabilidades políticas, de incapacidad y falta de iniciativa para dar solución al problema territorial de España, se trataría de permitir, “por responsabilidad”, su continuidad olvidando, de paso, que ya en 2013, cuando se hizo público el sms clave de la responsabilidad política de Rajoy (“aguanta, Luis, sé fuerte”), el portavoz socialista, Alfredo Pérez Rubalcaba, pidió su dimisión inmediata y declaró su absoluta incompatibilidad con ser presidente del Gobierno. Con echar la vista atrás, incluso con observar sus últimas actuaciones en el ámbito parlamentario estando con gobierno en funciones, se nos echa encima un inacabable catálogo de actuaciones que niegan el “sentido de Estado”, la “responsabilidad colectiva”, el respeto por las instituciones y el ordenamiento constitucional.

Por ello, sería paradójico, una auténtica vulneración de la lógica política y de la moral colectiva, que el principal partido de la oposición actuara con “responsabilidad” y con sentido de Estado para permitir, con su abstención, que la negación de la responsabilidad y del sentido de Estado, encarnados en Rajoy y en el Partido Popular, siguiera rigiendo los destinos de España. Es decir, avalar, en el fondo, al partido y al presidente que han pisoteado, un día sí y otro también, ambos conceptos. El mundo al revés.

Sin embargo, va siendo hora de que situemos el mundo en su estado natural y dejemos de mirarlo al revés. El análisis objetivo de la realidad vivida desde el 20 de diciembre hasta hoy nos dice que el único líder que ha actuado con responsabilidad y con sentido de Estado ha sido Pedro Sánchez. Y lo ha hecho con una concepción de la moral pública que nada tiene que envidiar a la vigente en los países más avanzados de la Unión Europea, donde un presidente como Rajoy llevaría años fuera de la política. Ese líder, que está representando la voluntad de cambio que se expresó en las urnas el 20-D y el 26-J mayoritariamente, es presentado por la inmensa mayoría de los medios como irresponsable, como empecinado, como político empeñado en el voto negativo para “salvar su cabeza” poniendo por delante intereses partidarios. En otras palabras, un loco que estaría dispuesto a desestabilizar el sistema para salvarse él.

PALOS EN LA RUEDA EN VEZ DE AYUDA Y COLABORACIÓN

Produce vergüenza ajena escuchar a diversos líderes socialistas, gobernantes en sus regiones en virtud de pactos cuyo objetivo esencial era constituir gobiernos estables que excluyeran al Partido Popular por las razones arriba enunciadas (aderezadas con las peculiaridades de cada región), dedicar lo principal de sus energías declarativas a descalificar el NO que su propio Comité Federal aprobó y que mediáticamente encarna Pedro Sánchez en vez de dedicarlas a exigir la salida de Rajoy y del PP por ser incompatibles, en los hechos, con términos tan elementales como democracia limpia, avanzada, honesta, transparente, participativa y responsable. ¿Acaso no podrían hacer una aportación valiosa a la resolución del problema de gobernabilidad de España ayudando, desde sus Comunidades, en la negociación de un gobierno alternativo al que encarnaría el PP? No olvidemos que en unos casos gobiernan gracias a acuerdos con Podemos y en otro (Andalucía) a un compromiso con Ciudadanos. ¿No beneficiaría acaso a sus Comunidades (a sus ciudadanos) un gobierno alternativo, limpio, de cambio y de progreso? ¿Por qué ese empeño en una abstención que sería un desastre para el futuro del PSOE y ese dibujo tremendista, en negativo, de cualquier intento de pacto para sacar del gobierno a Rajoy y al PP?

¿Aplicarían la misma vara de medir en sus respectivas Comunidades en una situación parecida? He ahí la cuestión.

Creo recoger el sentimiento de mucha gente, comenzando por los firmantes del manifiesto “Por un gobierno de progreso”, si afirmo que nunca un NO tuvo más sentido de Estado y de la responsabilidad pública que el que está defendiendo, con tenacidad y convicción, el líder socialista. ¿Por qué lo digo? Por una razón muy sencilla aunque los editorialistas de la casi totalidad de los medios se pronuncien en contra: hoy, en España, la estabilidad del sistema democrático, su imprescindible regeneración y la recuperación de la credibilidad y el prestigio ante los ciudadanos no están en la acera del PP. Tal afirmación es, además, una verdad que el propio PP se encarga a diario de ratificar: la negativa a rendir cuentas ante el Parlamento de ministros en funciones, la riada de mentiras que precedieron al frustrado nombramiento de Soria para el Banco Mundial en pleno proceso de investidura, son “pequeños” signos de por dónde van las cosas, de por dónde irían las cosas de seguir en el gobierno. 

¿GOBERNAR CON 85 DIPUTADOS?

Pedir al PSOE la abstención para que facilite la continuidad del gobierno de Rajoy supone tirar por el desagüe todo asomo del tan aludido sentido de Estado

¿Gobernar con 85 diputados, como de manera simplista afirma Susana Díaz, o con un acuerdo transversal basado en un conjunto de medidas compartidas y tasadas que se sustente en 188 diputados y 13.600.000 votos que expresa la mayoría regeneradora, de cambio que se manifestó en las urnas orientando su voto hacia el PSOE, Ciudadanos y Unidos Podemos? Ese acuerdo, hoy más difícil pero no imposible (ya veremos si fracasa el segundo intento de investidura de Rajoy, no todo está dicho), sí sería la expresión más acabada del sentido de Estado y la responsabilidad colectiva e institucional en un momento especialmente difícil para el país. Digo más: sería el acuerdo que permitiría sumar a otras minorías (canarios, PNV…) para abordar profundos cambios vinculados con la reforma de la Constitución y el blindaje de los derechos sociales, con la reforma del Senado y las Diputaciones, con la lucha contra la corrupción y por un mayor grado de transparencia, con el modelo territorial… Un acuerdo de la izquierda que vaya más allá de la izquierda, tal y como subrayé en mi artículo “La izquierda bloqueada” publicado en este mismo medio hace algunos meses. ¿Por qué cargos públicos como el presidente de Extremadura, o el de Aragón o Asturias, o la propia presidenta de Andalucía no reman en esa dirección? Su peso político, institucional y moral podría jugar un papel fundamental en ese posible acuerdo (que, además, no estaría sometido a las servidumbres independentistas) en vez de trabajar a la contra y sobre el caballo de la permanente negatividad.

Debería quedar muy clara, a ese respecto, la realidad que encubren toneladas de papel, horas y horas de tertulias superficiales y llenas de lugares comunes, de espacios informativos de radio y televisión sesgados de manera a veces sutil y a veces descarada: pedir al PSOE la abstención para que facilite la continuidad del gobierno de Rajoy y de un PP que, junto a su pasado, se enfrenta a un futuro de permanentes presencias en los juzgados a cuenta de sus innumerables casos de corrupción es irresponsable, supone tirar por el desagüe todo asomo del tan aludido sentido de Estado y es provocar una gravísima herida (de casi imposible curación) en un sistema democrático que demanda con urgencia regeneración, transversalidad, acuerdo y máxima credibilidad. Cierto que se exige que los políticos negocien, que trabajen por evitar nuevas elecciones. Pero curiosamente, sólo se subraya una dirección en los posibles acuerdos: con el Partido Popular. ¿Por qué no se realiza el mismo esfuerzo en subrayar y alentar posibles negociaciones y acuerdos de transversalidad entre las fuerzas llamadas del cambio? Creo que ése y no otro es el desafío en caso de que el PP mantenga su incapacidad para concitar nuevos apoyos en el segundo intento de investidura de Rajoy. Las terceras elecciones son evitables. Y en ello deben empeñarse las fuerzas políticas del cambio. Pero no a cambio de tragar con otros cuatro años de gobierno Rajoy. Si al final hay que ir a ellas, el mundo no se hunde… Siempre que se evite que sean en Navidad. Por supuesto.


Manuel Rico es escritor y firmante del Manifiesto por un Gobierno de Progreso