jueves 22/10/20

No solo de amor (del aire también se vive)

Me cepillo el pelo por las noches -cuando lo llevo medio largo al menos- como una liturgia que es casi como acunarse. Uso un cepillo grande y poblado de muchas cerdas finas y apretadas, y cada vez que lo deslizo desde el cielo de la cabeza hacia abajo parece que mi cuerpo respira y la mandíbula poco a poco se relaja y las manos acompañan en lugar de apretar y cumplo así con una de esas tareas que supongo desde hace años que debo hacer, como echarme crema, y que descuido impenitentemente; salvo lavarme los dientes, que es sagrado.

Cepillarme el pelo me emparenta imaginariamente con las mujeres de mi vida y del cine y de los libros en que las mujeres se cepillaban y trenzaban el pelo unas a otras, a mitad de camino entre el cliché y la sororidad. Recuerdo entonces, algunas noches, las trenzas de mi bisabuela.

Yo debía de tener unos seis o siete años un verano en que mis padres me dejaron ir al pueblo con mis abuelos maternos. Mis yayos, que -en aquel pueblo de Palencia que había sido villa romana, decía mi abuelo con orgullo, y que había dejado morir lentamente uno de sus dos barrios- me dejaban saltar desde las alpacas apiladas y sortear por encima la hoguera de las fiestas con el pañuelo morado de la peña al cuello y que me mandaban con la tía Candelas y sus girasoles y sus muros blancos de un patio que recuerdo con precisión de notario. Un día fuimos en procesión (aquello parecía muy solemne o acaso reverencial) a casa de los padres de mi yayo. Algunos techos con artesonado de madera oscura daban fe de haber sido una casa de labriegos en algún momento pudientes, pero las paredes estaban desconchadas y la escalera había perdido lustre y yo tenía la sensación de haber entrado en un palomar señorial, pero carcomido por el tiempo y abierto al cierzo y al polvo y al sol límpido y temible que la cercanía del río Ucieza nada apaciguaba. En el segundo piso, nada más llegar al rellano, dos paredes hacían esquina; en la de enfrente una virgen de Murillo sobre una luna creciente miraba al cielo con los ojos volados y como suplicantes; en la de la derecha, las trenzas de mi bisabuela, negras y tupidas y enlazadas al final con satén, reposaban sobre terciopelo rojo oscuro enmarcadas en madera negra.

Mientras no desaparecemos nosotros, lo que nos es inherente es cómo nos definimos y en consecuencia cómo nos relacionamos, entre nosotros y con el mundo

Es difícil reconocer todos los elementos que están en el origen de lo que escribimos, pero esa imagen es para mí un elemento fundacional de lo extraño; aquel cuadro me dio un poco de miedo (¿por qué nadie cortaría su pelo, tan hermoso, para hacer un cuadro con él?) y me pareció también grotesco, las ondas oscuras de la bisa junto a las ondas clarividentes de la virgen, únicos testimonios de que aquella ruina había sido habitada. Sigo pensando que hay un punto de sadismo en el corte del pelo como paso a la vida adulta; como si crecer fuera renunciar a la inocencia y al juego. Como si debiera serlo.

Así que cuando me cepillo detecto una mezcla de cuidado, de coquetería, de orgullo fatuo y también de testigo recogido de una opresión, que tiene que ver con el aspecto normativo, con la romantización cursi de la melena. Que no es esto para llevarse las manos a la cabeza, vamos, pero que llevo unos años cayendo en la cuenta de pequeños símbolos de los lugares comunes que he ido transitando en la construcción de mi identidad y que al final hilvanan un corsé del que trato de zafarme.

Se habló mucho de las peluquerías durante el confinamiento. Yo he decidido no teñirme el pelo y no es dejadez; quiero explorar a dónde me lleva mi aspecto sin enmascarar, quiero verlo antes de decidir si juego con él de nuevo, quiero aprender a quererme tal como voy siendo. Siento curiosidad por la mujer en que me voy transformando y voy aparcando la nostalgia de la mujer que me resistía a dejar de ser.

He leído estos últimos días sobre Doggerland (Guillermo Altares en El País), la tierra ya sumergida que hacía de Gran Bretaña continente antes de ser isla y también sobre la policromía perdida de templos clásicos y catedrales y he estado reflexionando sobre lo que permanece y lo que no. Desde Pangea hasta el futuro incierto de muchas islas del Pacífico y de las costas que hoy paseamos y reconocemos como si esa memoria fuera eterna, muchos detalles a los que nos aferramos y que valoramos tanto desaparecerán. Mientras no desaparecemos nosotros, lo que nos es inherente es cómo nos definimos y en consecuencia cómo nos relacionamos, entre nosotros y con el mundo.

He leído estos días Las malas, de Camila Sosa, y Claroscuro, de Nella Larsen y en ambas lecturas he visto reflejada quién soy y lo que no soy capaz de advertir, lo que no comprendo, lo que desconozco, mucho de lo que me queda por aprender. Mis canas son una realidad y también una metáfora; no son incompatibles, está claro, pero antes de volver a la policromía necesito entender de verdad qué sentido tiene para mí y en general qué debo atesorar y de qué deshacerme, qué liturgias han quedado desnudas de prejuicios y son solo conexión y reconocimiento y respeto y amor a la herencia recibida y cuáles aún me atan. No es un tema de actualidad; o debería serlo siempre, cada uno sabrá.

Discúlpenme la melancolía de esta semana. La situación en Madrid por primera vez me hace sentirme desamparada, acorralada, enfadada y triste. Y también tiene mucho que ver con lo que se atesora y lo que se desecha. Quino habría dibujado una de esas viñetas con balanza de dos platos, señores de traje y sin rostro, y una humanidad muy mermada en uno de los lados mientras en el otro rebosa el dinero. Como cantaba Rafael Berrio “no solo de amor (del aire también se vive)”; hay que encontrar ese aire. Últimamente respirar es difícil.

No solo de amor (del aire también se vive)