jueves 09.04.2020

Voluntad de acero

Firma del Tratado de París, en 1951.
Firma del Tratado de París, en 1951.

Por Conchi González | Leyendo un informe sobre la guerra comercial de aranceles del acero que estamos viviendo desde que el señor Trump abrió la caja de los truenos del proteccionismo con su America first, resulta curioso recordar que la paz en Europa se logró gracias a eso mismo, el acero. Acostumbrados a pensar en la paz como algo etéreo, como el camino a seguir del que hablaba Gandhi, resulta que el periodo de tiempo más largo que hemos pasado los europeos sin matarnos entre nosotros se lo debemos a algo tan sencillo y mundano como el acero, acero y carbón para ser exactos. Y es que los padres fundadores de la Unión Europea tuvieron la brillante idea de pedir que controláramos y pusiéramos en común la producción de esos dos materiales porque, cuando a los europeos nos dejan solos cuidando por separado de nuestras industrias siderúrgicas, tenemos más peligro que ciertos turistas alemanes en un balcón de Mallorca.

Resulta que en los años previos a la Primera Guerra Mundial, las potencias europeas entraron en una especie de competición por ver quién tenía el ejército más poderoso pues nadie quería quedarse atrás en el reparto de ese rico pastel del colonialismo, en una especie de Guerra Fría de finales del siglo XIX y principios del siglo XX conocida como Paz Armada: supuestamente estaban en paz pero ni ellos mismo se lo creían, se estaban armando hasta los dientes, aumentando cada día la tensión entre ellos. Y, como esas industrias bélicas no vivían del aire, necesitaban suministros de carbón y acero. Alemania estaba encantada con su suerte, acababa de arrebatar a Francia en la Paz de Versalles de 1871 los territorios de Alsacia y Lorena, los cuales eran ricos en minerales y tenían una potente industria del acero, generando en Francia un sentimiento de revancha y odio hacia todo lo alemán que puso la alfombra roja para la llegada de la Primera Guerra Mundial, como cuentan entre otros Winston Churchill en sus maravillosas Memorias.

Los europeos convertimos los tratados de paz en un saqueo y humillación del contrario, cuando lo que había que pensar era cómo reconstruir la Paz para evitar nuevas muertes inútiles

Francia y lo que ahora llamamos Alemania habían luchado durante siglos por esos territorios fronterizos de Alsacia y Lorena, los cuales fueron pasando sucesivamente de unas manos a otras, como en un eterno partido de ping-pong. Cada vez que había un cambio de soberanía sobre esos territorios, el que llegaba trataba de borrar toda la herencia cultural anterior e imponer su propia lengua y costumbres, sembrando un sentimiento de odio hacia el antiguo ocupante del territorio, tanto franceses como alemanes lo hicieron. Se llegó al extremo de prohibir llevar puesta la boina durante la ocupación nazi de Alsacia pues se consideraba un símbolo francés, aunque qué es una boina en comparación con el reclutamiento forzoso de más de cien mil alsacianos por los nazis para que lucharan contra Francia en la Segunda Guerra Mundial. Me pregunto qué pasaría por la mente de aquellos hombres y muchachos alsacianos que habían sido educados como franceses desde 1918 y verse luego forzados a matar a otros franceses.

Ese ha sido uno de nuestros grandes errores históricos como pueblo que se cree civilizado, los europeos convertimos los tratados de paz en un saqueo y humillación del contrario, cuando lo que había que pensar era cómo reconstruir la Paz para evitar nuevas muertes inútiles. Tratados de Paz como los de Versalles sólo generaron más odio y no solucionaron nuestros eternos problemas.

Al finalizar la Segunda Guerra Mundial estuvimos a punto de tropezar en la misma piedra pues los Aliados, con el francés De Gaulle a la cabeza, pretendieron volver al viejo expolio del enemigo vencido, controlando la producción del acero alemán en los territorios fronterizos del Sarre y del Ruhr. Otra vez el acero estuvo a punto de costarnos la paz, menos mal que entonces había grandes hombres de Estado como el canciller alemán Adenauer (que alzó la voz pidiendo ayuda europea frente al expolio) y el inmenso Ministro de Asuntos Exteriores francés Robert Schuman, con esa virtud suya de saber escuchar y hacer sentar en una mesa de negociación a enemigos enfrentados a muerte.

Nació así en París en 1951 la CECA (Comunidad Europea del Acero y del Carbón) para regular y poner en común la explotación del acero y del carbón europeos. Formaban parte de ella seis Estados: Francia, Bélgica, Países Bajos, Luxemburgo, Italia y la entonces Alemania Occidental. Entre ellos crearon un pequeño mercado común, sin aduanas ni aranceles ni subvenciones a los productos siderúrgicos nacionales, logrando así la libre competencia y la libre circulación de sus productos. Después llegaron en 1957 sus hermanas la CEE (Comunidad Económica Europea) y la EURATOM (Comunidad Europea de la Energía Atómica).  Lo curioso de la CECA es que su creación fue apoyada por el entonces presidente norteamericano Truman, cómo cambian los tiempos.

La CECA es uno de esos actores secundarios de la historia a los que se debe rendir homenaje, por ser el primer peldaño del proceso de construcción europea y por su enorme trascendencia para la paz en Europa. Recuerdo hace años un seminario de Derecho Comunitario impartido por Manuel Diez de Velasco, que fue Magistrado del Tribunal de Justicia de las Comunidades Europeas, en el que nos transmitió su fascinación por las instituciones comunitarias. Nos habló del acero del Ruhr y de Alsacia, de toda la sangre que se había derramado por ese acero y nos hizo mirar con otros ojos a la CECA, la cual a mí siempre me había parecido anodina, hasta entonces. El mismo acero que nos había separado nos volvió a unir para siempre, fascinante.

La guerra del acero vuelve ahora en forma de subida de aranceles por Trump a las importaciones, con su efecto dominó sobre el resto del mundo llegando hasta China, la cual también ha respondido con aranceles este verano. Un ir y venir de tweets en los que Trump lo mismo te quita aranceles y luego te los vuele a poner (como hizo con México) o lo mismo te pregunta a cuánto va el kilo de Groenlandia. Me pregunto qué hubieran hecho los padres fundadores de la Unión Europea ante tamaño personaje. Quizás es eso, que nos falta la voluntad de acero de ellos, que fueron capaces de levantar Europa de entre las ruinas y aprendieron de los errores del pasado. Quizás va a ser que nos sobran políticos y nos faltan estadistas como ellos, cuando la diferencia entre unos y otros, como nos decía el padre fundador Alcide de Gasperi, es que mientras el político mira a las próximas elecciones, el estadista mira a la próxima generación.

Voluntad de acero