Nuevatribuna

Sin eufemismos

El engranaje que abre camino al neofascismo no podría servir con eficacia a la estrategia de dominación si no dispusiera como formidable y decisivo instrumento de un sistema mediático que hoy controlan hegemónicamente los medios

José Bujalance C. | La defensa de una estrategia ante la peligrosamente agresiva e irracional expansión reaccionaria exige medidas del Gobierno pues sacuden fuertemente la estructura institucional del país, abriendo fisuras por donde avanza el neofascismo populista.

Muchos ciudadanos no perciben que el discurso contra el feminismo (igualdad) y/o el extranjero (pérdida de trabajo/terrorismo) funciona como anestesia para operaciones quirúrgicas que pretenden herir garantías y libertades constitucionales.

La inacción es un despropósito que podría utilizarse para enjuiciar extranjeros sospechosos, justificando una feroz xenofobia con persecuciones y humillaciones infligidas a inmigrantes, la cacería de "brujas" en las universidades, e incluso la eliminación de clásicos de la literatura, la filosofía o la política en las bibliotecas públicas.

La radicalización de un discurso ideológico de matices cada vez más fascistoides, aunque algunos de sus autores, por indigencia cultural o por intereses espúreos no lo perciban o no quieran hacerlo, ayuda también a proyectar una imagen del sistema, de su ética y dinámica, que provoca una creciente repulsa del pueblo.

El engranaje que abre camino al neofascismo no podría servir con eficacia a la estrategia de dominación si no dispusiera como formidable y decisivo instrumento de un sistema mediático que hoy controlan hegemónicamente los medios. La complejidad y gravedad de los males resultantes del funcionamiento de esa máquina diabólica hacen indispensable retomar permanentemente el asunto. Sirva de ejemplo la directriz de la TV madrileña sobre evitar denominar "ultraderecha" a VOX, eliminando así un tema considerado incómodo por el poder.

Las campañas promovidas por algún gobierno, en la sombra o no, responden al interés aplastante de ciertas posiciones políticas y para alimentarlas se vierten noticias prefabricadas recibidas de fuentes conectadas con la contrainformación que se hacen imprescindibles.

Los periodistas que no se someten y se niegan a colaborar de manera servil son castigados, directa o indirectamente, o sencillamente despedidos, aunque sean celebridades. Los programas y montajes destinados a impresionar al público y glorificar las fuerzas armadas o policiales son frecuentes. El acceso del ciudadano a noticias objetivas es cada vez más difícil. Lo que existe es un sistema noticioso complejo, concebido para entretener a la gente que protege su propia esencia para servir a determinadas personas e intereses.

En un país donde un abismo cultural separa a las élites del ciudadano común, la militarización de la sociedad civil, en expansión como pudimos observar con el "a por ellos", asume proporciones inquietantes. El establishment trata de preparar a la sociedad civil para la aceptación de la violencia como fenómeno natural.

Contaminan a la juventud con una publicidad agresiva en la televisión, la prensa escrita, la radio... con un discurso político que transforma en virtudes la insensibilidad y un concepto prusiano de la disciplina propios de una mentalidad patológica. Sirvan de ejemplo los uniformes de los guardias jóvenes, de color legionario (chapiri incluido) pues parece clarificador y expresivo de la hipocresía subyacente en ese falso humanismo cristiano alejado de la defensa del ordenamiento jurídico exigible a las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado: protección de los derechos y libertades.

En las grandes ciudades, entre la juventud de los barrios de la clase media suburbana, pretenden popularizar el juego de azar, una diversión de moda, que convierta a las generaciones venideras y por ende al país en una nación perdida.

Llama la atención las consecuencias dramáticas de la política desinformativa que manipula las conciencias para presentar como "acto legitimo" las manadas y sus atroces crímenes, con celebraciones fotográficas de nuestros "jóvenes guerreros", que asumen de una burda manera la explotación de las mujeres, acusadas de actuar en circunstancias dudosas, pretendiendo ellos ser convertidos en víctimas y justificándose en la confusión sobre una cuestión de tanta gravedad. Son hechos muy importantes para la comprensión del peligro fascista y del funcionamiento de un sistema que pasa sobre la Constitución para suprimir derechos y libertades.

El capitalismo no ha entrado en la agonía. Precisamente por no tener soluciones para la crisis se ha hecho más agresivo y trata, a través de la "guerra preventiva", del neofascismo y nacional-populismo, de evitar un colapso sistémico que provocaría un espantoso caos. Incapaz de revertir por medios clásicos el brutal debilitamiento de la economía opta, en el marco de su política de dominación, por aventuras decimonónicas y retrógradas que le permitan el pillaje de los recursos naturales y al propio tiempo asumir el control social. Busca lo imposible porque la irracionalidad marca ya el funcionamiento del sistema y pretende arrastrarnos al caos, sembrando tempestades de efectos impredecibles, incluyendo la insurrección, como vemos en los chalecos amarillos franceses. El pueblo es blanco de amenazas y provocaciones insistentes y las acusaciones que han precedido históricamente a la agresión se repiten.

Los Derechos Humanos lejos de ser defendidos, se violan permanentemente. La realidad es invertida y los voceros como Aznar, González, Casado o Rivera suscitan una ola de especulaciones y rumores que no merecen la atención que se les viene prestando. Sin embargo, es natural que las fuerzas que controlan el poder empiecen a comprender que la resistencia se organiza.

Los mecanismos predatorios de la globalización neoliberal no bastan para resolver la crisis estructural de un capitalismo enfermo. Mientras la crisis de civilización se profundiza, la tarea prioritaria para las fuerzas progresistas y democráticas en todo el mundo es enfrentar, con firmeza y lucidez, la amenaza. Es decir, enfrentar con la estrategia neofascista de un sistema de poder que aspira a destruir el planeta mientras, el proceso de militarización y fascistización de la sociedad prosigue. Esa realidad no puede ser ignorada.