sábado 24/10/20

La estrategia del meteorito

Ya ha empezado el curso para los que trabajamos en el mundo de la educación. Para nosotros y para muchos de los que desarrollan su actividad profesional en otros ámbitos, sobre todo con hijos por las inercias que esto conlleva, también septiembre es una especie de estreno. Esta vez, se combinan la ilusión de siempre, las ganas de estar con los alumnos y alumnas que echamos de menos, de comenzar por fin y poner en práctica todo eso que aprendimos en el transcurso del año anterior y que decidimos cómo podía mejorarse, lo largamente pensado y programado, con la incertidumbre, más acuciante que nunca, y con el miedo. Es un estreno de cabaret, a medio camino entre la comedia histriónica o kitsch y el drama cargado de sarcasmo. Lo malo es que el teatro es nuestra vida, esa que no podemos dejar tras la puerta, esa de la que no se puede salir al fresco de la madrugada para recuperar la firmeza del paso en silencio hasta la casa.

Viendo las interminables filas de docentes cuyos datos personales se han compartido vulnerando la LOPD y a los que se ha convocado tan torpemente para realizar las pruebas de coronavirus en Madrid, me pregunto si es un episodio -uno más- de improvisación, de irresponsabilidad y de ineptitud o tanto abundar en el caos es una estrategia del gobierno de la CAM, como parece estar ocurriendo en la sanidad, para terminar de dar la puntilla a un servicio público. Entiendo que muchas familias que se han impuesto a sí mismas (sí, a pesar de todos esos que hablan de familias irresponsables y de decenas de niños jugando juntos en parques sin mascarilla, también somos muchos los que tomamos medidas de control) una disciplina difícil y a veces dolorosa en lo emocional para estar protegidas y para proteger a otros se sientan desasistidas en las declaraciones de Ayuso sobre que todos los niños van a contagiarse. La cada vez más evidente conclusión de que todos vamos a pasar por el contagio no quiere decir que esa circunstancia sea patente de corso para cualquier medida o dejación de funciones de la administración. Que al final todos los niños vayan a contagiarse no significa que la escuela deba desampararse para convertirla en una picadora de carne. 

En muchas escuelas y colegios, como en el mío, elaboramos un protocolo de entradas y salidas, de higiene, de circulación, de limpieza, de comedor, de convivencia, de gestión de un posible contagio antes de que muchas Comunidades Autónomas tuvieran a bien establecerlos, pero hay otras medidas que se han hecho urgentes ahora y son una cuestión de fondo para la mejora de la educación, con o sin crisis sanitaria, como la remodelación del currículo (no solo las programaciones) y la única inversión en recursos que posibilita que todas las demás sean eficaces y eficientes, que es también la única que parece que no va a acometerse nunca: la reducción de la ratio. Menos alumnos, más posibilidad de escucha, de conocimiento y de atención personalizada. Tiempo y espacio para observar y escuchar. Es la base de todo lo demás, aunque haya quien decida obviarlo.

Corremos el riesgo de estancarnos en la estrategia del meteorito, de esperar abúlicamente lo único que parece faltarle a este año funesto, inmersos en una indefensión aprendida que la administración ha contribuido a fomentar pero que no es real

En mi casa hemos decidido que lo más sensato es no ir a ver a los abuelos al menos en las primeras semanas de curso, mientras vemos cómo se comporta el contagio. El día ocho (cuando en la CAM empiezan los alumnos de primer ciclo de Primaria) es el vórtice de una tristeza que viene bebiendo de la de los meses confinados y después cautos, en que tampoco hemos podido compartir tiempo con ellos. Se nos ha hecho corto el verano de disfrutar de la familia, también con distancia, también en espacios abiertos, también en grupos muy pequeños y por fases. Y así las cosas, hacemos el ejercicio de tirar de algunas de las estrategias que enseño a mi hijo para aprender a regularse. Esas pequeñas cosas. La paciencia, en lo privado y en lo público, en lo individual y en lo colectivo, es uno de los pilares de la convivencia. Paciencia y no claudicación.

Esta semana leí un comentario en redes sociales sobre la normalización de la violencia hacia los menores por parte de los boomers, heredada de la educación recibida. Parece que este término viene a ser el equivalente actual de la “mediana edad”; entre las estrategias de mercadotecnia que niegan la madurez mientras te apremian a combatirla y la terminología anglosajona, a mí me da la risa. Eso para otro día. También dejo para otro día lo de la violencia tan interiorizada. Me llamó la atención el tono despectivo -que después en el diálogo se fue matizando; tan importante es no quedarse en un tuit arrojado al aire y sin contexto- hacia mi generación y la de mis mayores, no porque me pareciera descabellada la crítica, que mucha de esa violencia es real, sino porque la forma de denunciarlo caía en el mismo error: violentamos a los menores cuando esperamos y exigimos cosas que no pueden resultar como queremos, porque desconocemos cómo funciona su desarrollo y nos pasa lo mismo con la vejez, sobre todo en el ámbito psicológico. 

Ya dije hace bastantes semanas aquí que no pensaba que fuéramos a salir mejores de esto, pero también que sacábamos lo mejor de nosotros mismos en las acciones colectivas. Las relaciones personales nos pulen y son una oportunidad de aprendizaje. Necesitamos experimentar y escuchar para aprender. Mi generación, la de los boomers, ha dado un paso de gigante (aunque queden muchas cosas por hacer) en la atención a la infancia, del que son herederos los de la treintena (que al parecer son los nuevos veinte); pero esa oportunidad viene facilitada por los logros en otros ámbitos de la generación anterior, esa generación que ahora ha llegado a la edad en que la pérdida de facultades físicas y cognitivas empieza a hacerse patente, en que el dolor y la debilidad nos vuelven inseguros y a veces menos confiados, temerosos y por lo tanto tajantes, con menos fuerzas y consecuentemente con menos autorregulación. Tener y tenerse paciencia. Los educadores somos conscientes de la importancia del conocimiento detallado de cada etapa de desarrollo y de las relaciones personales en el aprendizaje, sobre todo entre iguales; por eso queremos volver a las aulas. También somos conscientes del estrés que generan la incertidumbre, el caos y la falta de seguridad, y de las dificultades de aprendizaje que eso provoca; por eso –y por esa tontería de nada de no enfermar y morir- queremos una vuelta segura. 

Este inicio de curso es un desafío en que las condiciones económicas recrudecidas y las laborales, sin los cambios estructurales necesarios para equilibrar la balanza de la productividad y las labores de cuidado que soportan esa productividad, y que permanecen sumergidas, social y económicamente, sumadas a lo expuesto al principio tensan los hilos que nos mantienen cuerdos, desesperan, enfadan, entristecen. Yo también me he sentido como Valente, cuando escribió: “¿de qué lado de mi cuerpo estabas, alma, que no me socorrías?”.

Corremos el riesgo de estancarnos en la estrategia del meteorito, de esperar abúlicamente lo único que parece faltarle a este año funesto, inmersos en una indefensión aprendida que la administración ha contribuido a fomentar pero que no es real. Disponemos de capacidad y de espacios para la protesta, la denuncia, la acción constructiva. No hablo solo de la huelga, que tanto se ha criticado como si fuera una falta de compromiso, olvidando que conlleva un sacrificio personal de sueldo y cotización. Sería deseable dejar de pedir a las personas que se comporten como héroes, también en la sanidad, también en los supermercados, las gasolineras, los medios de transporte y de reparto de suministros, y asumir un modelo que no dependa del riesgo individual y el sacrificio, sino que se asiente en la garantía de condiciones dignas para todos. No hablo solo de esto, sino de la colaboración, la asociación, la organización, la participación activa, la responsabilidad de estar informado verazmente y actuar en consecuencia. 

Este curso septiembre nos pilla cansados, pero sigue teniendo ese brillo que nace de la ilusión por empezar algo nuevo. 

La estrategia del meteorito