martes 20/10/20

Ropa tendida

En un momento dado de nuestras vidas, cada una según sus circunstancias, acometemos la reflexión de determinados temas difíciles, bien porque nos hemos visto abocadas a situaciones complicadas, bien porque nos hemos anticipado a esas situaciones. A veces se trata de una mezcla de ambos escenarios.

En mi familia en general no se han evitado los temas complicados; vamos, que sentados a la mesa de la cena y sin televisión mediante, allí se preguntaba a bocajarro sobre el universo, el sexo, el dolor y la muerte. No recuerdo que, acerca de nada, recibiéramos una respuesta evasiva de nuestros padres. En mi casa no se decía lo de “hay ropa tendida”.

Supongo que es por eso (y por la formación específica sobre educación a la que esa manera de entender las relaciones familiares me condujo con el tiempo) por lo que, el día que mi hijo me preguntó qué era morirse, si yo me iba a morir, si él se iba a morir y qué significa el infinito, simplemente respiré hondo, como tantas veces, y me dispuse a una conversación de esas en las que orientas en la misma medida que aprendes. Mi relación con mi hijo me ha enseñado mucho acerca de quién soy, de mis aciertos y de mis errores entendidos como oportunidades de cambio; y para andar este camino he tenido que desandar muchos otros, tomando conciencia del sentido de esos pasos hacia atrás, que sin embargo me hicieron avanzar. Creo que a estas alturas valoro más descubrir lo que debo desaprender que casi cualquier otra cosa. Y ahí sigo. Mi hijo cumple seis años este viernes y espero que el camino sea largo; entretenido ya lo es, sin duda alguna.

De todas maneras siempre que ha sacado el tema (la muerte y el infinito, el concepto de dios, dios y el infinito, y dios y el cerebro o la mente) se ha tratado fundamentalmente de algo teórico. Pero ahora, con esto de la pandemia y con dos de sus abuelos ya entrados en una edad complicada, he querido anticiparme. Porque la muerte llegará inevitablemente y la manera de afrontar un hecho tan importante creo que puede ser crucial dentro del sistema que está armando sobre cómo funciona el mundo y cómo interpretar y orientar su sentido propio en él.

Yo suelo encarar las cosas primero con ayuda teórica; busco, leo, investigo, reflexiono… Así que llegó a mis manos un documento sobre cómo comunicar la muerte a niños y adolescentes, de la Fundación Mario Losantos del Campo y una de las primeras cosas de las que habla es de evitar los eufemismos.

Los usamos para evitar la brusquedad, para eludir el miedo ante un hecho psicológicamente muy difícil de abordar, como es dejar de existir. No sólo desterramos la muerte del lenguaje no metafórico, sino que la hemos institucionalizado en residencias y hospitales, la hemos alejado del núcleo familiar, le hemos dado un no lugar afectivo. No digo que no amemos a nuestros muertos, digo que intentamos acotar el dolor a lugares específicos que mantengan aislados los espacios que queremos preservar. Es una entelequia, pero lo intentamos. Al final la muerte, vivida o evitada, nos alcanza y nos construye, de alguna manera. Mi yaya Guadalupe no vio morir a su madre; se la llevaron a Madrid, enferma, con treinta y pocos años. Se murió, la enterraron. A vivir. Cuando murió mi yayo Lucidio, estaba yo en el tanatorio con ella -mi madre se había ausentado un momento- y nos llamaron para avisarnos de que ya estaba preparado su cuerpo; me sorprendieron la pequeñez y la fragilidad de un hombre que siempre había sido enérgico y le pregunté a ella si quería pasar a verlo. Rotundamente dijo que sí. “No pude ver a mi madre” fue su única explicación; la experiencia de la muerte de mi abuelo fue el cierre que nunca había podido abrochar en su crecimiento emocional con respecto a su madre. Evitar la muerte no nos fortalece, nos expone.

Estamos como obligados a la felicidad, qué cansino, cuando asumir la finitud y la falibilidad son en nuestro desarrollo lo mismo que los límites a los niños: nos enseñan a no herirnos a nosotros, a no herir a los demás, a no dañar nuestro espacio en todas sus dimensiones. El wabi sabi, que dicen los japoneses; esa noción de la belleza de lo imperfecto, lo finito, lo incompleto. Las dos caras de una misma moneda, como mostraba la película de animación Inside out. El significado de nada está completo sin contexto; nada significan la satisfacción, el bienestar y la felicidad si no experimentamos la pérdida, el dolor o la muerte. Las emociones, también las que generan sufrimiento, nos ayudan a crecer. Eso no quiere decir que debamos buscar el sufrimiento -esa conclusión es falaz-, o no paliarlo. Significa que hay experiencias en la vida ineludibles, que tendemos a negar, en lugar de afrontarlas a través de la reflexión personal y de la reflexión de la comunidad. Poder hablar de los temas difíciles, verbalizar lo que tememos es una riqueza y nos protege.

Somos una sociedad compleja (y que me perdonen los sociólogos por usar este término de forma generalista y muy de andar por casa). Usamos eufemismos cuando hablamos de la muerte (decimos “fallecidos”, “residencias de la tercera edad”, “defunción”…) pero impostamos esa misma brusquedad de la que huíamos, en otros contextos, como el político, y se nos llena la boca con términos de una denotación terrible y una connotación igual de terrible si cabe, como “terrorista” y “fascista”; o exageramos esa misma brusquedad retórica en la oratoria cuando insultamos con palabras que no son realmente insultos, como “comunista” o “feminista”; y creamos neologismos de asqueroso calado ético como al decir “feminazi”. Recreamos artificialmente la violencia a través del lenguaje, lo retorcemos para transformar la percepción de la realidad, frivolizamos su carácter analítico y pervertimos una herramienta de conocimiento.

Tapamos la verdadera tragedia y hacemos tragedia de lo que no lo es. No es nuevo; los regímenes totalitarios del siglo XX aplicaron de forma sobrecogedoramente eficaz esta estrategia para hacernos sentir conformados, para eludir las aristas del sufrimiento ajeno, para dejar a los sufrientes sin capacidad para expresarse, comunicarse, compartirse. La “neolengua” de Orwell en 1984; la Lengua del Tercer Reich de Klemperer. No es que lo que no se nombra no exista, es que es más difícil reparar en ello; elegimos actualizar o invisibilizar. No es lo mismo “solución final” que “genocidio”, no es lo mismo “reeducación” que “lavado de cerebro”. También se ha cargado negativamente términos denotativamente neutros, a lo largo de la historia, como “judío” o “niña”. La doble estrategia de ocultar y sobreexponer; ambas acrecientan la inseguridad y el miedo.  Y no se circunscribe al siglo XX, ocurrió antes y ocurre ahora, en sistemas abiertamente totalitarios y dictatoriales y en totalitarismos encubiertos; y en nuestros sistemas democráticos, en muchos detalles que con frecuencia nos pasan desapercibidos.

Nunca me había dado cuenta de lo excluyente que resulta, en un grupo de personas heterogéneo, la expresión “color carne” (por cierto, un rosa asalmonado al que apenas le he encontrado equivalente real); pero hubo una campaña contra el racismo que vendía cajas de lápices de colores de piel, y la fotógrafa brasileña Angélica Dass construyó un proyecto artístico maravilloso, Humanae, en el que reflejó a través de más de 200 retratos la diversidad de colores de la piel humana, buscando su equivalente en la paleta Pantone. He dejado de llamar a ese color “carne”, porque no representa la realidad de la que ahora soy consciente en esta dimensión más amplia y más profunda que antes. De igual manera, estudiando descubrí que algunas de las lenguas indígenas del hemisferio sur del continente americano usaban el equivalente a lo que en español podríamos traducir como “laguear”, en el sentido de ‘ser el agua lago’ y otros términos parecidos que expresaban, no estados del agua, sino capacidades agentivas del agua. Me fascinó la idea de que elegimos nombrar y elegimos excluir; también la teoría del relativismo lingüístico de Sapir de que “entre lenguaje y pensamiento media una relación de carácter retroductivo” (“El relativismo lingüístico en la obra de Edward Sapir. Una revisión de tópicos infundados”, de María Xosé Fernández Casas, en Teorema, vol. XXII/3, 2003, pp. 115-129), es decir, la lengua que usamos orienta nuestro conocimiento del mundo, la lengua que manejamos nos guía en nuestra interpretación de la realidad; nuestra lengua como sistema,  nuestra competencia en esa lengua y el uso que decidimos hacer de ella.

Esta última semana la confrontación política en nuestro país ha sido bronca; me da la impresión de que cada vez es más difícil escuchar intervenciones en el Congreso y en otras cámaras de representación ciudadana en las que se use la lengua en sus funciones de etiquetar y de representar un sistema relacional profundo, de forma honesta. Se tira de eufemismo o de resignificación torticera, falaz y malintencionada con una ligereza escalofriante. Es una irresponsabilidad. Nos venden la máscara de un mundo que no es, para que actuemos como ellos quieren, olvidando lo incómodo y complejo, magnificando lo ridículo, oscureciendo la luz y tensando el ambiente para que vivir sea una cuestión de bandos y no de comunidades. Tapan para desenfocar; gritan para que miremos como a través de una lente de ojo de pez y veamos monstruos donde no los hay. Hablan de cambio político para que nada cambie. Enfrentan a base de simpleza para evitar la responsabilidad de los desenlaces y para mantener sus privilegios.

Alguien a quien quiero mucho y que dedica su vida a dar formación a comunidades empobrecidas en Timor  dice siempre “quien no distingue, confunde”. Tenemos que esforzarnos por no ir a ciegas.

Ropa tendida