sábado 21.09.2019

Distopía, aquí y ahora

La distopía plantea una sociedad en la cual las contradicciones de los discursos ideológicos son llevadas a sus consecuencias más extremas. En este sentido, la distopía explora nuestra realidad con la intención de anticipar cómo ciertos métodos de conducción de la sociedad podrían derivar en sistemas injustos y crueles. 

Lo cierto es que si observamos con detenimiento cómo se ha naturalizado el odio, cómo se ha instalado en el centro del discurso del poder; si contemplamos la pasividad de la sociedad ante las decisiones institucionales que han permitido criminalizar la ayuda humanitaria y abonado la consecuente estigmatización de la que son objeto las acciones solidarias, bien podríamos aseverar que estos hechos describen con exactitud el escenario distópico en el que ya estamos inmersos.

El capitalismo, en su versión más salvaje, propicia un cambio de paradigmas. La cultura de la meritocracia exige revisar lo que hasta ayer eran valores con el fin de exponerlos en sentido contrario

El capitalismo, en su versión más salvaje, propicia un cambio de paradigmas. La cultura de la meritocracia exige revisar lo que hasta ayer eran valores con el fin de exponerlos en sentido contrario. La repetición de slogans de desprecio hacia el pobre, el inmigrante, el homosexual o el refugiado, se ha convertido ya en sentido común; un claro síntoma de que finalmente la ideología del egoísmo ha logrado vencer y se ha instalado en el subconsciente de una buena parte de la sociedad, que no siente sino odio hacia quienes el sistema desecha. Un logro para el que la derecha internacional contó con el batallón de medios hegemónicos que -desde sus portadas- contribuyó demonizando a las víctimas y protegiendo la imagen de los victimarios, relatando el “qué” sin profundizar en el “por qué”, frivolizando sobre dramas que bien ameritarían horas de análisis, dándole voz a serviles opinólogos del sistema que no son sino la herramienta con la cual construyen un sentido común que pone en duda la mismísima inteligencia humana.

Abundan los ejemplos en los que se puede constatar la distopía en la cual vivimos. Las resoluciones de la Comunidad Europea respecto del drama que viven quienes emigran de sus países es uno de ellos. Los líderes europeos optaron por blindar sus fronteras con la excusa infame del peligro que representa la llegada de foráneos, a los que ilegalizan a través de decretos que atentan contra los derechos fundamentales de los seres humanos.

Pero no fueron sólo las leyes las que dificultaron la vida del inmigrante, sino las prácticas criminales que implementaron los gobiernos de los países centrales de la UE. Las imágenes de embarcaciones repletas de personas procedentes de diversas regiones de África comenzaron a hacerse habituales en los medios de comunicación de España, Francia e Italia. Cruz Roja y Médicos Sin Fronteras denunciaban cada día la muerte de decenas de seres humanos que intentaban llegar a Europa por vía marítima. Cadáveres de niños eran rescatados de las aguas del Mediterráneo por los miembros de ACNUR, que denunciaban esta tragedia sin obtener respuesta. La prensa conservadora hablaba de “ilegales”, omitiendo mención de la criminalidad, de la auténtica ilegalidad de los recursos perversos que Europa aplicaba en perjuicio de estos seres humanos. “Salvando a quienes se van a ahogar, se anima a otros a que intenten una idéntica travesía. Es un efecto llamada que no deseamos”, declaraba la por entonces Ministra del Interior inglesa, Theresa May, en alusión al cese de las misiones Mare Nostrum, programa de búsqueda y rescate de inmigrantes en el Mediterráneo.

Mientras las muertes continuaban sin que la opinión pública se manifestase al respecto, los Estados miembros de la UE ponían todo su empeño en proteger sus fronteras, recurriendo a prácticas que sólo al peor de los hijos de puta puede llegar a ocurrírsele. España, a través de su ex Ministro del Interior, José Fernández Díaz, ordenaba la colocación de cuchillas afiladas y la ampliación de alambres de espino en las vallas que separan a Ceuta y Melilla del resto del Continente Africano; aberración que se amalgama con la prohibición de asistencia sanitaria a inmigrantes, decreto que ya había puesto en vigencia Mariano Rajoy, y que incluía multas a aquellos profesionales de la medicina que decidieran respetar su juramento hipocrático; es decir, criminalizando no sólo a los inmigrantes, sino también a las acciones solidarias hacia este colectivo.

El discurso del odio ha calado hondo en una buena parte de la sociedad. Seis niños enjaulados por Donald Trump perdieron la vida durante el primer semestre de este año. Y ante esta aberración, no hubo reacción ninguna por parte de la comunidad internacional.

Bolsonaro en Brasil, Trump en Estados Unidos, Macri, Bullrich y Pichetto en Argentina, Salvini en Italia, Abascal en España; cada uno de ellos en sus respectivos roles ha sabido conquistar a esa facción deshumanizada de la sociedad que ahora expresa todo el potencial de su ignorancia arremetiendo contra los más vulnerables, a sabiendas de la naturalización del horror que por decreto han instaurado los responsables de las democracias más decrépitas y siniestras.

Se ha gestado una generación de seres humanos de baja calidad; incapaces de sentir la mínima empatía, aún ante las injusticias más aberrantes

Se ha gestado una generación de seres humanos de baja calidad; incapaces de sentir la mínima empatía, aún ante las injusticias más aberrantes. Pero el panorama es mucho peor si se revisan los ataques que éstos energúmenos organizan contra los más vulnerables. “Un hombre prendió fuego a dos indigentes”, rezaba el titular de un diario nacional en el mes de mayo, coincidiendo con el mensaje oficial que indicaba que los pobres no merecen ir a la universidad; o que, en cualquier caso, la pobreza y la indigencia constituyen un gasto que el Estado no debe afrontar.

Esta semana la prensa oficialista se ha embarcado en una feroz campaña mediante la cual pretende responsabilizar de su propia muerte a quienes perecen de frío en las calles de Buenos Aires. Y las voces del odio replican la versión, denostando a quienes el modelo macrista ha expulsado. Odian al pobre, al inmigrante, a quienes defienden los derechos humanos, al Papa, a las Madres de Plaza de Mayo; en definitiva, a todo aquel que está parado en la vereda opuesta, al otro lado de una grieta cada vez más grande y al mismo tiempo necesaria; ya que de no existir esta polarización, podría creerse que la sociedad en su conjunto se ha vuelto perversa y monstruosa.  

Haciendo gala de su natural idiotez, los consumidores del discurso oficial creen ver al enemigo en el pobre, en el inmigrante, en el negro, en el homosexual. Desde el poder se apela odio como táctica, sabiendo lo rápido que estos energúmenos suelen reproducir ese sentimiento. Son los claros síntomas de la distopía que vivimos ya, aquí y ahora.

Distopía, aquí y ahora