Nuevatribuna

Los valores democráticos: una apuesta para Europa

“Érase el mejor de los tiempos y el más detestable de los tiempos; la primavera de la esperanza y el invierno de la desesperación. Todo lo poseíamos y nada poseíamos”
Charles Dickens

Europa es más necesaria que nunca. Sus valores, la capacidad de afrontar desafíos desde la colectividad y el consenso y, sobre todo, la prosperidad derivada de la unión de todos nuestros países y ciudadanos en pos de un objetivo común

Por Mario Regidor | Creo que esta cita de Charles Dickens puede ser representativa de la situación en Europa en la actualidad.

La historia europea desde la época de la antigua Roma e, incluso, anterior ha sido una sucesión continua de adelantos y regresiones, de luchas entre la fe y la razón, de avances técnicos puestos al servicio no tanto de la ciudadanía como de sus amos y señores y, sobre todo, de experiencias políticas no exentas de riesgo y de acciones militares para defender territorios sobre los que no existía una verdadera concepción de nación o de soberanía.

Con el paso de los siglos, una idea de Europa ha ido alumbrando, una idea que comenzaba en la antigua Roma y, una vez fenecida, continuaba Carlomagno con el resurgimiento del Sacro Imperio Romano Germánico, en otras latitudes geográficas que, no obstante, habían formado parte del propio Imperio Romano, en este caso como contrapeso al creciente poder que parecían poseer los sarracenos que, en su poderoso avance habían llegado, incluso, a Los Pirineos.

La construcción de lo que ahora llamamos Europa ha sido fruto de personas que, en sus inicios, no eran conscientes de que estaban sentando las bases de lo que ahora podemos considerar una construcción política que permite constituir una entidad que permea las diferentes instituciones nacionales que conforman los países y que aúna en su interior un ansía de paz y de justicia que son comunes a todos las naciones y ciudadanos que los conforman pero que no está exento de peligros como vemos todos los días en los medios de comunicación.

En el tiempo presente, las incertidumbres son notables: populismos de las más variadas ideologías pero, sobre todo, de extrema derecha, los mal llamados euroescépticos o, más bien, antieuropeos, la insolidaridad con la inmigración y la vuelta a la recentralización y los Estados-Nación, sin olvidar el Brexit... Son cuestiones de muy dificil solución y que requerirán de una gran apuesta por valores democráticos pero, sobre todo, por valores humanos y por las enseñanzas que hemos venido recibiendo por parte de nuestros antepasados, y no hablamos sólo de políticos, sino artistas, escritores, médicos. Europa ha sido vanguardia durante mucho tiempo de todos los avances técnicos, científicos, éticos, políticos y, en esencia, humanos que han afectado a la propia Humanidad. Y ese es un legado del que no debemos prescindir porque se lo debemos a todos aquellos seres humanos que nos precedieron y que, sin todavía comprender qué era Europa, ayudaron todos juntos a construirla.

Parece que ahora todo puede resultar más complicado pero no lo es. Lo único que sucede es que Europa tiene en su interior muchos más corazones, opiniones, ideologías que antaño y, sobre todo, muchos más Estados-Nación que, aún celosos de la pérdida de soberanía nacional, han decidido unirse a un proyecto político común con intención de perdurar a lo largo de los tiempos.

No obstante, los tiempos actuales exigen liderazgos proactivos, capaces de anticiparse a los posibles cambios que, sin duda, se sucederán, pero cuyos representantes políticos deberán liderar, desde la mesura, el consenso, el diálogo y, sobre todo, la cercanía al semejante.

Proliferan partidos políticos por doquier, en todos los países, que pretenden ser los únicos poseedores de las esencias de los valores democráticos cuando, a lo largo de la historia, hemos visto que los principales conflictos a los que nos hemos enfrentado como nación de naciones sólo se han visto superados con la llegada de la paz posterior a la guerra, creando nuevas bases para que, cada vez con menor frecuencia, se repitieran dichos conflictos.

El Tratado de Westfalia (1648) que sentó las bases de la concepción del Estado-Nación que superó la construcción del Estado Feudal propio de la Edad Media y que situó encima de la mesa el concepto de la Razón de Estado marcaron un hito en la historia europea. Un hito que tuvo su correlación más próxima con la creación de la Sociedad de Naciones después de la I Guerra Mundial y que, a pesar del fracaso cuando llegó la II Guerra Mundial, no hizo flaquear los ánimos de muchos miles de personas que pusieron su empeño en dar otra oportunidad al entendimiento en organizaciones supranacionales de las naciones que componían, no sólo Europa, sino todo el mundo, dando lugar a la Organización de las Naciones Unidas (ONU) que, con altibajos, se erige en la única organización que aglutina a la práctica totalidad de los países del planeta.

Nunca estamos exentos del peligro de un conflicto militar pero está demostrado que la pertenencia a organizaciones que aglutinan a diversos estados y que constituyen periódicos foros de debate y discusión minimizan la posibilidad de altercados políticos y funcionan como nexo de unión a la hora de llegar a acuerdos de diferente índole.

No obstante, en la época actual, sí parece que estemos viviendo un proceso de implosión desde dentro de la Unión Europea. El surgimiento de partidos políticos euroescépticos y populistas que aspiran a incrementar su número de escaños este año en el Parlamento Europeo y amenazan la unidad e integridad de Europa, amén del proceso de salida del Reino Unido de la Unión Europea se antojan como los mayores riesgos para nuestra estabilidad en el corto y medio plazo.

Pero no nos engañemos, la única salida a esta diatriba política que se nos presenta viene dada por la propia fortaleza de la ciudadanía europea. Urge que a Europa se la reconozca no, sólo, como una especie de "contenedor" de países y personas que pueden circular libremente entre sus fronteras y que comparten una moneda única que permite viajar y hacer las transacciones económicas más fácilmente sino como un ente con personalidad propia y, en donde todos, sean oriundos del país que sean, se reconozcan como ciudadanos europeos.

La Unión Europea debe aspirar a ser algo más, algo que contenga el ideal de Carlomagno, del Imperio Romano, de Charles Dickens, de Descartes, de Kant, de Marie Curie, de la Enciclopedia, de la Ilustración y de tantos hombres y mujeres que, desde tiempos inmemoriales, pusieron las piedras que, con el paso de los siglos, permitieron alumbrar el gran continente que somos en la actualidad.

En la Revolución Francesa, otro de los hitos políticos y sociales de la construcción europea, el ideal de Libertad, Igualdad y Fraternidad se erigió en el mantra laico en el que todos se querían reflejar, sobre todo, la burguesía y que desembocó en el período de Terror de Danton, Robespierre y Marat y al que sucedió la figura de Napoleón que también quiso una Europa, en este caso totalmente libre, desde Mostoles a los Urales, completamente a sus órdenes, como diría en su momento, Antonio Fraguas "Forges".

A pesar de lo anterior, el espíritu europeo estaba ahí, aunque no los valores democráticos, al menos, no todavía.

La aparición de nuevos sistemas democráticos, en donde la Constitución Americana y la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, amen de la lucha por los derechos de los trabajadores y el surgimiento del marxismo como doctrina económica contribuyeron a la asunción de nuevos valores y nuevas formas de hacer política teniendo en cuenta las opiniones de la ciudadanía. A ello también ayudó el sistema parlamentario británico instaurado por mediación de Oliver Cromwell en el siglo XVII.

El Estado del Bienestar instaurado después de la II Guerra Mundial, teniendo como principal valedor a Lord Beveridge, ayudó al crecimiento y desarrollo de una inicipiente clase media que se convirtió en el eje vertebrador de la estabilidad europea y del mayor período de paz que ha tenido la Europa a lo largo de toda su historia y que se quebró con el conflicto armado en la antigua Yugoslavia.

Toda esta singladura de logros, de avances, de discusiones y debates de caracter político y económico ha sido siempre consustancial a la construcción de Europa pero también lo ha sido el conflicto y la continuación de la política  por otros medios, como diría Von Clausewitz pero de lo que no cabe duda es que, en el momento actual, donde el espíritu europeo, el de las luces, el de la Ilustración y el del avance político, económico y social parecen ser puestos en cuarentena por una vuelta a principios antiguos y que no representan a la moderna sociedad actual, exige de toda la ciudadanía compromiso, espíritu de concordia, solidaridad para con nosotros pero, sobre todo, para los que huyen de su tierra en busca de un futuro mejor y que tanto se parecen a nosotros en épocas precedentes donde nuestros antepasados tuvieron que emigrar, simplemente para sobrevivir.

Europa es más necesaria que nunca. Sus valores, la capacidad de afrontar desafíos desde la colectividad y el consenso y, sobre todo, la prosperidad derivada de la unión de todos nuestros países y ciudadanos en pos de un objetivo común son, quizás, los principales valores que, ahora más que nunca, se deben convertir en el faro que ilumine nuestro futuro. Un futuro en paz, en donde el progreso social, económico y político se convierta en la norma y que asegure un futuro de esperanza y desarrollo para nuestros hijos y nietos.

Sólo de esta manera seremos capaces de comprender todo lo que ha significado el proceso de construcción europea para todos nosotros.