sábado 24.08.2019

Adiós a las armas en Colombia

“No comparto lo que dices, pero defenderé hasta la muerte tu derecho a decirlo”.

Francois Marie Arouet, (Voltaire)


La implementación de los acuerdos no debe tener más demoras y burocracias que impidan una ejecución transparente y rápida

El 27J. Día emblemático para la historia de Colombia, pone fin a 53 años de enfrentamientos entre las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia, FARC-EP, y el Estado. Empieza una nueva etapa que incluye la participación política de esta guerrilla y su incorporación a la vida civil.

Infortunadamente, se da en un momento de terrible polarización en el país, una oposición con brazos armados de derecha que están asesinando a líderes sociales en las regiones y ocupando los territorios dejados por las FARC. No obstante, hay que reconocer que este proceso ya es irreversible y que el movimiento guerrillero ha demostrado con creces su voluntad de paz, a pesar de que le han asesinado algunos miembros que estaban en el proceso y que no el cien por ciento de sus frentes militares se vinculo al acuerdo, pero son los menos. Era previsible que esas posiciones se reforzaran ante los incumplimientos en la implementación de los acuerdos, pasando por un plebiscito fallido sin mencionar los desenlaces de negociaciones anteriores que terminaron en exterminios y asesinatos. Sin embargo, tengo la certeza de que las FARC-EP como grupo armado es ya cosa del pasado y que su presente y futuro lo será en el esfuerzo de ser un movimiento político sin armas para promover los cambios por lo que lucho y en los cree, los cuales siguen siendo necesarios y pertinentes para el desarrollo de Colombia, pero no por la vía de la violencia política.

Sumado al hecho anterior de reducir la polarización, la sociedad colombiana enfrenta el reto de interiorizar este importante proceso histórico de desarme que empezó desde 1990 con las primeras guerrillas que se vincularon a la vida política. Lograr una sociedad en donde acabada una guerra, no aparezca otra nueva, por los conflictos no resueltos por vía de diálogo y negociación social y política. O por las trampas y traiciones que se hacen a los acuerdos, desde esos poderes que no aceptan los mandatos democráticos de la sociedad mayoritaria, por ello poner en valor este hecho de desarme, dará mayor credibilidad a las vías de la negociación política como solución a conflictos armados, será el mayor instrumento para deponer esos espíritus e ideas belicosas que se resisten a que la sociedad viva en paz y el 27J es una realidad innegable y buen ejemplo para el mundo.

Conseguir una valoración positiva de la dejación de armas, tiene indudablemente que pasar por la pedagogía de este proceso, como contemos y relatemos esta experiencia en el presente y en el futuro a las nuevas generaciones, sin faltar a la verdad, sin pos verdades y sin manipulaciones. Estas lacras han impedido que los y las colombianos en su conjunto se vuelquen a apoyar una solución civilizada, esos relatos desde el poder estigmatizando toda crítica, hecha por actores sociales, sindicales o de opinión, asociándolas a los -facinerosos narco-terroristas-  ha hecho mucho daño, porque la sociedad se lleno de miedo, de resignación, perdió la libertad para opinar y manifestarse pacíficamente, no en vano en el exterior viven más de 5 millones de colombianos e internamente un desplazamiento vergonzoso, una sociedad que aun no es consciente de cuestión tan dramática.

Pero no todo está perdido, que son en la historia de la humanidad 53 años y en la historia de una Colombia joven como nación, en la que se pueden conseguir los cambios, para la justicia social, empezando por la educación pública y de calidad que hace personas libres de la tiranía de la ignorancia y la manipulación. El conocimiento y la promoción del ejercicio de los derechos, de una convivencia en igualdad y fraternidad para que el despotismo no llame a nuevas revoluciones en busca de libertad e igualdad, es la prioridad del momento, estar a la altura de las circunstancias y construir ese pro-común, para reducir el poder que empobrece y envilece, Colombia necesita derrumbarlo y nunca más se levante, que también pase a la historia de una Colombia, en la que hubo un tiempo donde a sus mejores lideres por pensar diferente y buscar ideales humanistas fueron asesinados y perseguidos políticamente, una Colombia que no daba oportunidades a sus gentes y por ello huyo en busca de ellas el 10% de su población como desterrados, la que produjo en su territorio siete millones de víctimas. Porque la utopía siempre existió, pero ahora hay la necesidad de convertirla en realidad, construyendo las alternativas sociales y políticas para nuestros anhelos, esos que otros pueblos ya han conseguido.

Son vastos ideales, camino que otras sociedades han recorrido. Un hecho como el desarme de las FARC-EP invita a hacer reflexiones que de otra manera no serían posibles, ante tanto bombardeo para hacernos creer que esto sería un engaño y que era una mentira. No lo es. Sin ninguna ambigüedad hay que alegrarse, porque ha sido la esperanza que no perdió la Colombia olvidada, las gentes que han permanecido en los campos, en las regiones más apartados soportando los rigores de la violencia política y la pobreza, son hoy un baluarte y a quienes tanto les debe la Colombia urbana, aguardaron pacientemente en su territorio. No hay municipio ni vereda de pueblo impactado por la guerra, donde haya siquiera el 50% de su población reconocida como víctima, su condición no puede quedarse ahí, su condición debe ser reparada y superada, por la concordia y por el acceso a los derechos, empezando por el del desarrollo, la inclusión de los excluidos, el desarrollo de estas regiones, no dan espera a la justicia social y la reparación total como el escenario de su cotidianidad, para ser coherentes.

La implementación de los acuerdos no debe tener más demoras y burocracias que impidan una ejecución transparente y rápida. Esta es una labor en la que la solidaridad debe implicarse, porque al adiós a las armas de las FARC le siga el del ELN y el de quienes se resisten a andar por el camino de la paz, el internacionalismo puede y debe estar apoyando ese esfuerzo que no sólo es ausencia de guerra, sino con la verdad, la equidad, justicia y solidaridad, como reafirmara Juan Pablo II. Todo ello está por hacerse.

Adiós a las armas en Colombia