sábado 24.08.2019

La izquierda bloqueada: ¿equivocarse para una década?

Lo que precisa la política española es, más que un pacto de izquierdas, un pacto desde la izquierda que vaya más allá de la izquierda.

Lo que precisa la política española es, más que un pacto de izquierdas, un pacto desde la izquierda que vaya más allá de la izquierda

Hace algunos meses, el secretario general de Podemos hacía un panegírico de la transversalidad y planteaba, en un debate en una cadena privada, en hora de máxima audiencia y ante un periodista de moda, la posibilidad de acordar con Rivera y con un partido como Ciudadanos el desarrollo de un catálogo de reformas institucionales y contra la corrupción, algo que repitió en otros foros. El paso de los meses y los acontecimientos posteriores al 20D han puesto de relieve, sin embargo, que esa apuesta era coyuntural, que estaba vinculada a la obtención de apoyos electorales (lo que exigía una actitud moderada y un mensaje que tranquilizara a los votantes más templados) y que no respondía a un sincero convencimiento de su necesidad para dar respuesta a las demandas institucionales, políticas y socioeconómicas de un país sumido en una profunda crisis que afecta a todos los planos de la vida. De que era un simple señuelo electoral pudo darse cuenta la sociedad española cuando se inició el proceso de negociación de un nuevo gobierno a partir del mapa político y parlamentario de las elecciones de diciembre. La transversalidad pasó al armario de los trastos viejos, la posibilidad de pacto con Ciudadanos para acometer reformas democráticas imprescindibles, quedaban olvidados y, sin evaluar los efectos que podía tener sobre la militancia y el electorado del PSOE, Iglesias se lanzó a la defensa de un “pacto de izquierdas” o “a la valenciana” cuyos contenidos quedarían enterrados por la exigencia de una vicepresidencia y varios ministerios, es decir, “sillones” y no políticas. La invitación a ese pacto, para facilitar las cosas, se acompañó de una cadena de provocaciones que se inició con la “sonrisa del destino” que acompañaba su petición de vicepresidencia “super-poderes”, y siguió con la  apelación a la cal viva para culminar, en la última fase de negociación, invitando a Sánchez a “salir de la jaula” o a abandonar la idea de “un gobierno de Rivera presidido por Sánchez”. Las últimas notas de ese autoritarismo latente han venido de la mano de la descalificación de algunos periodistas y de la afirmación “seremos generosos con algunos del PSOE tras el 26-J”. Es evidente que el mal estilo no es un programa político pero también lo es que determina y orienta sobre la concepción del poder de quien lo pone de relieve. En otras palabras: retrata al personaje y, por derivación, pone sombras sobre sus intenciones últimas además de dificultar cualquier diálogo.

UN ACUERDO A TRES MOVILIZABA LAS FUERZAS DEL CAMBIO

La iniciativa de Sánchez y del PSOE al plantear un acuerdo a tres enlazaba de manera casi literal con la apuesta de transversalidad que exigía el cambio necesario para el país, es decir, acordar con Ciudadanos un abanico de medidas de progreso, reformadoras, y con Podemos una agenda social de recuperación de derechos sociales, potenciación del Estado del Bienestar y apertura de una nueva lógica de desarrollo económico. Era evidente, para cualquier mente lúcida que, tras los cuatro años de regresión, ultraliberalismo,  recortes y monolitismo conservador era imprescindible unir fuerzas favorables al cambio en todos los planos. Sin embargo, la estrategia de Iglesias, ya visible con rasgos de deslealtad en la primera rueda de prensa tras su primera visita al Rey, nada tenía que ver con ella. Hizo del llamado “pacto de izquierdas” un misil en la línea de flotación de la única política realista, creíble y realizable que podía acometer la izquierda. La propuesta de Iglesias, basada en el pacto PSOE-Podemos más las formaciones independentistas (por cierto, tan o más conservadoras que C’s) y con la línea roja irrenunciable del referéndum “de autodeterminación” no solo era numéricamente insuficiente, sino que, en lo fundamental, apuntaba un instrumento políticamente incapacitado para acometer las transformaciones arriba enunciadas. Porque a mi juicio lo que precisa la política española es, más que un pacto de izquierdas, un pacto desde la izquierda que vaya más allá de la izquierda.

UNA REFERENCIA HISTÓRICA

Me explico: en las estrategias de unidad progresista hay un antes y un después que tiene en el Chile de los setenta un punto de no retorno. La principal dificultad que encontró el gobierno de la Unidad Popular que presidía Salvador Allende fue la desvinculación del programa político de la izquierda de un amplio sector social relacionado con las clases medias y situado en lo que hoy podríamos llamar centro progresista. Eso llevó a la desafección de importantes sectores sociales, a su manipulación por parte de la derecha más reaccionaria y el golpismo y al notable debilitamiento del gobierno unitario y popular. De aquella durísima experiencia, los eurocomunistas italianos, con Berlinguer a la cabeza, diseñaron para su país la estrategia del “compromiso histórico”, una estrategia que suponía afrontar un programa de profundos cambios y transformaciones sociales con un respaldo social y político tan amplio y solvente que arrinconara a los sectores más derechistas y retardatarios de la democracia cristiana y ganara a su sector más “social” y reformador. Es decir: acometer un programa de reformas con más del 65% de respaldo electoral y con el acuerdo con sindicatos y gran parte de la patronal. Contra aquella política se aliaron todas las fuerzas contrarias al cambio: tanto las más conservadoras como las vinculadas con la extrema izquierda y con la extrema derecha. Incluso se llegó a apuntar que el secuestro y asesinato de Aldo Moro fue una bomba que hizo saltar por los aires el compromiso histórico y acabó enterrando los esfuerzos del PCI de entonces.  

Hoy en España se requiere un amplio abanico de reformas que afectan a la Constitución del 78, a la Ley Electoral, a la estructura y composición del Senado, a las Diputaciones Provinciales, al necesario Pacto Educativo, a la legislación anticorrupción, a las políticas energéticas, a las demandas de Cataluña y otras Comunidades, etc… Algunos expertos, han llamado a eso “segunda transición”: también algunos líderes de Podemos han utilizado ese término. Si tenemos en cuenta que la Transición por antonomasia, la que se abrió paso a partir de la muerte de Franco requirió del concurso de fuerzas políticas enfrentadas (“entre los que salían de la cárcel y quienes fueran los carceleros”, para que nos entendamos), del compromiso activo de los sindicatos y de una coalición de facto de todos los demócratas contra el continuismo de Arias y de Coalición Democrática, partido que agrupaba a un plantel de ministros de Franco que después daría lugar a AP,  hemos de convenir que el catálogo de reformas que hoy precisa nuestro país sólo podrá llevarse a cabo con éxito si el instrumento político que lo diseñe y aplique sea un gobierno de progreso de amplio espectro, con un respaldo parlamentario superior al 60%, en el que la izquierda sea la pieza básica, pero que no sea sólo de izquierdas, que concite el apoyo de al menos una parte del espacio político de centro, objetivamente interesado en el programa de reformas antes descrito.

VISIÓN DE ESTADO EN UN MOMENTO HISTÓRICO

La política que ha planteado Sánchez en este paréntesis entre elecciones partía de una visión de Estado, de una concepción clara de los cambios a acometer en el próximo cuatrienio y del sujeto político que debía sustentarlos: de haberse hecho realidad el acuerdo a tres habrían sido, como mínimo, 191 diputados respaldándolo, velando, con todas las contradicciones del mundo, por su cumplimiento. Desde una visión no partidaria, de interés colectivo, sólo habría faltado un factor: llegar al acuerdo con los agentes sociales, comenzando por los sindicatos y acabando en la patronal y otras organizaciones sociales. Por eso, el error de Iglesias al plantear la consulta a sus bases mediante su peculiar “democracia de click” fue obviar la única alternativa en que se estaba trabajando. Es decir, pedir a las bases el pronunciamiento sobre un pacto a tres (PSOE-Podemos-Ciudadanos). Al no hacerlo así, invitaba a votar una ficción, es decir, a decidir sobre una propuesta que no estaba sobre la mesa o sólo en la imaginación de sus líderes: no otra cosa fue plantear el dilema PSOE-Ciudadanos frente a Podemos-PSOE cuando la propuesta que estaba en todos los medios (acompañada de 200 medidas) y sobre la que estaba negociando incluso Podemos, al menos hasta la espantada, era el acuerdo a tres susceptible de ser ampliado con IU, Coalición Canaria, PNV y alguna otra fuerza menor.   

POLÍTICAS CON LUCES LARGAS

Esa visión de Estado requiere, también, elaborar política con perspectiva de largo alcance. Gramsci planteaba que a veces la capacidad de hegemonía de un partido de progreso se define también por su capacidad para influir en un sentido similar en otros partidos. Y así habría ocurrido en caso de materializarse el “acuerdo a tres”. Creo que al igual que al principio de la transición, el PCE y el PSOE ayudaron a la consolidación de un partido de centro como UCD, aislando a la derecha franquista y apoyando a Suárez para ganarlo para la construcción del “Estado social y democrático de derecho” que la Constitución acabó por definir, el PSOE, con la iniciativa negociadora que Sánchez puso sobre la mesa, ha podido contribuir a que en España haya al fin un centro civilizado y europeo, condenando al PP al lugar que le corresponde por su resistencia a condenar el franquismo y por su corrupción sin límite. En más de un debate he formulado la pregunta siguiente: ¿qué es más de izquierdas, o progresista, ganar para un proyecto de cambio a C’s, o empujarlo hacia el espacio de la derecha hasta “echarlo en los brazos del PP”? La respuesta parece obvia. Por eso, quizá, Podemos cierra todas las puertas: mejor para Rajoy y para sus sucesores. Aunque debiera haberles bastado el ensañamiento con que el Gobierno y el propio aparato del PP cargó contra Ciudadanos, contra Sánchez y contra las 200 medidas (dijo por activa y por pasiva que eran una enmienda a la totalidad a sus cuatro años de gobierno) para reflexionar con calma y con visión de Estado, dejando de lado la lupa del partidismo, pieza clave, por otro lado, de la vieja política. 

La izquierda inteligente no sólo tiene que cuidar su huerto, sino influir en los procesos políticos y sociales del país: ¿se perderá la oportunidad histórica de que España cuente con un partido que no sea la derecha pura y dura de las últimas décadas? ¿O la izquierda romperá todos los puentes con Ciudadanos para que los recomponga con el PP eternizando, así, un gobierno conservador en el futuro? ¿Debe nuestra democracia renunciar a contar con un partido de centro derecha capaz de pactar en determinados momentos con las formaciones progresistas? La estrategia de Podemos va en dirección contraria y, por tanto, bloquea cualquier proyecto social que genere mayorías transversales y reformadoras al menos para una etapa de intensos e imprescindibles cambios. Pero si el acuerdo PSOE-C´s  basado en 200 reformas democráticas, sociales y constitucionales hubiera tenido el concurso de un Podemos con voluntad negociadora y con capacidad de renuncia (como los demás) teniendo claro que el mundo no se acaba en un mes ni los cielos son asaltables con sólo imaginarlo, hoy no estaríamos pensando en la eventualidad de una victoria de la derecha el 26-J que nos haga lamentar durante décadas la pérdida de una oportunidad histórica.

Es la hora de la complejidad. Y de la inteligencia. Ni lo uno ni lo otro parecen haber formado parte de la reflexión (si es que la ha habido) de Podemos. Confiemos en no acabar lamentando el desastre en los próximos años. Sería trágico pensar que una simple abstención hubiera cambiado de modo copernicano el curso de la década. Y, por supuesto, mejorado las condiciones de vida de la mayoría social que votó por el cambio y que, como todos sabemos, no sólo estuvo alineada en la izquierda aunque sí, sin duda, mayoritariamente.

Ni que decir tiene que las reflexiones aquí apuntadas tienen vigencia plena después del fracaso del último intento de negociación alentado desde Compromís. Su vigencia está vinculada a su calidad de respuesta a la situación que vive España después de cuatro años de gobierno del PP. Por ello, el “acuerdo a tres” seguirá siendo una apuesta estratégica que no debería echar en saco roto la izquierda ante la previsible reedición, con leves retoques, del resultado del 20D en las próximas elecciones. Es obvio que cada partido afrontará la batalla electoral con la voluntad de ganarla (así lo han subrayado todos) y de aplicar su programa. Pero mucho me temo que el mapa político poco variará. En el fondo, el debate postelectoral será el mismo, las carencias del país no habrán cambiado y la necesidad de una mayoría solvente, transversal y reformadora reflejada en un gobierno de las fuerzas del cambio seguirá encima de la mesa. Con tanto relieve, por lo menos, como lo estará la necesidad de enviar al PP a la oposición para que se regenere.   


Manuel Rico fue firmante del manifiesto “Es preciso y necesario un gobierno del cambio” junto a más de 9.000 personas.

La izquierda bloqueada: ¿equivocarse para una década?