domingo 15.09.2019

Macri, el hombre providencial

Macri no quiere dejar la presidencia. Igual que el hombre providencial, el presidente argentino no retrocede, no se retracta, no se rectifica

Mauricio Macri se aferra al sillón de Rivadavia con uñas y dientes, amparado por una reducida turba de prostitutas de la comunicación que, con descaro y sin disimulo, construyen una realidad antojadiza, ajustada a las necesidades del discurso oficial.

“Este es el camino que hemos elegido los argentinos”, insiste el presidente, subestimando la inteligencia de quienes no lo hubiesen votado ni aún a punta de pistola. El camino al que refiere es el que ha colocado a la Argentina entre los países de la región en los que el hambre y la miseria campan a sus anchas. Sin embargo Macri, siempre dispuesto a oficiar de títere del poder real, arremete con la descripción de un país que sólo existe en sus fantasías; y que los medios que lo convirtieron en presidente no dudan en colorear.

Restan apenas cinco meses para las elecciones generales y el oficialismo ya ha puesto en marcha la maquinaria mediante la cual pretende contrarrestar el avance de cualquier oposición. “No nos vamos a ir en diciembre”, advirtió el Jefe de Gabinete, Marcos Peña, con la clásica prepotencia que esgrimen los imbéciles con poder cuando la realidad los acorrala. Los números no son nada favorables para el oficialismo que ya ha perdido el apoyo en las provincias. La debacle de Cambiemos ha convertido a Macri en un cadáver político, sin que éste, de momento, sienta el hedor de su propia putrefacción. Quizás porque sus medios lo perfuman, porque aún tiene de su lado a los más influyentes comunicadores –no menos putrefactos-  o porque aún existen quienes creen que el apoyo incondicional de su amigo Donald Trump es un síntoma de vida, Macri no asume su condición.    

Con Mauricio Macri Argentina es, nuevamente, un país reconquistado por el autoritarismo, la instrumentación perversa de la ley, el envilecimiento de las instituciones, el descrédito de la educación, la indefensión de la salud, la parálisis del trabajo productivo, la expansión de la pobreza y de la mortalidad infantil. Una catástrofe provocada por una dirigencia sin escrúpulos ni cultura nacional; una dirigencia para la cual la democracia es el pretexto para practicar el abuso de poder. La Argentina de Macri es un país donde educarse, trabajar, invertir y desarrollarse parecen aspiraciones sobrenaturales, y no derechos legítimos que el Estado debe garantizar.

Macri llegó al poder respaldado por los medios hegemónicos cuyos escribas y oradores se atrevieron a imposibles comparaciones en pos de adular una performance inexistente: “Mauricio Macri tiene algo de Nelson Mandela”, aseguraba uno de sus más acólitos adoradores. Para convertir a este multiprocesado empresario en presidente hizo falta, además del envión Clarín-La Nación, el voto de los ricos; pero también el de los tontos (“es rico, no va a robar”, “baila bien y tiene ojos celestes”). Y Macri logró la presidencia, aún a pesar del escaso porcentaje de ricos que habita el suelo argentino.

Macri no quiere dejar la presidencia. Igual que el hombre providencial, el presidente argentino no retrocede, no se retracta, no se rectifica. Lo suyo es avanzar. No hay para él otro horizonte que el configurado por su inagotable ambición y su perenne imbecilidad. O quizás lo que lo impulsa a continuar sea en verdad su miedo. Porque sin poder, la historia  –la real, la auténtica, la que no aparece en las portadas- tal vez lo juzgue como autor del desastre económico, social y cultural más lamentable desde la recuperación de la democracia.

Macri, el hombre providencial