lunes 13.07.2020

“¡Todos vamos a morir!”

Portada de ABC del 10 de marzo
Portada de ABC del 10 de marzo

Si no fuera porque es trágico, quizás podría resultar cómico. La Humanidad entró en pánico, caen las acciones en Wall Street, se detiene el flujo de turistas y de divisas, hay caos bursátil, derrumbe de bolsa y una posible profunda recesión. Los corresponsales de los telediarios transmiten en directo el Apocapilisis con desgarradores testimonios que reflejan el drama que por estas horas vive la especie humana. “Ya no queda alcohol en gel en las farmacias” “Hay desabastecimiento en algunas cadenas de supermercados” “Toda Italia está en cuarentena” “Estados Unidos cierra las fronteras aéreas” “Se suspenden todos los conciertos” “Madrid cierra bares, restaurantes y discotecas” “Los partidos de fútbol se jugarán a puerta cerrada” “Se suspenden las clases, las reuniones en sociedad, se recomienda no estrecharse las manos ni dar  besos”. Y, como si todo esto ya de por sí no produjera pavor, en varios países hay escasez de papel higiénico.

El 10 de marzo el diario español ABC publicó una portada de esas que, en caso de que la Humanidad sobreviva al coronavirus, seguramente se convertirá en un objeto de colección para amantes del sensacionalismo: “La amenaza, el virus, el enemigo, el pánico”, reza con grandes caracteres la nota central.

Las redes se inundan de videos preventivos, de instrucciones para toser, de memes, de opiniones, de interrogantes y también de oscuras predilecciones. “¡Todos vamos a morir!”

Los tertulianos de las cadenas televisivas norteamericanas, ese mismo día,  anuncian que en los próximos meses podría haber millones de infectados.

Esa misma tarde los principales líderes del mundo se dirigen a los ciudadanos para informar cuáles serán las medidas de cumplimiento obligatorio que deberán ser acatadas de inmediato. El presidente argentino envía un mensaje por cadena nacional: “Quienes regresen en vuelo desde Europa deberán cumplir cuarentena. Clarín titula: “Multas de 100 mil pesos y hasta 15 años de prisión para quienes rompan la cuarentena”.

El miedo a la muerte acojona. Y más cuando se trata de la de uno. El pánico ya ganó a la sociedad. Qué mayor evidencia que la escasez de papel higiénico

Se cierran los lugares públicos. Se recomienda el teletrabajo, no salir de la casa, autoacuartelarse, no tocarse los ojos, invertir en barbijos. En Buenos Aires el diputado nacional de Cambiemos, Fernando Iglesias, asegura que “es un buen momento para erradicar definitivamente la horrible costumbre del mate”, al que –en un alarde de moralidad de cotillón- acusa de la “decadencia del país”. En las redes sociales grupos religiosos instan a rezos comunitarios on line con traducción simultánea. “Tom Hanks y su esposa tienen coronavirus”. “El Papa Francisco pide comprensión con los gobernantes en la lucha contra el coronavirus”. “Ortega Smith da positivo en coronavirus”, anuncian los medios españoles, desatando la paranoia y la frustración de cientos de fascistas que no pondrían resistencia ante un beso apasionado del segundo de Vox.

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La gente comienza a mirar con desconfianza a quien estornuda. Lejos parecen ahora los tiempos en los que un “¡salud!” era la respuesta protocolar, el gesto empático y espontáneo que ameritaba un estornudo. Desde hace unos meses es más probable que provoque el caos en una estación de metro y la consecuente soledad absoluta del estornudador.

El miércoles 11 de marzo la Organización Mundial de la Salud declara que el coronavirus es una “PANDEMIA”. Expertos mediáticos y señoras de a pie pormenorizan respecto de la diferencia entre Epidemia y Pandemia. “Ahora es peor”, concluye mi vecino Antonio que me aseguró ayer en el ascensor que todo esto que pasa con el coronavirus “está escrito en la Biblia… Igual que los terremotos y el recalentamiento global”.

La transmisión en directo riega de imágenes la pantalla. Desde los estudios de televisión argentinos observamos hermosas ciudades europeas repentinamente despobladas. “Roma nunca había estado así”, le comenta mi tío Enrique a mi tía Marta, aunque jamás ni él ni ella han visto Roma, salvo cuando el canal de películas clásicas Volver vuelve a emitir La Dolce Vita.

Los economistas hablan de “Desastre Económico”, de “Pérdidas Multimillonarias”, de “Recesión Global”. Los más expertos vaticinan uno de los peores períodos de los últimos cien años y trazan paralelismos con históricos crash financieros. Los menos expertos se abstienen de opinar, quizás por precaución, o porque -a estas alturas del Apocalipsis y ante la escasez de papel higiénico- a sus opiniones la humanidad entera se las pasa por el culo.

La Humanidad atraviesa un momento crucial en su historia. Y los medios de comunicación del mundo se han puesto de acuerdo en que esta “hora especial” merece una cobertura sin precedentes. Llegan imágenes de modernos cruceros quietos en los puertos, de mesas de restaurantes vacíos, de andenes solitarios, de centros comerciales cuya estampa se asemeja a la escena de alguna de esas películas mediocres de Netflix que narran las vicisitudes de un mundo apocalíptico.

Las redes se inundan de videos preventivos, de instrucciones para toser, de memes, de opiniones, de interrogantes y también de oscuras predilecciones. “¡Todos vamos a morir!”, afirmaba en su muro un amigo de un amigo, obteniendo cientos de Me Gusta, decenas de Me Divierte y un sinfín de caritas tristes y/o enfurecidas.

Nunca, en la historia moderna de las telecomunicaciones, un acontecimiento había suscitado tamaña cobertura mediática. Y no es para menos. Hay gente infectada por un virus que puede resultar mortal. El miedo ya cundió. Todos somos potenciales portadores. Dar la mano puede ser peligroso, besarse, mucho más aún. “Se recomienda autoacuartelarse”, “aislarse”.

“Es grave”, le dice mi tío Enrique a mi tía Marta que no cesa en su frenético zapping que la hace saltar de canal en canal, de Roma a Milán y de Milán a Madrid. Y otra vez en Buenos Aires, en donde ya hay nuevos “positivos”. “Es grave”, se reafirma mi tío Enrique. Y sí que lo es, tanto como el hambre que mata anualmente a 6 millones de niños -19 mil por día-, o las bombas que arrasan ciudades enteras sin que a esta misma humanidad -espantada ahora por el asecho de un virus mortal- se le caiga ni la cara ni el barbijo de vergüenza. Sin grandes coberturas, sin recomendaciones de primeros mandatarios para que los ayudemos a erradicar semejantes aberraciones, a combatirlas, a pelearlas como recomiendan pelearle al virus para que no nos mate. Sin ninguna alarma mundial, cada seis segundos un niño muere de hambre en el mundo. Y ante ese horror, ante esa amenaza a la especie humana, no han aflorado el pánico general, el espanto colectivo, el miedo o la angustia común.

El miedo a la muerte acojona. Y más cuando se trata de la de uno. El pánico ya ganó a la sociedad. Qué mayor evidencia que la escasez de papel higiénico.

“¡Todos vamos a morir!”